Este domingo se celebra el Día de la Madre y, para la ocasión, vale la pena detenernos un instante a observar con detenimiento el mapa invisible que sostiene nuestra sociedad. Hablemos de ellas. De las que sostienen mundos enteros con las manos cansadas, de las que sueñan en silencio, de las que se desvelan tejiendo redes de cuidado y de las que se reinventan, con valentía feroz, a cada instante. Nacida de las voces, los silencios y los testimonios reales de distintas madres de nuestra cuidad, de Concordia, esta nota busca poner en palabras aquello que tantas transitan en solitario.
Hablar de la maternidad no es caer en el cliché simplista de la crianza; es asomarse de golpe a la bisagra más profunda y radical de la existencia humana. Es medir el impacto irreversible de traer una nueva vida al mundo y, al mismo tiempo, presenciar el incendio sagrado del viaje interior que se desencadena a partir de ese primer latido.
Para ser madre, en efecto, no se nace; se aprende a fuerza de coraje, de roturas internas, de dudas, insomnio y de entregas cotidianas que casi nunca salen en las fotos. Lejos de los relatos endulzados, de los filtros de redes sociales y de las estampitas perfectas que históricamente nos impusieron como un mandato de inmaculada docilidad, maternar es una experiencia volcánica. Es una fuerza de la naturaleza que quema, sacude y transforma la identidad para siempre.
Ser mamá es también transitar el abismo de sentir, de cansarse hasta los huesos, de equivocarse sin red de protección y de tener la grandeza indomable de volver a intentarlo al día siguiente. Ponerle palabras a esta vivencia es construir un espejo donde se miran, sin caretas, distintas generaciones: la intensidad volcánica de quien sostiene los primeros meses en sus brazos, el pulso inquieto de quien camina a la par de la infancia y la adolescencia, y la serenidad sabia de quien ya contempla el camino andado con la paz inquebrantable del tiempo.
El abismo de la primera vez:
Hay un segundo imperceptible, un quiebre en el aire, en el que el mundo tal como se conocía se evapora para no volver jamás. Para quien atraviesa los albores de la crianza, el tiempo adquiere una densidad extraña, casi líquida y pesada. El cansancio físico, el desvelo perpetuo y las esquirlas de un dolor que nadie se atreve a nombrar chocan de frente, sin anestesia, con la vertiginosa toma de conciencia de que la propia autonomía ha quedado en pausa. Es la vulnerabilidad en su estado más puro y deslumbrante: una mezcla magnética de devoción absoluta y vértigo, donde se aprende a barajar y dar de nuevo en la más absoluta e inexplorada intimidad.
Ese "clic" de la realidad suele golpear la puerta sin previo aviso, derribando cualquier estructura previa. Para algunas mujeres, el impacto llega en la juventud más temprana, cuando los planes propios ni siquiera se habían terminado de dibujar: "Nunca planeé ni imaginé ser madre. No había recibido educación sexual. Tuve mi primer embarazo sin buscarlo a los 18 años y nada volvió a ser lo que era; tuve que madurar sin opción. Estar con cesárea, amamantar al principio que duele tanto y entender que nunca más serían mis tiempos ni mis horarios fue un golpe de realidad. Para mí, aprender a ser mamá significó que nunca más sos prioridad" (Mónica).
Para otras, el abismo se abre en el silencio de los mandatos no elegidos y la soledad de los contextos adversos: "Quedé embarazada a los 21 años y fue horrible; no había aborto legal, así que tuve que tenerlo. Pensé en darlo en adopción, pero veía todo turbio. Estaba sola. Sentí que mi vida se terminaba, se quedó pausada mi vida que recién comenzaba y me sentí infeliz. Habiendo sido la hermana mayor que cuidaba a todos, lo veía agotador. Sin embargo, en el camino mi esencia mutó hacia algo más maduro; fui aprendiendo sobre la marcha" (Alejandra).
Y para tantas otras, la sacudida inicial se esconde en los pequeños grandes detalles cotidianos de la lactancia y el alimento que se tambalean frente a la teoría: "Cuando llegó el momento de amamantar y alimentar, no fue tan fácil a pesar de tener clara la teoría. A la semana de vida de mi hijo, que no quería tomar la teta y bajó mucho de peso, querían que le fuera directo a la leche de fórmula y casi lo internan. Cuando me convencí de que tenía que comer y que había que alimentarlo, hice un 'clic' de realidad y dije: 'Listo, no existe nadie más que mi decisión, hay que alimentarlo y esto también está bien'" (Eugenia y Mariela).
El río de los años
A medida que el curso del tiempo avanza, el desafío muta de piel y exige una alquimia todavía más compleja: ¿cómo acompañar el vuelo y el crecimiento de esas nuevas vidas sin desaparecer en el intento? Maternar en las etapas de consolidación, de crisis y de crecimiento es una pulseada perpetua contra la culpa. Esa sombra persistente que acecha cada vez que la mujer intenta rescatar un espacio personal, un proyecto propio, un respiro profesional o una porción de su propio universo individual.
