Cuando ni las balas nos entran
Existen ocasiones en las cuales da la impresión que, en nosotros, se cumple esa manera de actuar a la que se alude cuando se considera que a alguien no le entran ni las balas.
Por Rocinante
Una expresión que significa algo más que no detenerse a escuchar el parecer ajeno sino que, aun haciéndolo, nos empecinamos en seguir actuando de la misma manera, aunque la misma sea equivocada, y por ende nos lleva a tropezar una y otra vez con la misma piedra.
A su vez esa actitud perniciosa, se vuelve aún peor, cuando ni siquiera somos capaces de aprender de los maltratos auto infringidos y sufridos en carne propia, más allá de los que hacemos padecer a los demás.
Todo lo cual nos lleva a concluir que aun queriéndolo no podríamos hacer las cosas peor de lo que las hacemos. Esa es al menos una reflexión que más de una vez ha escuchado cualquiera de nosotros. Pero que en nuestro caso es merecedora de un aditamento que viene a agravar ya que tantas veces tenemos la impresión que nuestras torpezas y acciones a las que les cabe una calificación aún mucho más grave, no son solo metidas de pata, sino que en muchos caso parecieran estar hechas adrede.
Y es venciendo el disgusto, que como no puede ser de otro modo, cuando independientemente del respeto que le debo al Presidente de la Nación, en consideración al menos a su investidura, es que me veo obligado a utilizarlo para ilustrar mis apreciaciones previas, en atención a un comportamiento suyo.
Se trata de un hacer al que es posible que no se le asigne la importancia que tiene, en medio del ruido estruendoso en el que vivimos, que tiene la curiosa consecuencia de que le demos importancia a lo insignificante, mientras que se la quitamos a otras cosas que no lo son, pero que bien observadas merecerían que le prestara una cuidadosa atención, atento a su gravedad indisimulable.
En la ocasión, y ante la dificultad de sofrenarme, como lo he hecho deliberadamente frente a otros procederes presidenciales de la misma índole, me encuentro ante una circunstancia, de esas que son descriptas como la gota que hizo rebasar el vaso.
Ello así a pesar de ser consciente que, por otra parte, es necesario armarnos de una estólida paciencia ante circunstancias parecidas, que no resultaría extraño que se seguirán dando (aunque debería no perderse la esperanza de que ocurra la contrario), hasta el mismísimo momento que nuestro presidente termine su mandato.
Algo respecto a lo cual no solo debemos concientizarnos, sino hacer todo lo que se encuentre a nuestro alcance, para lograr que las cosas se encaucen de la mejor manera posible, tanto para él, como para todos nosotros, ya que nos ha tocado en suerte navegar en aguas procelosas tripulando junto a él, el mismo barco.
Y la acción presidencial, motivo de estos largos circunloquios, no es otra que aquella en que ha incurrido en un comportamiento que resulta insólito, o por lo menos inexplicablemente preocupante, ya que es propio de las autocracias rampantes (y no veo a Alberto Fernández como una persona, ni con aspiraciones de convertirse en autócrata, ni con la malévola capacidad para actuar como tal).
Es cuando se lo ha visto disponer el cese (hubiera, para ser no solo más gráfico sino también descriptivo de un modo más fiel utilizado en lugar de cesar, la palabra echar, la que debo reconocer que me disgusta en grado sumo, porque significa un despido con maltrato), el cese, repito, en sus funciones y prescindir por ende de su colaboración, a su ministro de Defensa nacional, en medio de un programa televisivo en el que era entrevistado. Todo, haciendo las cosas peor todavía, no desde su despacho, sino mientras se encontraba en Perú participando en la ceremonia de asunción del nuevo presidente de ese país.
Decisión que habría sido adoptada en función de la aplicación de una regla ética (la denominó de esa manera), a la que para justificar su proceder gravemente inapropiado, se apresuró (ya con la decisión tomada, cabría suponer) a elaborar y formular, cual es la que establece que el que es candidato no puede seguir siendo funcionario.
Nos vemos de esa manera ante una regla que es de esperar sea extendida a otros ámbitos en los que se ve, lamentablemente, y quiero creer que es a pesar suyo, flaquear a la ética.
En tanto, y como es sabido, la decisión presidencial no quedó sin respuesta, aunque la misma haya sido harto escueta. Es que como contrapartida y dando igual muestra de una informalidad dañina tanto en lo institucional como en el caso de relaciones entre personas de trato directo frecuente (con olvido que en toda circunstancia lo cortés no quita lo valiente), se vio al cesado darse por anoticiado de ese cese, por otro programa televisivo.
Es que la reflexión que fluye sin esfuerzo ante lo expuesto, no es otra sino la que viene a señalar que si de esa manera se tratan entre sí los que no solo son los que mandan, y a la vez son ‘del mismo palo´, qué trato podemos esperar los que nos encontramos en el llano.
