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En debate: Carbó, Larroque, Lucas González y Los Conquistadores, cuatro ciudades con nombres de origen discutido

“Enrique Carbó” ¿es un nombre decretado por el propio Enrique Carbó? ¿Y por qué sigue en los carteles públicos de esa ciudad (donde vivió Juan L. Ortiz), cuando la comunidad ya se devolvió el original “Villa Diego”?

 

El nombre “Larroque” ¿agasaja a un docente francés o a un juez entrerriano? El nombre “Lucas González”, ¿fue propuesto por el donante de tierras para el ferrocarril, o por el propio Lucas, un empresario controvertido, sino fraudulento?

 

La toponimia viene a veces del fondo de los tiempos, y a veces obedece a homenajes recientes, pero con un consenso en veremos.

 

Y lo señalamos a partir de una reciente carta enviada por estudiosos entrerrianos a una intendenta para plantear una duda: al nombre colonialista “Los Conquistadores”, ¿quién lo sostiene, de verdad, como una apología de la violencia?

 

Los lingüistas y antropólogos se muestran sorprendidos por la enorme cantidad de voces de pueblos ancestrales en la toponimia entrerriana, y muchas de ellas de origen incierto. Al punto que algunos especialistas reconocen que estamos ante un “callejón sin salida”.

Los Conquistadores inaugurando la nueva terminal
Los Conquistadores inaugurando la nueva terminal

Los nombres guaraníes y de otras lenguas se cuentan por decenas y han sido estudiados durante décadas. Largo sería enumerarlos. El distrito Tatutí, de Federación, y el arroyo del mismo nombre, son un ejemplo. Quizá signifique “tatuceras”, o “lugar donde abundan las mulitas, los peludos, los tatúes”. Aunque hay otras acepciones. Pero existen topónimos en los que probablemente confluyan tres lenguas.

 

Ahora bien: ya sabemos más o menos qué significa la vieja palabra tatutí, pero ¿Los Conquistadores? Ese topónimo es reciente y nombra a una ciudad con una pata en el distrito Atencio al Este y otra en el distrito Tatutí.

 

El investigador paranaense César Varini, radicado durante décadas en Chajarí, encontró un Boletín de Administración General del Ferrocarril con la explicación tan clara como impactante para la estación del ferrocarril: “En recuerdo y homenaje a la pléyade de hombres que, desafiando penurias y peligros, descubrió y pobló en nombre de España este continente en la época de la conquista y colonización de nuestro país".

 

Más mojada de oreja a los pueblos ancestrales y a la historia del continente no se consigue.

 

Sin explicación a la vista, no se conocieron reproches, pero la frase rescatada por Varini encierra tantas afirmaciones opinables que termino desatando respuestas. Este año, varios investigadores entrerrianos se dirigieron a la intendenta de Los Conquistadores, Adriana Meza Torres, mediante una extensa y medulosa carta, con la intención de conversar sobre el nombre de la ciudad.

 

Operación de guerra

 

En la misiva recordaron, primero, lo que dice el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua sobre el sustantivo conquistador: "que conquista". Y la primera acepción del verbo conquistar: "Ganar, mediante operación de guerra, un territorio, población, posición. Sinónimos: ocupar, invadir, tomar, anexionar, someter, dominar, expugnar, reconquistar, apoderarse, adueñarse”.

 

En segundo lugar recordaron palabras del sacerdote y antropólogo jesuita Bartomeu Melià: “Hubo tiempos de la divina abundancia que por cierto acabaron con la llegada de esos conquistadores parásitos y colonos egoístas y codiciosos, que solo producen aquello que pueden acumular, enviándolo al exterior, sin preocuparse lo más mínimo del bienestar del prójimo… El proceso de conquista, el proceso colonial, es llegar y destruir; lo que queda es negado y empujado a la clandestinidad y al desprecio".

 

La carta difundida esta semana, sin respuesta aún, insiste con una tercera reflexión, en este caso del filósofo argentino Enrique Dussel para quien la conquista “es un proceso militar, práctico, violento que incluye dialécticamente al Otro como 'lo mismo'. El Otro, en su distinción, es negado como Otro y es obligado, subsumido, alienado a incorporarse a la Totalidad dominadora como cosa, como instrumento, como oprimido, como 'encomendado', como 'asalariado' (en las futuras haciendas), o como africano esclavo". Dussel apunta que en nuestro continente se inauguró un nuevo tipo de razonamiento basado en el "ego conquiro (yo conquisto)".

 

“Una vez reconocidos los territorios, geográficamente, se pasaba al control de los cuerpos, de las personas: era necesario 'pacificarlas' –se decía en la época–. El que establece sobre otros pueblos la dominación del mundo español (posteriormente del europeo en general) es un militar, un guerrero. El 'Conquistador' es el primer hombre moderno activo, práctico, que impone su 'individualidad' violenta a otras personas".

