O estamos en riesgo todos, o no está en riesgo nadie. O nos atendemos todos, o no se atiende a nadie. Es inconcebible que el estado argentino demore el retorno de miles de argentinas y argentinos, cuando en nuestro país hay tan pocos contagiados.
Por Daniel Tirso Fiorotto
Cien muertos por coronavirus es muy lamentable. Causa dolor, claro que sí. Pero nadie ignora que en la Argentina habitualmente cada semana mueren más de cien personas en accidentes de tránsito, a los que se agregan centenares de heridos, y no colapsa por eso el sistema de salud. ¿A qué se debe este sometimiento de los argentinos que desean volver, para que rueguen por una atención? ¿Los quieren ver de rodillas? ¿Y quién se atreve a tomarse semejante autoridad que el pueblo no les dio, para maltratar así a miembros de esta comunidad?
El mensaje de las chicas y los muchachos entrerrianos abandonados en Cancún es sobrio y a la vez desgarrador, para quienes sabemos escuchar. No tenemos que escuchar su llanto para comprender la angustia que les están causando sin razón.
Tenemos algunos contagiados de coronavirus, es cierto, nadie ignora el problema. Pero entonces ¿qué haríamos si en vez de tres muertos diarios tuviéramos mil como en otros países atacados de lleno por el coronavirus?
Si el coronavirus es un riesgo para la salud, el Estado está obligado a garantiza la salud de todos, los que están dentro del país, los que están afuera, los que estamos libres y los presos, sin distinción. Si el Estado no ofrece condiciones en la cárcel para la salud, debe darles prisión domiciliaria. Sólo exceptuando a los que verdaderamente sean un peligro para la vida de otros, una minoría. Estamos en situación de emergencia. Nadie, mujer o varón, debe ser sometida o sometido a castigo, con riesgo de vida, por haber cometido un delito.
Todos somos esta comunidad argentina. Libres y presos, viajeros y sedentarios, petisos y altos, flacos y gordos. No hay ninguna razón para salvar a unos y condenar a otros. Los argentinos que por cualquier motivo se encuentran afuera tienen derecho a retornar a su país.
Una demora de un día, dos días, una semana, puede ser comprensible por razones burocráticas, pero hay jóvenes y familias que están pidiendo retornar hace ya un mes y lo peor: no tienen ninguna noticia, no los escuchan, entonces no pueden proyectar nada, están literalmente abandonados. Es totalmente inaceptable, nadie tiene derecho, ni un juez ni un presidente, a obstaculizar el regreso de nadie. El pueblo argentino no habilita a ningún pretendido representante a semejante arbitrariedad. Y menos aun cuando hay lugar de sobra para atenderlos, porque los contagiados y las personas en riesgo son pocas y ojalá sigan siendo pocas. Hay centenares de países en el orbe donde los contagiados y muertos son pocos, y la Argentina es uno de ellos.
Dejar a estas hermanas y estos hermanos nuestros afuera del país, o dejar a los hermanos y las hermanas que están en prisión adentro de cárceles con riesgo de salud, es un gesto despótico inaceptable. No estamos diciendo, por las dudas, para el futuro: hoy es un gesto despótico.
El individualismo occidental puede recomendar el “sálvese quien pueda”. Y no nos asombraremos si escuchamos aquello de que “se pudran en la cárcel”. Son frases discriminatorias que hablan muy mal de los que la pronuncian, aunque se comprenden en una madre, un padre, un hermano, una hermana, una novia, de una víctima. Por supuesto. Pero nosotros, como comunidad, tenemos cero derecho a abandonar a las personas adentro o afuera, es decir, tras las rejas, o tras las fronteras. Somos nosotros, los argentinos, los que estamos en riesgo y eso corre para todos. Los enfermos o los que están en cualquier situación somos nosotros, no son “otros” de los que podamos prescindir. Esa sería una torpeza criminal. Si hay riesgo, todos tenemos que enfrentar esos riesgos, no hay alternativa.
Nuestros hermanos tojolabales, precisamente de México, dicen ante una persona que cometió un delito: "uno de nosotros cometimos un delito”. Se hacen cargo como comunidad. “Uno de nosotros matamos”.
Su lenguaje expresa ese espíritu comunitario. Entonces ni el peor de todos ni el mejor de todos queda afuera.
Bueno: en este caso no se trata de un problema moral, si Fulano es bueno o malo. No: nuestro conocimiento lúcido nos indica que argentinos somos todos, y si uno de nosotros significa un riesgo, somos nosotros los que tenemos que afrontar el riesgo, no las personas que nosotros excluyamos, encerremos, apartemos o abandonemos.
Que estos jóvenes, chicas y muchachos, que visitaban México estén agradeciendo la hospitalidad de los mexicanos, muestra su dignidad. Los aplaudimos de corazón. Están viendo y saludando la hospitalidad de los hermanos. Pero al mismo tiempo están denunciando el abandono. Llaman una y otra vez al Consulado argentino en México y nadie los atiende, ¿pero qué se creen los funcionarios? Los políticos suelen caer en el atrevimiento de creerse dueños. Aquí vale recordar que todo empleado del Estado es un servidor público, y se debe a todos sin excepción. Del más pinche hasta el presidente: todos.
Con estas palabras abogamos para que en forma urgente los gobiernos nacional, provinciales y municipales se ocupen del retorno de todas y todos, y de la liberación de las personas que estén en riesgo tras las rejas, porque no son los presos o las presas quienes han construido cárceles insufribles anticonstitucionales.
Hay principios que deben ser más severos en pandemia: no abandonar a las personas, no actuar con arbitrariedad, no vigilar ni perseguir al pueblo buscando excusas en la crisis.
O es pa’ todos la cobija, o es pa’ todos el invierno, dice Jauretche.