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Orden y caos
El mundo, o sea nuestro planeta como habitáculo de la humanidad, siempre ha sido complicado. Y como sucede con todo, a medida que estamos en condiciones de buscar entretenerlo con una mayor profundidad, nos parece más complicada todavía; hasta el punto de provocarnos un mareo de desesperación.

Por Rocinante

Pasa lo mismo que cuando alguien trata de estudiar una determinada materia a fondo, y al hacerlo tiene la impresión de que cuando más sabe, es mayor la sensación que se tiene de que la ignorancia es mayor.

Es que nada ha cambiado desde el principio, ya que siempre el hombre ha aspirado a contar con certezas que muestren un orden que encamine a una suerte de armonía total y definitiva, y esa es una meta que una y otra vez se aleja a medida que parece que estamos próximos a alcanzarla.

Lo que siempre ha sido claro es la presencia de la contradicción en todos los tiempos y partes. De la presencia de opuestos en forma simultánea de manera que se hace presente la confusión.

Prueba de ellos se la encuentra ya en los tiempos antiguos, esos momentos en que la teología y la filosofía se hallaban entremezcladas y en los que se hablaba de cosmos como un universo que es el conjunto de todo lo existente y que se presenta como organizado de una manera ordenada y armoniosa. O sea lo opuesto al caos, el que sería una situación de desorden erráticamente imprevisible presente, que el cosmos tiende a dejar atrás. Entonces la pregunta: ¿vivimos en un caos o en un cosmos, o en un todo que muestra la mezcla de los dos?

Un interrogante que sigue presente, aun en el caso que apliquemos el término cosmos para referirnos exclusivamente a lo que dando muestras de soberbia le llamamos espacio exterior. Es que la pregunta aquí también es si allí existe ese orden al que los filósofos hacían referencia a la melodía que dejan escuchar las esferas celestes, o si el mismo en realidad se hará presente cuando se apague la última de las estrellas.

Aunque dejando de lado esta peliaguda cuestión, se hizo presente otra ya en los tiempos antiguos en que el de la humanidad, entendiendo por ella lo que hoy conocemos por sociedad global, era algo inexistente, y que al mencionarla, se hacía presente una abstracción, cuál era la de estar refiriéndose por tal al género humano.

Es así como entonces en el campo de la teoría, y como consecuencia de lo que entonces en su entorno vital se podía observar, se hacía presente la existencia de dos realidades coexistentes, cuál eran la de la polis, entendiendo así tal como se la conocía entones en Grecia a una ciudad estado, (o sea un núcleo urbano con el territorio rural circundante que se gobernaba independiente) en lo que se hacía presente lo particular, por una parte. Y por la otra se asistía a la aspiración de universalidad, de una forma distorsionada en el imperio.

Mientras que en el mundo de las abstracciones y referida a esa aspiración de universalidad, se hacía presente el concepto de cosmopolis, o sea el de la ciudad universal.
Patria y nación. Patriotismo y nacionalismo
Se me ocurre proseguir tratando de esclarecer ambos conceptos (lo que es el punto de partida para distinguir entre patriotismo y nacionalismo) dada la actualidad de temas que involucran esos cuatro conceptos, en el mundo de hoy.

Por patria (del latin pater, padre) se entiende la tierra de nuestros antepasados o sea de nuestros ancestros, que según mi opinión en realidad hace referencia a la tierra en el que vivimos los primeros años de nuestra existencia, y como consecuencia de ello se conforman los rasgos básicos de nuestra personalidad. Asimismo que como consecuencia de ello la auténtica patria, es la patria chica, por no decir el terruño.

Es por eso que considero son aplicables a la nación, conceptos interesantes que considero mal aplicadas respecto a la patria, sin que ello signifique poner en duda la autoridad y respeto que merecen sus autores, y que se pasa a transcribir.

Primero, el que explica que la palabra patria (para nosotros se emplea en forma incorrecta la palabra patria en lugar de nación), posee la misma raíz que las palabras paternidad y patrimonio y alude a la herencia que a cada generación recibe de la precedente. Herencia constituida, como todo patrimonio, por un conjunto de bienes —materiales e inmateriales—, así como de unas obligaciones, cargas y gravámenes de análoga naturaleza.

Segundo, que cada generación entrega a la siguiente un patrimonio en el sentido descripto. Esta puede aceptarlo con el propósito de conservarlo inalterado: tradicionalismo paralizante. Puede rechazarlo con la intención de formar otro ex novo: no otra cosa es la revolución. Y puede, en fin, aceptarlo con la responsable pretensión de mejorarlo, esto es, con la voluntad de enriquecerlo para transmitirlo así a la siguiente generación: es lo que se llama progreso.

Para mí resulta claro, admitiendo que puedo estar equivocado, que esas valiosas consideraciones, vuelvo a remarcarlo, se aplican a la nación y no la patria. Porque esta tiene un sentido claramente afín con el de un territorio, con un pago, como antes era usual decirlo, y por lo mismo con un paisaje.

Mientras que cuando se habla de nación, se pone el acento en la existencia de un grupo humano; más concretamente de un grupo humano que por un largo número de rasgos y características que tienen en común se lo considera como un pueblo, el que ha emergido como nación, desde el momento que toman conciencia de la existencia en común de esa particularidades que lo vuelen a la vez uno y diferente a los demás.

