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“Gracias a Narcóticos Anónimos, hoy mi mamá duerme tranquila porque sabe que su hijo no anda más en las noches drogándose”. Cortina y al pie, la frase de Diego resuena del otro lado del teléfono. La pronuncia convencido, concluyente y hasta una sonrisa se mete entre sus palabras.

22 es el número que identifica al loco en el tarot o en la tradicional quiniela y son precisamente los años que pasaron desde que empezó ese loco andar por lo que él mismo definió como “el calvario de las drogas”.

“Empecé a consumir a los 13 años” fue una de los primeros recuerdos que afloró en este entrerriano de 40 años, que concedió una entrevista a El Entre Ríos. Diego forma parte de las reuniones de Narcóticos Anónimos, una organización mundial que tiene centros en distintos puntos del país.

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El centro en Concordia de Narcóticos Anónimos funciona en un salón de la Iglesia “Nuestra Señora de Fátima”, en el barrio de La Bianca, los miércoles y sábados de 20:30 a 22. Narcóticos Anónimos “es un programa sin fines de lucro, gratuito, que no distingue sexo, edad o religión. Es un programa espiritual, no religioso”, definen sus integrantes.
Adicto, “desde muy chico”
EER-¿Cómo entraste al mundo de los narcóticos?
Diego- Empecé mi carrera con el tema de las sustancias desde muy chico, cuando iba al colegio. En el primario empecé a tener mis primeros contactos por desobediencias dentro de mi casa y la típica que empieza primero robándole un cigarrillo a mi papá, después juntándome con un par de amiguitos y tomar una botella de alguna bebida alcohólica que le robo a la familia. Después, a medida que iba pasando el tiempo, empezaron otras cosas. Cigarrillo de marihuana, después tomar más seguido una botella alcohólica y así empecé a ser más activo en el consumo de drogas.

-¿En qué etapa de tu vida fue exactamente?
-Empecé a los 13 años a consumir. Empecé con esos vicios que dentro de todo no los ves como algo peligroso pero después uno lo va consumiendo, después entra la marihuana y después ya no parás.

-¿El consumo se da en un contexto social? Es decir, ¿hay otro al lado o estabas solo en eso?
- Justamente yo arranco en el ambiente social como es el colegio, con mis compañeros, mis pares. Los pibes del colegio, alguna compañera y, a medida que pasa el tiempo, después te vas haciendo de otros amigos que no tienen que ver con el colegio. Es esa amistad que te trae la droga.

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-En esa transición de los amigos de la escuela a los de afuera, ¿es difícil saber si es amigo o no?
-Y más que nada porque a esa edad como que no tomás conciencia de las cosas malas. Lo hacés como algo de estar en onda: qué canchero, qué capo que soy. Hay chicos, hay chicas y vos lo hacés. Pero a medida que lo vas haciendo, te das cuenta que pasó todo un año, después pasó otro año más y después no vas más al colegio, dejaste de estudiar, dejaste de hacer deportes, de estar en reuniones familiares porque los fines de semana querés estar con tus amigos que te proveen o te llevan a consumir. Pensás que está buenísima la vida que venís haciendo hasta que un día te das cuenta que pasó mucho tiempo, muchos años y vos no terminaste ni el secundario, tu familia no confía en vos porque empezás a robarle cosas para seguir el consumo.
Siempre se pierde, incluso la familia
-¿Qué lo peor o lo más negativo que te tocó vivir?
-Lo más negativo es que el consumo de drogas lo único que trajo en mi vida fue pérdida. Primero esos amigos del barrio, que de repente íbamos al mismo colegio y al mismo club pasan a alejarse de vos porque tomás otro camino, donde lo tuyo no es algo solo de una reunión social sino de todos los días y no te importa que tu familia te ponga penitencias porque no obedecés a nada y sos completamente rebelde.

-Hablas de rebeldía, ¿cómo se manifestaba, qué llegaste a hacer?
-Te vas un día de tu casa, pasan 3 o 4 días y quizás no volviste. Estoy hablando que, con 16 años, ya me había ido de mi casa y andaba 3 o 4 días durmiendo por ahí, en lugares donde se presentaba la noche. Después, volvía a mi casa, me bañaba, comía, dormía un par de horas y empezaba de vuelta. Todo eso traía mucho dolor en mi casa. Mi papá y mi mamá sufrían, mis hermanos no sabían cómo ayudarme y no sabían cómo asumirlo porque esa es la otra parte.

Ahí hizo un impasse en el ida y vuelta con El Entre Ríos. El hombre que hoy está yendo de nuevo a la escuela para terminar el secundario, recordó que en su familia fue difícil asumir lo que él estaba padeciendo. “Mis 3 hermanos son todos profesionales y yo soy como la oveja negra”, resumió y recordó esos momentos de negación familiar: “a ellos le dijeron: su hijo dejó el colegio, no está viniendo y su hijo se droga. Y mis padres decían: no, no puede ser, no les creo. Eso es la negación por parte de la familia”, explicó.