Reflexión que podría volverse todavía más extensa, si a ella le sumamos un añadido, interrogándonos acerca de quienes actúan de esa manera, cuando frente a otros actúan dando muestras de buen trato, ¿en realidad nos encontramos frente al verdadero rostro, o ante una hipócrita fachada?
A lo que habría, en lo que reconozco que resulta un abrumador exceso argumental, si en el caso que entre los que mandan (ya que el pueblo llano es otra cosa), peronistas de verdad, en que lo sean tanto el que dispone el cese como el cesado, cabría decir que se hace presente una transgresión a ese apotegma concebido por su líder, según el cual para un peronista no hay nada mejor que otro peronista, según reza la sexta de Las veinte verdades peronistas, en su redacción original.
Nada que pueda llamar la atención
Consideraciones del tipo de las precedentes, sólo resultan posibles efectuadas por un observador imparcial. Forma de comportamiento que trato siempre de asumir, pero en el que admito puedo fallar.
Y es precisamente esa circunstancia, la que me lleva a considerar que no resulta adecuado cargar las tintas en un comportamiento que se hace presente entre quienes ocupan el gobierno. Ya que el mismo Perón, en procura de que la realidad encaje en el marco de la teoría, procuraba disimular los conflictos internos explicando que los peronistas somos como gatos: cuando parece que nos peleamos nos estamos reproduciendo.
Ignoro que las cosas sean de ese modo. Al menos si se tiene en cuenta que del único gato del que se habla, sino se lo vocea injuriosamente, es del último ex presidente. De donde, esa alusión, hace posible que nos lleve a hablar de los conflictos censurables que se dan entre integrantes de la coalición que aquél integra, cual es el mayor agrupamiento opositor.
En el cual a las disputas se las ve descender del legítimo terreno de las ideas válidamente conflictivas, a la amplificación de celos y ambiciones personales, cuando es otra cosa lo que una parte importante de la población espera de ellos.
¿Una grieta o multitud de ellas?
No es cuestión de preguntarse si en nuestra sociedad se da la existencia de una gran antinomia (una de las tantas que se han venido dando a lo largo de nuestra conflictiva historia), a la que le denominamos grieta, dado que todos conocemos la respuesta afirmativa a ese interrogante.
Pero estimo que no está demás atender a un hecho que es de importancia remarcar. Cual es que a ambos lados de esa gran grieta se dan la presencia de otras que son menores, sin dejar por eso de ser preocupantes, y que se trata de innumerables fisuras que encontramos al focalizar nuestra mirada en el campo político.
Pero siendo, a la vez, válida la advertencia que su existencia no se limita solo a ese campo sino que alcanza también a los grandes grupos que vienen a conformar la sociedad, y se extiende a los grupos pequeños en los que se hacen presentes las interacciones cara a cara.
La grieta que se despliega en una multitud de otras grietas
¿Qué es lo que se quiere decir cuando se habla de una grieta? Debo a ese respecto comenzar por señalar que el Diccionario de la Lengua, asigna a esta palabra tres acepciones. 1. Hendidura alargada que se hace en la tierra o en cualquier cuerpo sólido. 2. Hendidura poco profunda que se forma en la piel de diversas partes del cuerpo o en las membranas mucosas próximas a ellas. 3. Dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o unidad de algo.
De las tres acepciones es la última la que más se adecua a nuestra secuencia. Aunque debe efectuarse una reformulación para lo que estimo mejorarla, con el que debo hacer mención a la dimensión de la dificultad o del desacuerdo, que en el caso de nuestra sociedad, los grupos que la conforman y las personas que los integran llevan en la visión recíproca como la interacción o falta de ella que es su consecuencia, a ver en donde existen personas o grupos con posturas y opiniones distintas, no a adversarios, sino a enemigos. Ello hasta el punto que el diálogo entre las personas o los grupos enfrentados, se vuelve imposible en la medida en que se presenta como un diálogo entre sordos.
Mientras tanto, la interacción social es una mezcla de ingredientes en la que no está ausente el conflicto, pero en la que es esencial la presencia de la cooperación. Ya que si esta falta, las grietas desaparecen, porque ante la hipertrofia del conflicto y la mengua hasta la insignificancia de la cooperación, se asiste a una pulverización de la sociedad, con el resultado final de una sociedad hecha polvo.
De lo que se trata entonces es de dar vuelta la hoja, desarmar los espíritus, y volver a sentirnos parte de una empresa común.
Así de simple. Así de difícil.
Adenda. Paso a transcribir un trozo de un texto de Wikipedia (entrada: La grieta (Argentina). La grieta, en Argentina, es una expresión usual para denominar una división binaria y maniquea de la sociedad argentina entre kirchneristas y antikirchneristas, surgida en la primera década del siglo XXI, que ha sido causa de un enfrentamiento político y cultural generalizado, caracterizado por una alta dosis de irracionalidad, odio, prejuicio, intolerancia y fanatismo. Para quienes se comportan validando "la grieta", el bando propio es el único que tiene legitimidad, mientras que el otro bando debe ser descalificado de manera completa.