No en balde tuvo nuestro grande y a la vez universal Jorge Luis Borges ver reconocidos sus méritos en París, para que ellos, en nuestro caso, trascendieran los cerrados cenáculos literarios en los que se sabía y provocaba una regocijada complacencia su real valía.   Ni siquiera nos animamos a traer a colación el ejemplo evangélico vivo y terrenal de Jesús al respecto. Aunque la verdad es que no se trata aquí de ocuparnos ni de Jesús o de Borges, en ese reajustado y necesario orden de prelación, ya que lo hacemos de alguien que no es ni el uno ni el otro.   Es que se trata de una vecina de nuestra comarca, en la que la humildad se viste de una persistente falsa apariencia de timidez y que, más allá de sus conocimientos, muestra la tenacidad y hasta la terquedad con que se aferra a sus predilecciones laborales, una condición que suponemos no equivocarnos al sospechar que heredó de su padre, el ingeniero Gómez Cattáneo, conocido y valorado por sus reiteradas visitas profesionales a Villa Elisa. Nos estamos refriendo a Celina Gómez, técnica en floricultura y jardinería que actualmente lleva a cabo trabajos en Villa Elisa, los que tienen más importancia de lo que se supone para que a dicha ciudad, no solo se la llame sino que realmente sea una ciudad jardín.   La que en su momento supo insertar sus siempre valiosas colaboraciones acerca de su especialidad en nuestras columnas y hasta dictar cursos de jardinería en Colón.   Lo que acontece es que la reconocida revista de esa especialidad “Jardín”, bajo el título de "Raíces", el nombre del vivero centrado en la producción y su oferta de plantas nativas, le ha dado una amplia cabida en sus páginas. En el texto, tanto como dar cabida a sus respuestas, nos exhibe muestras gráficas de plantas y sus flores nativas, de las que desconocemos no solo su nombre científico, sino la mayor parte de las veces de aquellos vulgares que utilizaban para designarlas nuestros viejos criollos, que entre nosotros pueden ser a los ojos de los pueblos originarios, ahora desaparecidos por la mestización. Una mestización cada vez más profundizada, mitad usurpadores y mitad dueños de esta tierra que es también la nuestra, porque es nuestro hogar desde hace ya cuatro o más generaciones.   Pero volvamos a Celina Gómez y el artículo de marras que insertaremos en nuestra edición impresa próxima, con mención de su fuente, y que también nos debe una entrevista. En la que vemos un ejemplo de tanta gente valiosa que existe entre nosotros, a la que no solo nos cuesta reconocer sus méritos, sino que no le damos tampoco las posibilidades plenas de desplegar sus habilidades, que estamos seguros pondrían a disposición de nuestras comunidades integradas en una sola comarca. Vivimos en la “región de los palmares”, pero nuestras islas y montes en galería que custodian las orillas de esos arroyos, a los que estamos lejos de cuidar, tienen un capital inapreciable en especies vegetales, a las que miramos sin en realidad ver. Ya que de ellas, cuando no ignoramos su nombre, somos incapaces de asociarlo con el ejemplar que lo lleva.   De allí, que resulte inexplicable todo lo que queda por hacer, hasta que aprendamos a conocer los árboles, a valorarlos a pesar de los cuidados que exigen de nosotros y las molestias que nos causan, seguros que con la comprensión lo demás se nos dará por añadidura.