 

La misiva es larga, pero permite exponer dudas referidas a un nombre que algunos consideran (consideramos) inadecuado para un pueblo que luchó por siglos y distintos modos contra la opresión.

 

“Si un siglo atrás alguien cometió el error de llamar ‘descubrimiento’ al arribo de personas de otras latitudes a un territorio habitado por muchas personas durante milenios; y si ese alguien propuso dar a nuestra comunidad un nombre oprobioso, que glorifica a los usurpadores violentos, nos preguntamos si no es hora de sentarnos a dialogar sobre el asunto. Sin presiones de nadie, sin prejuicios, desprovistos de cualquier otro motivo que no sea el honor del pueblo y el amor a nuestra historia y nuestras luchas por la vida y la emancipación. Los entrerrianos valoramos al inmigrante, al migrante, al trabajador, al criollo, al gringo, al esclavizado, al paisano, al gaucho; también al veterano de guerra… El homenaje a los conquistadores no está en el ánimo de las mujeres y los hombres de este territorio, que siempre se caracterizaron (al contrario) por pensamientos y actos de resistencia a los atropellos”.

 

“Resistencia”, sería, entonces, un nombre apropiado. Pero “Resistencia”, el nombre de la capital de la provincia del Chaco, es cuestionado por historiadores y comunidades ancestrales porque se refiere a la resistencia del recién llegado contra el combate de pueblos originarios, e invisibiliza la resistencia de los llamados “indios” al atropello de los europeos y sus herederos criollos con fuerza desigual. Por eso algunos piden resignificar el nombre, como otros revisar la simbología de la bandera de Santa Fe.

 

La carta de los entrerrianos recuerda que el pueblo entero heredó, sin participar, el nombre de la estación del ferrocarril “Los Conquistadores”; pero también supo llamarse “Kilómetro 183”, “Colonia Martín Inchauspe", “Villa Herminio J. Quirós”. Y acepta, de paso, que el nombre “Quirós” es interesante porque “se trata de un hombre extraordinario, hoy reivindicado por su clarividencia respecto de la participación de la mujer en igualdad con el varón, la fundación de centros culturales y cooperativas, el cuidado de la biodiversidad y el paisaje. Es un nombre que está por encima de divisiones partidarias, y que hermana a dos localidades entrerrianas” (Colón y Los Conquistadores).

 

Como antecedente, apuntan que hace pocos lustros la ciudad de Paraná devolvió a una calle céntrica su nombre original “Alameda de la Federación”, en reemplazo de “Rivadavia” que le colocaron décadas después.

 

La ciudad cuna de poetas y músicos y tanta gente notable, ¿debatirá hacia su centenario ese nombre propio que le impusieron desde afuera, de manera inconsulta, y con criterios tan opinables?

 

Un Lucas sinuoso

 

No hay certezas del origen del nombre Lucas González para esa ciudad del departamento Nogoyá, cuna de Eduardo Mongelós, de Romeo Lógica.

A falta de documentos claros, unos sostienen que un terrateniente Pedro Cinto donó parcelas para que el tren pasara por sus campos, y como agradecimiento al gerente de la empresa propuso su nombre para la estación. Entonces se llamó Lucas González. Otros conjeturan que el propio empresario pudo darle nombre a una de las estaciones del ferrocarril que su empresa construía. Lo cual alejaría al personaje de la actitud de Justo José de Urquiza que, ante la idea de un homenaje en vida, elogió a quienes se oponían. “Combatiendo Carriego ese proyecto me ha honrado. Hay enemigos que hacen más en obsequio de mi dignidad personal, que los que se llaman mis amigos”.

 

Así como los cuestionamientos a Los Conquistadores parten de la explicación encontrada por Varini, las dudas sobre Lucas aparecieron con la edición del afamado libro La Forestal, de Gastón Gori.

 

El estudioso presenta allí a un Lucas González desvergonzado, con actitudes que rozan el delito de violación de los deberes de funcionario, o abuso. Alguna vez mostramos las dos caras del hombre. Gran profesional, diputado, senador, mejor empresario; de vastos conocimientos económicos y jurídicos, ministro principal de Bartolomé Mitre y de Nicolás Avellaneda, importador de inversiones, suegro del presidente Roque Sáenz Peña, pionero del ferrocarril. Eso fue Lucas González, un soñador. ¿O fue en verdad un negociador inescrupuloso, endeudador del país, sirviente del imperio inglés, responsable del saqueo de La Forestal, en el norte de Santa Fe?

