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Saber dónde están, se sabe; la cuestión pasa por salir a buscarlos

En ocasiones como ésta –nadie puede decir que no está enterado, ni tampoco no está sobrecogido por la tragedia- que es de aquéllas que da la impresión que, entre nosotros, no queda nada que pueda llegar a asombrarnos.

 

No por el hecho que hayamos perdido nuestra capacidad de asombro -la capacidad de reaccionar, junto con la de prevenir, son otra cosa- sino que la hemos orientado, mayormente, hacia la trivialidad. O algo más grave aún, ya que, como grupo humano, pareciera no dejáramos macanas sin hacer, entendiendo por tales una gama de variedad infinita que va desde las torpezas nimias, hasta esos delitos mayores, cuya gravedad es digna de quedar ubicada entre nuestras grandes tragedias sociales.

 

Es que nuestra consubstanciación con las malas prácticas -las culposas y las dolosas- van aportando su grano de arena a una descomposición social que, por momentos, da la impresión de volverse irreversible. Impresión que viene acompañada de la sensación que en esa materia “no nos privamos de nada”, mientras que por otra parte parecemos que, de una manera deliberada nos vemos regodear en nuestra abstención en materia de comportamientos. Circunstancia que habla de una devaluación de los que son nuestros valores personales y sociales. Es así como tanto a “Cromagnon”, como a la tragedia ferroviaria “de Once”, junto con otra infinidad de situaciones similares, ha venido a sumarse “la avalancha de víctimas por el consumo de droga envenenada” que en este momento nos golpea, tanto en lo personal de una manera empática, como en cuanto sociedad, ya que es una señal ominosa de hacia dónde vamos cayendo.

 

No puede menos que quedar claro que estamos ante una situación en la que vienen a converger un delito con una mala práctica, con el añadido que “se sabe” –y en esa afirmación se incluye a todos aquellos cuya responsabilidad y obligación es la de cuidarnos y brindarnos protección- que tanto el consumo de drogas se extiende por todo nuestro espacio social como una mancha venenosa, además de que también “se sabe” dónde se puede adquirirlas y quiénes son los que las venden. Y frente a esa verdadera “capa se saberes” y como su contracara, vemos la pasividad que demuestran los que tienen a cargo la responsabilidad de nuestro cuidado. Lo que “no se sabe” si es solo incuria, o si se puede encontrar en ella una dosis de connivencia de una profundidad y extensión ignorada. Por otra parte, este suceso ha servido para dejar en claro que “el que busca encuentra”.

 

Podríamos demorarnos en el castigo de los culpables, pero ello significa seguir con el tema, sin agregar nada a un montón de información, conjeturas y opiniones que esta tragedia ha provocado. Y que con lo dicho hasta aquí, debe verse una forma de desahogo, ante la conmoción casi desesperada que nos provoca, esta terrible prueba confirmatoria de “lo mal que estamos rumbeados”. De allí que lo mejor que puede esperarse de lo que no debió haber ocurrido y…ocurrió, es que este desgraciado y hasta monstruoso sacudón que lo ha acompañado, sirva para despertarnos y reaccionar en consecuencia. Ya que sería terrible que actuáramos de la manera que es casi la habitual en circunstancias parecidas, donde al golpe recibido sigue una vuelta de página, en la que seguimos viéndonos como meros “espectadores” – y excepcionalmente como “comentaristas”- de una realidad en la que se va la vida y el futuro de nuestros hijos, y que no parecemos entender, que esa vida es la nuestra.

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