Samuel Yankelevich le dijo alguna vez a Gustavo, su hijo: “Llevan un apellido ilustre, tienen que cuidarlo mucho”. Sabía sobre qué hablaba. Detrás suyo estaba la figura de don Jaime Yankelevich, su padre, el impulsor pionero de la televisión en nuestro país. Su hijo y su nieto siguieron a pie juntillas la vocación que se había iniciado como un juego de niño que amaba armar y desarmar aparatos y mantener un rango fetichista con las válvulas. Allí nació todo, en las colonias de los gauchos judíos en la provincia de Entre Ríos cuando recién despuntaba el siglo XX, cuenta Pablo Mascareño, para La Nación. El 17 de octubre de 1951, hace 75 años, se llevó a cabo la primera transmisión oficial de esa invención que sacudiría las formas de la comunicación y los consumos de masas de las diversas manifestaciones del entretenimiento. Jaime Yankelevich y Enrique Susini en la primera transmisión de la TV argentina Un nuevo aniversario de la lealtad peronista, un discurso enérgico de Eva Perón que dejó expuesta su fragilidad física y la Plaza de Mayo colmada marcaron el puntapié inicial del medio que, rápidamente, se instalaría poderoso en las preferencias de las audiencias. A aquel acto oficial le siguió la transmisión de un partido disputado entre River Plate y San Lorenzo. Política, fútbol y, posteriormente, grandes galas musicales, ficciones melodramáticas, programas que repartían premios y noticieros, conformaron la síntesis de ese nuevo medio que definiría la vida social y cultural de manera definitiva durante más de medio siglo. LR3 TV Canal 7. Una marca. Un sello. La tercera cadena del mundo en salir al aire, confirmando el rango pionero de nuestro país en materia de comunicaciones, como ya había sucedido el 27 de agosto de 1920 con la primera transmisión de radio en el mundo. A Jaime Yankelevich también le dio una mano en su proeza alocada un hombre que había sido parte de aquellos “Locos de la azotea” que pusieron al aire la radio argentina, Enrique Telémaco Susini. Don Jaime también había sido un eslabón de la radio. La televisión se apoyó, iniciáticamente, en el ecosistema de las celebridades de la radiofonía, pero, rápidamente, fue germinando su propio rango de estelaridad. En aquellos albores no faltaron estrellas. Fito Salinas, Guillermo Brizuela Méndez, Nelly Prince, Isabel Marconi, Juan Carlos Thorry, Carlos Ginés, Jean y María Fernanda Cartier, Enzo Ardigó, Beatriz Taibo, Pinky, José Cibrián, Ana María Campoy y Doña Petrona Carrizo de Gandulfo fueron algunos de los nombres ilustres que poblaron las primeras temporadas al aire con el blanco y el negro como valores cromáticos que se desafiaban entre líneas verticales y horizontales que le conferían a la pantalla un aire fantasmal. Había que esperar que calentara la válvula para poder ver algo y, cada tanto, un golpecito a la caja de madera mejoraba la visibilidad. Don Jaime fue un visionario, un hombre de olfato para decodificar los deseos y el gusto popular, pero también fue un aventurero arriesgado. Se enfrentó a los dictámenes de los políticos poderosos y, con cintura, logró seducirlos y llevarlos hacia su costal. Más de una vez puso en riesgo su capital económico para concretar sus aventuras. Nada lo detuvo. Ni siquiera cuando debió sortear la muerte de uno de sus hijos, el que lo había estimulado a apostar por esa nueva invención que ya seducía al público de Estados Unidos. El propio Jaime también falleció prematuramente, en la cama de un hospital, vaya paradoja, mirando televisión. Hoy la TV Pública modifica, una vez más, su nomenclatura. Regresa Canal 7 como marca. Alguna vez también fue ATC (Argentina Televisora Color). Lo que ninguna gestión pudo diezmar es la injerencia de la televisión abierta en el gusto del público. Aun cuando, sacudida por las sucesivas crisis económicas, sus luces brillaron menos ni cuando fue puesta a competir con otras apuestas del entretenimiento y sus grillas se vieron carentes -como sucede actualmente- de algunos productos que han validado su estirpe, como la ficción o las grandes galas artísticas con producciones de envergadura económica y rango estelar en su nómina de artistas. LR3 TV Canal 7 nació hace 75 años y el nombre de su fundador sigue siendo motivo de reverencia. Don Jaime Yankelevich no se equivocó. Acaso porque convirtió aquel juego de niño en una vocación y porque jamás dejó de imprimirle espíritu lúdico a eso que amaba y que se evangelizaría en el gran fenómeno de la comunicación de masas. Un chico distinto Jaime Yankelevich nació en Sofía, Bulgaria, en el seno de una familia judía. Corría la última década del siglo XIX y los apremios económicos incitaron la emigración de sus padres. El pequeño Jaime tenía tres años cuando los suyos se instalaron en la provincia