 

Le preguntamos cierta vez al profesor Javier Prado por el asunto. “Hay un pedido del apoderado de la empresa Lucas González y Compañía, Benito Villanueva, para bautizar a las estaciones intermedias de tercera categoría, porque ya cuatro tenían nombre (Paraná, Nogoyá, Tala y Concepción del Uruguay); entonces aparecen nombres de gobernadores: Crespo, Ramírez, Hernández, Basavilbaso, y ahí se incorpora Lucas González. Quedan dos opciones, tal vez los vecinos estuvieron de acuerdo como agradecimiento, porque además aquí las vías hacen un desvío que no figuraba en los planos. Y la otra posibilidad es que Lucas González sugirió su propio nombre, podría ser, podría, en potencial, no lo sabemos”.

 

Nacido en Mendoza, Lucas se doctoró en Derecho en Europa, fue diputado de la Confederación con asiento en Paraná, administrador de la Aduana de Rosario, senador nacional ya en Buenos Aires en 1862. Bartolomé Mitre lo nombró ministro de Hacienda de 1864 a 1868, y Nicolás Avellaneda de 1875 a 1876 y luego fue con él ministro de Relaciones Exteriores. Entre esas dos etapas, inspeccionó la compra de material ferroviario en Londres a pedido de Domingo Sarmiento. En 1881 promovió inversiones en Santa fe y entró en el negocio de la afamada Forestal. En 1885 contrató el trazado de la línea troncal del ferrocarril entre Paraná y Concepción del Uruguay, con la provincia de Entre Ríos... Su hija Rosa González se casaría con el luego presidente de la nación, Roque Sáenz Peña.

 

Según Gastón Gori, en 1872 el gobierno provincial de Santa Fe contrató un empréstito con la firma Murrieta y Cía. de Londres. Luego el gobierno se propuso pagarle con bonos, que serían entregados a Murrieta y Cía. y recibidos por el Estado provincial en pago de tierras públicas. El apoderado de esa empresa londinense en nuestro país era el doctor Lucas González. El autor del proyecto era también Lucas González, y el gobierno eligió como gestor de los intereses de la provincia, ¿a quién?: al propio Lucas González. Todo simultáneamente y en la misma negociación.

 

Gori, el estudioso santafesino fallecido en 2004, concluyó en que los británicos se quedaron con 2 millones de hectáreas en Santa Fe y empezaron la explotación del quebracho colorado y el tanino. Gran extracción de riquezas naturales no renovables, concesiones extralimitadas a la firma extranjera, luego gran abandono, y finalmente violencia. Entonces, el estado cobraba el 5% de los impuestos que embolsaba la corona británica, denunció Gori.

 

“Esa riqueza natural de maderas estaba casi totalmente comprendida en tierras fiscales, como el quebracho colorado con el que se fabricaban los durmientes para ferrocarriles. No es extraño que los interesados en tierras con bosques estuviesen vinculados a los negocios ferroviarios, como el mismo Lucas González, de Lucas González y Cía., constructor de ramales hacia las provincias del norte”, señaló Gori. Luego los construiría en Entre Ríos.

 

Murrieta pagó a la provincia a razón de 1.500 pesos la legua y al año siguiente le vendió a compañía de tierras de Santa Fe a 5.292 pesos la legua. (Murrieta formaba parte de la compradora). “Fue un pésimo negocio o una condescendencia abusiva con el imperialismo inglés, al cual se le estaban preparando ya las vías férreas pagadas con dinero del pueblo, para que pudieran traer desde el corazón de los bosques del norte sus productos a los puertos del litoral... no era capital inglés el que introducía sino dinero argentino que manejaban los extranjeros en su beneficio”.

 

El libro de Gori deja muy mal parado al constructor y funcionario Lucas González, sin dudas. El historiador Norberto Galasso, fallecido en setiembre pasado, puso de relieve el patrón de conducta de los funcionarios que sostenían al país endeudado, y mencionó a Lucas González como un ejemplo de subordinación a los intereses usureros. Hasta aquí algunas dudas sobre el origen del nombre de la ciudad del Lino.

 

Carbó resiste

 

En los últimos lustros trascendió los límites comarcanos una historia local muy interesante en la ciudad de Enrique Carbó, del departamento Gualeguaychú (bien cercana a Gualeguay), donde vivió Juan L. Ortiz. Allí se inspiró para su poema “La casa de los pájaros” (El álamo y el viento).

 

“Una mañana sobre la loma no supe a quién agradecer tanta gracia”, dice el poeta y cuenta del eje que dio vida al poblado en su nueva ubicación: “Y era la espera de los trenes en el corredor medio nevado en la luna. Una larga serpiente fosforecía de pronto al pie de la cuchilla del norte y ondulaba hacia la loma del este que la escondía luego…” Antes del tren hubo allí toda una vida y el paraje se conocía como “Villa Diego” por uno de los propietarios, Diego Correa. Su hermano Alonso Correa dejó el nombre al Paso Alonso. La familia tuvo presencia activa en las luchas encabezadas por Francisco Ramírez desde 1817.