-¿Llegaste a sacarles dinero a ellos (sus familiares), a lastimarlos de algún modo?
-Llegué a sacar cosas de mi casa. Era lastimarlos en ese sentido. Llegaba y me llevaba un grabador, un reloj. Cualquier cosa, porque cuando uno está consumiendo lo único que quiere es seguir consumiendo. No trabajás y sos pibe y de algún lado querés sacar la plata. Gracias a Dios, yo nunca robé a nivel de robarle a un almacenero o un vecino. Pero sí yo llegué al nivel de ir a lo de mi abuela y decirle: hola abuela, te vengo a visitar porque... y ahí me llevaba algo. Le robaba a mi familia.
“Hoy mi mamá recuperó a su hijo”
-¿Por qué decidiste darte la oportunidad de ir a los grupos de Narcóticos Anónimos? ¿Cómo fue llegar ahí?
-Justamente después de ir perdiendo todo, dejar de estudiar, de que tu familia ya no sabe cómo ayudarte al punto de que, si no querés seguí con tu vida y lamentablemente un día te vamos a llorar.

-¿Así fue en tu caso?
-Es que yo te estoy hablando de familia que, a veces, no sabe cómo pedir ayudar. Ven que su hijo se está matando día a día y no pueden reaccionar, accionar. Si el adicto no quiere ayuda, por más que lo internes, hagas lo que hagas, no va a parar. Por eso las reuniones: acá hay un solo requisito para ser de Narcóticos Anónimos y es tener el deseo de parar de consumir.

-¿Qué es hoy para vos ir a Narcóticos Anónimos?
-Yo llegué a los grupos hace 22 años y la verdad que, gracias a darme esa oportunidad, después de haber vivido en el calvario de las drogas, hoy es todo. Gracias a Narcóticos Anónimos, hoy mi mamá duerme tranquila porque sabe que su hijo no anda más en las noches drogándose. Hoy por hoy, tengo la llave de la casa de mi mamá. ¿Entendés? Hoy puedo ir y entrar ahí aunque no haya nadie porque no tiene miedo que su hijo le saque algo. Gracias a que voy a los grupos, ella recuperó a su hijo.

-¿Confían en vos nuevamente?
-Sí. Hoy soy una parte muy importante de mi familia. Cuando yo estaba en consumo, me enteraba, por ejemplo, 3 o 4 días después de que mi hermana se había casado. No participé del casamiento porque mi hermana sabía que yo era un peligro para su fiesta. Se casó oculta. Y hoy, de repente, mi hermana se va a comprar un televisor y me lo consulta. A ese nivel y eso es lo que hizo conmigo Narcóticos Anónimos.

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-O sea, tampoco todo es, como suele decirse, color de rosa. Explicás que es difícil y hay recaídas. ¿Hay momentos en que te decís: para qué vengo, qué hago?
-La realidad es que esto es una enfermedad de pérdida y yo sé que si me alejo de los grupos puedo estar un par de meses sin ir y después mi vida empieza a correr riesgo. Me empiezo a aburrir de la vida que llevo, después me empiezo a juntar con esos amigos que yo sé que están en la esquina arruinándose la vida. Llego, te saludan y te dicen: tomá, te convido y vamos a hacer esto, vamos a hacer lo otro y, cuando me quiero dar cuenta, perdí toda mi vida que estoy reconstruyendo y vuelvo a esa esquina viendo cómo la vida se me va de las manos.
“No es fácil pero hay una vida mejor”
El retroceso, esa recaída la explicó así: “yo si había seguido en consumo ahora estaría muerto o preso. Porque la droga te lleva a esos lugares: a la cárcel, a un hospital o a la muerte. Yo he estado en un hospital porque me dio una sobredosis, también preso porque pasé la Policía, me chequeó y me dejó adentro y la muerte sí, porque andaba muerto en vida”, admitió en tono desgarrador.

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Allí son las reuniones en Concordia, los miércoles y sábados desde las 20:30. Agrandar imagen
Allí son las reuniones en Concordia, los miércoles y sábados desde las 20:30.
“Podía pasar días y días sin comer, pero no podía pasar una hora sin drogarme. Una persona que se droga es una persona que sufre”, definió y lo amplió así: “de primero, cuando tenía 14 años yo la pasaba bomba, me divertía, tenía chicas, salía y era un canchero bárbaro. Después, a los 16, 17 años, ya andaba sufriendo, desesperado. La realidad es así”.

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Superación. Aprender a convivir con el problema y ver que hay algo mejor. Esa es la experiencia que Diego se animó a contar, a corazón abierto. “En definitiva lo que yo tengo para decir es que no es fácil parar de consumir pero hay una vida mejor y es a través de esto, de ir a las reuniones donde un adicto ayuda a otro”.
Fuente: El Entre Ríos.

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