de Entre Ríos, como tantas familias que huían de la pobreza y los pogromos. De la base del monte Vitosha, en el sureste de Europa, a las ondulaciones de la primera Mesopotamia. Allí, entre las cuchillas abrazadas por los ríos Paraná y Uruguay se crio ese niño que se diferenciaba del resto por un particular juego, el armado y desarmado de válvulas y todo tipo de aparatos domésticos. Sentía fascinación por descular la intimidad de los artefactos. Cuando Jaime cumplió 15 años, un nuevo viaje lo desmarcaría de su zona de pertenencia. Esta vez, el destino fue Buenos Aires. Ya era un adolescente, pero su fascinación por el armado y desarmado de instrumentales se mantenía intacta, aunque se le habían sumado otros intereses. En la gran urbe descubrió el cine. Aquella nueva seducción se potenciaría cuando fue contratado como ayudante para trabajar en El Moderno, una sala de la avenida Boedo que era conocida popularmente como “la piojera”. En simultáneo a su incursión en El Moderno, funda, en sociedad con su hermano, una tienda de electricidad, la forma de monetizar aquel juego que lo acompañaba desde la infancia. Al tiempo, el intrépido Jaime se independiza de los suyos y lanzaría su propio local de manera independiente. Nacía Casa Yankelevich, un comercio que le depararía abultados dividendos a partir de la explosión de la radiodifusión. En 1920, la radio sacude al país. El cine tenía nueva competencia, aunque continuaría su espíritu ascendente en busca de sus décadas de oro. Acompañando la explosión del nuevo medio, Casa Yankelevich comienza a vender repuestos y cables. Y, dado que también aparece una multiplicación de los radioaficionados, se adentra en la venta de toda la infraestructura necesaria para que los modestos radionautas pudieran llevar adelante su tarea. Si el universo de la radio había convertido a Casa Yankelevich en la más importante de su rubro y deparado a su dueño su primera pequeña fortuna, su olfato lo llevó a dar un paso que sería un ensayo de la masividad que luego lo acompañaría con la instauración de la televisión. Jaime Yankelevich Dado que -debido a su alto costo- la radio era un artefacto que tenían unos pocos, colocó parlantes en la puerta de su negocio para que los transeúntes escucharan las transmisiones en la vereda. Fue un suceso que agolpó a multitudes que, en gran medida, también aprovechaban para comprar algo en el negocio del momento. Otra vez su olfato lo llevó a dar un paso trascendental. Ya era hora de acompañar el gusto de la gente con un nuevo negocio, tener su propia emisora. En 1924 adquiere Radio Nacional y la transforma en la exitosa LR3 Radio Belgrano. Lo curioso de su nueva proeza es que muta el estilo radiofónico, comienza a pagarles a los artistas (antes participaban ad honorem) y suma a la grilla varios ciclos de entretenimiento, musicales y de ficción. El show de la radio. Un boom que multiplicaba al de las multitudes que escuchaban los parlantes en la vereda de su local. Luego llegaría la adquisición de otros medios como las emisoras Porteña, Cultura, Mitre y filiales en Mendoza, Rosario, Córdoba y Bahía Blanca. Nacía la primera “Cadena Argentina de Broadcasting”, en gran medida conformada gracias a los insumos que Jaime había adquirido en los Estados Unidos. ¿Y la televisión? Lealtades Jaime Yankelevich y Eva Perón coincidían en su conocimiento de la industria del espectáculo. El empresario solía conversar con la primera dama sobre la posibilidad de fundar la televisión en Argentina. Eva Duarte había sido una actriz con una trayectoria corta tanto frente a los micrófonos como a las cámaras del cine. A partir de su vínculo con Juan Domingo Perón se abocó a la tarea social, dejando de lado su vocación artística. Sin embargo, su conocimiento del mundo del espectáculo la había convertido en la interlocutora más fluida de Yankelevich durante el mandato del primer peronismo. Por otra parte, Eva Duarte había formado parte del staff de actrices de Radio Belgrano durante la gestión del empresario. A fines de la década del cuarenta, Juan Domingo Perón no estaba tan convencido de poner en marcha un sistema televisivo, lo consideraba una “invasión foránea”. Fue su esposa quien allanó el camino para la concreción del aspiracional proyecto. La resistencia del presidente también conllevaba otras aristas. El vínculo entre el primer mandatario y Jaime Yankelevich había sufrido varias idas y vueltas. La tensión había tocado su pico cuando el gobierno conminó al productor a vender sus medios radiales al Estado. Perón tenía olfato para encontrar colaboradores que tuvieran conocimiento de los roles a cumplir. El presidente, que había asumido en 1946, sentía debilidad por las personas capacitadas para las tareas que asumían y solía