La caracterización de Argentina como una economía que corre a dos velocidades se repite tanto que comienza a sonar como un clisé.
Sin embargo, cuando esta semana el INDEC comunicó que la economía se contrajo 0,6% en el segundo trimestre, luego de haber crecido 0,7% en el primero, quedó claro que esa caracterización es muy acertada. Como viene siendo el caso desde hace más de dos años, los sectores más dinámicos, aquellos en los que el país tiene ventajas competitivas y que lideran las exportaciones (petróleo y gas, minería, agro) son los ganadores. Todo lo relacionado con el mercado interno sufre más que el promedio. No sorprende, ante este panorama, que en la misma semana se haya conocido el aumento de 0,3 puntos porcentuales en la tasa de desempleo, que ahora trepa a 7,9%.
Como las malas noticias raramente vienen solas, el mundo también se ha complicado. La guerra en Medio Oriente y el consiguiente aumento del precio del petróleo han comenzado a repercutir en subas de la tasa de inflación en todos los países del globo. El mercado financiero, temeroso de que los gobiernos y los bancos centrales sean incapaces de controlar los aumentos de precio, ha comenzado a tambalearse. El rendimiento de los bonos a 10 años del Tesoro estadounidense, que sirven de referencia para el precio de todos los bonos en dólares del mundo, aumentó un punto porcentual completo en lo que va del año – una caída de 8% en el precio del que comúnmente se considera el activo más seguro del mundo. Entre los activos afectados están los bonos y acciones argentinas, que en un mes perdieron 10% y 5% de su valor, respectivamente. Son movimientos todavía muy moderados para el estrés que se vive en el mercado internacional, y para la historia de volatilidad de nuestro mercado.
Si el estrés financiero global escala, el escenario para los activos argentinos, y para la estrategia financiera del gobierno y las empresas, también lo hará. En el corto plazo, se ha hecho más difícil, o por lo menos más caro, tomar nueva deuda en dólares, tanto para el sector público como para el sector privado. Esta semana, la provincia de San Juan debió convalidar un rendimiento de 10% para su emisión de bonos a 10 años. Para aquellos sectores que no están entre los que andan mejor en Argentina, esto será aún más complejo, y podría retrasar su recuperación.
Para los sectores ganadores, las cosas todavía parecen marchar por un carril paralelo. Las cotizaciones de bonos y acciones petroleras, agropecuarias o mineras no han salido indemnes de la caída general, pero los negocios no parecen amenazados. Todos los anuncios de inversión relacionados con Argentina que se dieron a conocer en el marco de la Asamblea General de la ONU están relacionados con esos sectores, incluyendo la noticia del financiamiento por 6 mil millones de dólares para el proyecto de GNL de YPF.
A la fecha, el monitor RIGI desarrollado por la Universidad de Buenos Aires (UBA) da cuenta de proyectos presentados al régimen que suman más de 186 mil millones de dólares, de los cuales proyectos que suman 50 mil millones ya han sido aprobados. El 99% del monto que se postula para los beneficios del RIGI se concentra en los sectores de hidrocarburos y minería.
Las cotizaciones sufren, pero algunos de los negocios que se pueden hacer en Argentina parecen seguir su curso. Hablar de “las dos velocidades” puede ser un clisé, pero es lo que es, y cada día y cada anuncio apuntan a que eso no va a cambiar. Los perdedores reclaman, la oposición se hace eco, pero el Gobierno parece haberse jugado por el cambio estructural de la matriz productiva. Por ahora, todo indica apostar por que vaya a cambiar podría ser una apuesta perdedora.