Debe permitírseme una digresión antes de seguir adelante. Cuál es que nación y estado significan cosas diferentes, por más que estén vinculadas de distinta manera. Así de una manera casi simbiótica cuando en los libros de texto de enseñanza secundaria, se lee que el estado es la nación jurídicamente organizada. Pero también en contradicción con ese tipo de vínculos se asiste a la presencia de estados plurinacionales, como es el caso de Suiza y de la Unión Sudafricana.

Mientras tanto, la referencia obligada a patriotismo y nacionalismo merecen un acápite aparte.
El nacionalismo, como dos formas diferentes de vincularse afectivamente con una misma cosa
De acuerdo a la manera personal con la que interpreto el concepto de patria y nación, considero que lo que conocemos por patriotismo es tan solo uno de los sentimientos que puede despertar la patria.

Es por eso que hago mías las palabras con las que un ensayista reflexiona sobre el patriotismo, cuando explica que el sentimiento patriótico, a diferencia del sentimiento nacionalista, se afirma en sí mismo, no frente a nadie. No es beligerante. Se puede y debe ser un perfecto patriota argentino y convivir, e incluso colaborar sin reservas, con los patriotas de otras naciones. Y esto vale igual en relación con la patria grande que con la patria chica. E incluso con cualquier proyecto de integración supranacional.

Este tipo de nacionalismo incluye al que algunos autores conocen como el “nacionalismo civil", por considerar que puede existir una forma no-xenofóbica (sin odio al extranjero) del nacionalismo que se encuentra compatible con los valores liberales de la libertad, la tolerancia, la igualdad y los derechos individuales.

El patriotismo es un sentimiento en el que no existe ningún tipo de superioridad, ni acción discriminatoria.

De allí que se haya dicho que el nacionalismo entendido como patriotismo es un sentimiento únicamente de vinculación y cariño con la nación de la que uno se siente parte. Es un sentimiento pacífico y no tiene pretensión política alguna. El patriotismo se puede equiparar al orgullo que una persona puede sentir al formar parte de su familia.

Mientras tanto al nacionalismo como ideología le es de entrada nomás aplicable el implacable juicio de Jorge Luis Borges al decir que es el canalla principal de todos los males. Divide a la gente, destruye el lado bueno de la naturaleza humana, conduce a desigualdad en la distribución de las riquezas.

Es que como se escucha repetir el nacionalismo es un movimiento en el que las personas que forman parte de él sienten que su nación es superior en todos los aspectos al resto de países y que encuentra sus raíces más profundas en la rivalidad y en cierto sentido, en el resentimiento. De allí que solo sea capaz de ver sus virtudes, mientras que sólo es capaz de ver los defectos del resto de naciones. Dado lo cual no es de extrañar que dé muestras de una naturaleza beligerante y de confrontación con el resto de países.
Unilateralismo y multilateralismo
De allí que la actual reacción disruptiva de los nacionalismos así entendidos, lleve a un planteo en el que se ve a los unilateralistas. El nacionalismo es un movimiento en el que las personas que forman parte de él sienten que su nación es superior en todos los aspectos al resto de países. De allí que encuentre sus raíces más profundas en la rivalidad y en cierto sentido, en el resentimiento. Y que solo sea capaz de ver sus virtudes, mientras que sólo es capaz de ver los defectos del resto de naciones, O que dé cuenta de una naturaleza beligerante y de y de confrontación con el resto de países.

De allí se da en la actualidad a nivel mundial un enfrentamiento entre el patriotismo (entendido como la forma correcta del nacionalismo) y quienes se han apropiado la marca nacionalista, en los que los vemos designados como unilateralistas (Trump, por caso, aunque se pueda meter en la misma bolsa a Putin y otros de la misma calaña) enfrentados a los designados como multilateralistas (cuya figura más reciente es la de Macron). Debe quedar claro que no se trata de una pelea entre los buenos y los malos sino una cuestión que es sobre todo de sensatez, aunque están también en juego otros como el respeto a los demás y el de la solidaridad.

Remedando al presidente francés Mitterand en un discurso suyo de l995, se puede decir que el unilateralismo, con su consigna mi país primero, es la guerra. Mientras que las palabras de un diplomático mejicano dejan bien en claro que el multilateralismo ha creado un mundo complejo de redes de comunicación, intereses, objetivos compartidos —y otros rechazados— no sólo entre países, sino también entre coaliciones que incluyen Estados, organizaciones no gubernamentales, academia, expertos, medios de comunicación y sector privado. Los foros multilaterales otorgan y restan legitimidad, crean normas, fomentan hábitos y valores. No acaban con las relaciones de poder entre los Estados, pero sí las transforman. El multilateralismo es una expresión de la diplomacia y de la política internacional, cuyo objetivo es ofrecer soluciones comunes a problemas comunes. Crea normas, principios y prácticas que, al ser aceptados por la comunidad internacional, se convierten en regímenes internacionales cuya función básica es moderar la actuación unilateral de los Estados. El multilateralismo es profundamente democrático, al ser un mecanismo ideal para que Estados pequeños, medianos y grandes se encuentren en el escenario internacional. Es, por excelencia, el instrumento de los países que tienen interés en promover un mundo de normas, valores, certeza jurídica y política.

En suma, por lo que se ve no solo aquí sino en el mundo entero hay motivos para preocuparse, por mucho o poco que se entienda lo que pasa.
Fuente: El Entre Ríos Edición Impresa

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