Sin embargo, cuando se toma distancia y se mira hacia atrás con la perspectiva que da la marcha, emerge una verdad tan luminosa como urgente: es imperativo detenerse a reconocer todo lo que una hizo. Cada mujer que materna es un archivo viviente de malabares invisibles. Hay que aplaudir las horas de trabajo duplicadas, los atajos encontrados entre el cansancio y el estudio, la decisión inquebrantable de no apagar la propia voz, y el coraje titánico para educar y sostener a los hijos incluso cuando el propio mundo se caía a pedazos.
A veces, las circunstancias de la vida cambian los escenarios por completo, obligando a reconstruirse y a valorar los momentos de plena presencia: "Lo que más cambió en mí es valorar los momentos sagrados, porque sé, y lo repito todo el tiempo, que no se repiten nunca más. Tener a mi hijo hace que esos momentos me entreguen al presente" (Eugenia)
Cuidar del propio deseo y cultivar la individualidad no es un acto de egoísmo; es el regalo más honesto que se le puede dar a la infancia: el testimonio vibrante de una mujer real, imperfecta, consciente de su propio valor y dueña de su destino.
Cuidar del propio deseo y cultivar la individualidad no es un acto de egoísmo; es el regalo más honesto que se le puede dar a la infancia: el testimonio vibrante de una mujer real, imperfecta, consciente de su propio valor y dueña de su destino.
La cima de la montaña
Y cuando los calendarios se acumulan, el nido muta de forma irrevocable y el paisaje cambia de colores, surge la perspectiva imponente de quien ya escaló la montaña. Desde esa cima donde el vértigo de los primeros años se ha transformado en brisa mansa, las exigencias rígidas, los manuales absurdos y los prejuicios sociales se desmoronan por su propio peso. En los ojos de quien ya recorrió el trayecto queda la paz sagrada de saber que las tormentas eran temporales, que los errores también construyen memoria colectiva y que lo único verdaderamente indestructible es el hilo invisible de un amor que desafía los márgenes del tiempo:
"Yo fui una madre que iba a todos lados con sus chicos. Había un concierto o una conferencia y los llevaba conmigo. Me daba tiempo para todo y estaba feliz. Hoy, de grandes, mis hijos me reconocen todo lo que trabajaba, criaba, los acompañaba y que fui estricta. Me dicen: 'Mamá, ¿cómo hacías para estar en todo y que todo saliera bien?'. Y yo me subdividía. El ser humano puede dejar cosas en el camino, pero una vez que el niño crece e independiza, una puede retomar su propio tiempo. Cuesta más, es más lento, pero se puede" (Cristina).
Derribar el pedestal para abrazar lo real
Para maternar con el alma liviana es una urgencia histórica demoler el mito tóxico de la “madre perfecta”. Esa entelequia (idea irreal) aplastante que exige una disponibilidad sobrehumana de veinticuatro horas, una sonrisa inalterable y la cancelación absoluta del ser humano que hay detrás. Ser mamá es, antes que nada, un acto de profunda humanidad: es sentir el pecho oprimido, cansarse hasta las lágrimas, frustrarse en silencio y, al segundo siguiente, encontrar el impulso invisible para volver a empezar.
Atravesar este laberinto sin naufragar exige, indefectiblemente, dejar atrás la soledad heroica. Requiere tejer comunidad: una pareja que esté a la altura, una familia que acompañe, hermanas, cómplices o amigas que funcionen como puerto seguro cuando el mar de la crianza se vuelve indomable.
No hay recetas mágicas ni verdades absolutas. Como resume, a flor de piel, la voz colectiva de tantas mujeres: "Aprender a ser madre no es un manual perfecto; para mí, aprender a hacer de madre significa poder estar en el momento presente. Es conocer un amor que te transforma de raíz, equivocarse, entender que te equivocaste, mejorar, pedir ayuda sin vergüenza y saber que el amor se descubre de la manera más intensa cuando nace un hijo" (Cristina)
Un llamado al espejo y al abrazo colectivo
Como sociedad, tenemos una deuda urgente con las madres. Nos hemos acostumbrado a exigirles heroísmo mientras les quitamos contención; a juzgar sus decisiones desde la comodidad del observador y a romantizar sus desvelos en lugar de aliviar sus cargas. Celebrar este día no puede reducirse a regalar flores o pronunciar frases hechas. Significa aprender a mirarlas con ojos respetuosos y empáticos: entender que detrás de cada madre hay una mujer con miedos, talentos, límites, cansancios y sueños propios. Cuidar a quien cuida, ofrecer la mano sin que nos la pidan y valorar el esfuerzo invisible de cada día es la única manera justa de honrar su lugar en el mundo.
Y a vos, que estás leyendo esto en medio de la vorágine diaria; a vos que amamantás de madrugada con los ojos entrecerrados, que hacés malabares con el trabajo, que educás con la garganta anudada de dudas o que mirás a tus hijos ya crecidos preguntándote si hiciste lo suficiente: mirate al espejo con ternura.
Detente un segundo y reconocete. Perdonate los días grises, las impaciencias y las respuestas apresuradas. Abrazá tus torpezas y celebrá cada una de tus victorias silenciosas, porque lo estás haciendo bien. No necesitás ser perfecta para ser extraordinaria; alcanza con ser genuina. Recordá siempre que, en medio del estruendo caótico y hermoso de dar vida, la mujer que habita adentro tuyo nunca se apaga: solo arde, se transforma y brilla con una fuerza infinitamente mayor.
Fontana, Ornella Camila.