 

La estación del ferrocarril “Enrique Carbó” había nacido casi un siglo antes como “Villa Diego” y hace poco recuperó su nombre, por una ordenanza aprobada de manera unánime, pero los carteles de la ruta no han variado a pesar de la voluntad del pueblo. Es que las leyes exigen otras intervenciones de orden provincial para concretar el anhelo, y ese paso no se ha hado aún. La ciudad tiene más de 200 años, y en octubre pasado celebró los 120 porque se impuso la fuerza de la locomotora.

 

La historia allí es honda y Juan Ortiz la retrata a su modo también: “Alguna vez una esperanza desvalida daba no sé qué vergüenza a la tierna mañana del terraplén: caravanas de hombres con la bolsa al hombro se apresuraban hacia los trenes de carga. Los encontraba de vuelta igualmente rotosos o apenas si con algunas alpargatas nuevas o un ponchito liviano sobre la blusa vieja…”

 

Ahora, ¿quién le puso el nombre “Enrique Carbó” a “Villa Diego”? Muy llamativo: Enrique Carbó, siendo gobernador, firmó el decreto dando su nombre a la estación y luego al pueblo, y borrando su historia. Otro más, en las antípodas del ejemplo de Urquiza que mencionamos.

 

Más allá de los méritos de su gestión, es sabido que Enrique Carbó estaba casado con la sobrina de Leonidas Echagüe, que a su vez era hijo de Pascual Echagüe; y que era primo hermano de Salvador Maciá. Los cuatro fueron gobernadores de la provincia. El nepotismo cruza las eras. Sin embargo, esta síntesis no puede abordar la complejidad política de la época. Leonidas fue un títere de Domingo Sarmiento, gobernador de una provincia intervenida; la familia de Carbó en cambio puso su capital al servicio de la revolución jordanista. Para cuando Enrique llegó al poder, el jordanismo había sido derrotado por las armas de Sarmiento (los fusiles Remington, los cañones Krupp y las ametralladoras Gatling) y se imponía a sangre y fuego la estructura de la Argentina “moderna”.

 

Larroque: ¿padre o hijo?

 

La ciudad de la notable María Esther de Miguel nos regala otra historia rara. ¿A quién rinde homenaje?

 

Alguna vez intentamos una explicación bajo el título: “Dos Albertos: la ciudad que debe su nombre a una familia”. ¿Por qué no? En el ámbito oficial, Larroque debe su nombre al gran docente Alberto Larroque, que fue rector del Colegio Histórico de Concepción del Uruguay. Sin embargo, hay dos obras que demuestran un homenaje a su hijo Alberto Marcelino Larroque Albarellos. Los libros “Larroque: historia viva hecha recuerdo” (escrito por una decena de estudiosas bajo la dirección de María del Rocío Suárez y Angélica Yabrán); y “Simientes del ayer” (de Delia Ester Notthoff, María del Rocío Suárez y Silvina María Lound, bajo la dirección de Celia Gladys López), recuperan documentos que avalan el nombre como un homenaje al juez Alberto Marcelino Larroque, hijo del Alberto más famoso.

 

Alberto Larroque Lasaga (el francés) es muy conocido. No tanto Alberto Marcelino Larroque Albarellos (el hijo, entrerriano), que tuvo también una personalidad excepcional. En 1883 fue inspector de la Comisión Nacional de Educación junto a José Hernández y Carlos Guido Spano, con quienes publicó “El Monitor de la educación común”. Al año siguiente fue concejal de Buenos Aires.

Larroque padre, francés
Larroque padre, francés
Larroque hijo, entrerriano
Larroque hijo, entrerriano

Publicamos hace unos años una notita titulada “El gurí de Concepción que echó al primer intendente porteño”. Ahí explicamos un conflicto singular: el primer intendente de la Buenos Aires federalizada, Torcuato de Alvear, fue suspendido por el Concejo deliberante por negarse a llamar a elecciones, y sustituido temporalmente por el entrerriano Larroque.

Monumentos a ambos Larroque
Monumentos a ambos Larroque

Quizá un día la ciudad de Larroque reconozca su nombre en el padre y el hijo, y por qué no en la nieta del francés, y sobrina de Alberto Marcelino, Helena Larroque de Roffo, uruguayense, pionera de la ciencia. Un topónimo de familia, claro.

 

Resumidos estos debates, apenas como puntas de madejas muy enredadas, quedan para otro día más ejemplos de controversias. ¿Y “Victoria”, antes “La Matanza”?

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