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Escuchando estos días los discursos de presidentes que llegan y se van, recordé dos frases que en algún libro había subrayado una vez:

"Cuando usted tenga algún proyecto trabaje por su éxito, pero nunca se afane excesivamente porque quién sabe, doctor, si es cierto o falso lo que procura alcanzar"

"Sus cincos arañan, sus ochos ahorcan, sus cuatros apalean"

La primera fue un consejo de Eduardo Wilde (1844-1913) a don Felipe Yofré, ministro del presidente Roca; la segunda, su respuesta al presupuesto nacional que presentaba un ministro de Hacienda.

Muy querible y algo olvidada la figura de Eduardo Wilde. Nació en Tupiza (Bolivia), donde sus padres llegaron huyendo de Rosas. Su padre, Diego, médico y militar, era descendiente de un Santiago Wilde, un periodista inglés llegado a estas tierras; su madre, una tucumana, Visitación García, hermana de la valiente que rescató la cabeza de Marco Avellaneda, decapitado por el tirano. De Tupiza diría que “si hubiera sido posible escoger una población para nacer en ella, habría optado por esa villa en razón de ser ella modesta, elemental y rara... tenía dos calles, una de las cuales se llamaba 'la calle izquierda’, por contrapunto con la otra llamada 'la calle derecha'. Estos nombres no eran en manera alguna justificados, siendo la izquierda la más derecha y pudiendo las dos cambiar de nombre según la dirección del transeúnte, pues no había número en las puertas".

Vida populosa la suya. Desde las alturas de Bolivia al Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, donde comenzó su amistad con Roca, Goyena y muchos de los que llegarían ser la generación del ‘80,y donde a los 17 años leyera su disertación "Comparación entre la filosofía moderna y la antigua", fue un pobre estudiante de medicina en Buenos Aires, ejerció en el barrio de Monserrat, combatió a la fiebre amarilla, de la que enfermó y de la que se recuperó en una quinta de Flores, gracias a los cuidados de un anciano que le leía a Dickens, y asistió a los heridos de la guerra del Paraguay, fue profesor de toxicología e higiene, combatió a favor de la educación laica y gratuita y a favor del matrimonio civil, la gran "grieta de esos años", fue varias veces ministro, ayudó a sanear y formar los jardines de Palermo, su obra escrita llegó a los 19 volúmenes, ocupó varias embajadas, fue un gran viajero, murió en Bruselas, donde en una época un callejón barroso llevó su nombre, que no cedió a la actual Wilde, llamada así por un tío suyo (José Antonio Wilde, también médico y escritor, primer director de la Biblioteca Nacional). Su obra literaria, además de algún cuento, como "Tini" que supo ser célebre, está constituida sobre todo por fragmentos, con peculiar humor y melancolía, trozos de memorias, libros de viajes. Su tesis al graduarse de médico alcanzó grandes elogios; versaba sobre "El hipo" y en ella trataba en forma seria un tema que a muchos parecía ridículo, y así trataría como ridículos a temas serios.

Hábil y ácido polemista: "Un mitrista no almorzaba antes de leer La Nación, como los curas no almuerzan antes de decir misa. Una vez leída La Nación estaban ya listos para todo, briosos y contentos". "La prensa 'mitrista' llama descamisados a todos los que no son partidarios de su ídolo. Esta prensa podrá desconocer la pobreza de los individuos que insulta, que son argentinos, que tienen derecho a participar en las conmociones de su patria y concurrir para la formación de poderes. Pero si los individuos del pueblo que van a dar en tierra con el poder y con la influencia del caudillo y la aristocracia son descamisados, ¿quién les habrá robado la camisa? ¿Por qué siendo argentinos se encuentran desheredados de su propia patria?" ("La República", 12 de abril de 1874).

Como vemos, el término “descamisados” surgió antes de Juan Domingo y María Eva. Y, pese al entorno liberal, Wilde era partidario del proteccionismo.

Para ciertos lectores surge la pregunta si tenía Eduardo Wilde algún parentesco con el célebre Oscar. Para Ángel de Estrada esto era cierto. Eduardo nació 10 años antes y murió 12 años después que Oscar. Es difícil que en los años últimos vividos en Europa y Norteamérica Eduardo Wilde no tuviera conocimiento del otro, no sabemos si lo leyó, si notó afinidades entre su humor y el suyo. Ciertamente no creo que hubiera otras.

"Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. He traído libros y paso mi vida leyendo, paseando, comiendo y durmiendo. Esto por sí, constituye buena parte de la felicidad..."

"No hay tal vez un hombre más amante de la lluvia que yo. La siento en cada átomo de mi cuerpo, la anido en mis oídos y la gozo con inefable delicia".

Y su recuerdo del poeta Guido Spano: "En una ocasión, me acuerdo de haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la flauta, con un pequeño atril y un papel de música por delante. Nunca he sentido mayor envidia por el carácter de hombre alguno".

Quizá sea cierto lo que resumió de su vida Claudio Zeiger, en Página 12: "Dejó una manera de ser, un tono, imborrables”.
Fuente: El Entre Ríos (edición impresa)

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