montar en cólera ante la falta de eficiencia. Siguiendo esta línea, dejó de lado las rispideces con Yankelevich al punto tal de nombrarlo Director General de Radiodifusión, en cierta medida “presionado” porque la venta forzada de las radios del emprendedor había traspasado las fronteras de nuestro país. Ambos sabían negociar e ir en busca de sus objetivos. Jaime Yankelevich estaba absolutamente imbuido en el universo radial, pero fue su hijo Miguel quien influyó en él para que desarrollase el sistema de televisión. El joven tenía conocimientos sobre la importancia del nuevo medio y fue quien le acercó a su padre las novedades que se respiraban en los Estados Unidos sobre el revolucionario dispositivo que se había convertido en una “amenaza” para el cinematógrafo. Corría 1949 cuando don Jaime y su esposa sufrieron el mayor dolor de sus vidas. Ese año, Miguel falleció repentinamente como consecuencia de un cuadro fulminante de peritonitis. La tragedia diezmó a la familia. El duelo duró mucho tiempo, pero no minó el espíritu emprendedor del padre quebrado. De hecho, decidió apostar fuerte por la televisión, en cierta medida reivindicando aquel impulso de su hijo. El empresario viajó a Estados Unidos y Europa para adentrarse en los pormenores del sistema televisivo. Maravillado con el flamante medio, decidió arriesgar un alto porcentaje de su capital para comprar cámaras, transmisores, adaptar camiones para convertirlos en móviles de exteriores e instalar una antena de más de 50 metros sobre el Ministerio de Obras Públicas. Además, fiel a la impronta de la Casa Yankelevich, fue quien trajo los primeros televisores al país. La Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia impulsó que el país del norte acelerara la venta de equipamiento a la Argentina a través de la RCA. Así, nuestro país se convirtió en el tercer territorio internacional en contar con una cadena de televisión propia. Juan Domingo Perón entendió que no se podía negar al avance tecnológico y, rápidamente, capitalizó las posibilidades de los nuevos dispositivos. Así como autorizó a Jaime a traer la televisión a la Argentina, le pidió que la primera transmisión se realizara para cubrir la movilización popular a Plaza de Mayo que acontecería el 17 de octubre de 1951, en un nuevo aniversario del Día de la Lealtad. Así sucedió. El resto es historia Tal como se señala en la imprescindible investigación Estamos en el aire (Planeta), escrita por Pablo Sirvén, Carlos Ulanovsky y Silvia Itkin, “el 17 de octubre de 1951 el cielo amaneció nublado y, al mediodía, la ciudad soportó una lluvia fuerte, pero breve. La mínima de ocho grados desmentía la primavera. Sin embargo, después de la lluvia, la temperatura subió a veinte grados”. En ese mismo volumen se narra que, a pesar de las inclemencias, desde temprano la Plaza de Mayo se fue llenando de gente: “La promesa era grande, por primera vez, desde el renunciamiento del 22 de agosto (entre ese día y el 31, Evita, sumamente enferma, resignó su candidatura a la vicepresidencia) y el fallido intento de golpe de Estado del 28 de septiembre, el pueblo volvería a tener enfrente a sus líderes. La recompensa mayor: la señora de Perón, si su precario estado de salud se lo permitía, le hablaría a la gente”. La televisación, con cámaras montadas en Casa de Gobierno y en las ventanas del Banco Nación, fue tomando todo lo que allí acontecía. Partidarios y opositores vivenciaron por igual el acontecimiento histórico, tanto por la esperada palabra de Evita como por la inauguración de la televisión. En realidad, eran muy pocos los que contaban con el aparato doméstico, con lo cual no fueron pocos los que se acercaron a los negocios de venta de televisores para seguir la transmisión desde la vereda, una idea nacida en la antigua Casa Yankelevich. Luego de los discursos de Jorge Espejo, secretario general de la CGT, y del presidente Perón, habló Evita. Recién en ese momento pudo incorporarse y dirigirse a la multitud emocionada. Todos sabían sobre el delicado cuadro de salud. El presidente pidió silencio ante la debilidad de su esposa, quien se dirigió a sus “descamisados” y aclaró “nadie hubiese podido impedir que viniese”. El antiguo Canal 7 tuvo una incipiente sede en el Ministerio de Acción Social, pero, rápidamente, se mudó al subsuelo del Alvear Palace Hotel en Ayacucho y Posadas. Cuando necesitó ampliar sus instalaciones, abrió una sede en el Palais de Glace. Años después, los estudios se mudarían al Edificio Alas, en el Bajo porteño, paso previo a la instalación definitiva en el amplio edificio de Figueroa Alcorta y Tagle, inaugurado en 1978 con motivo de la transmisión del Mundial de Fútbol disputado en nuestro país y la transformación del blanco y negro al color.