Atención

Esta imágen puede herir
su sensibilidad

Ver foto

Compartir imagen

Agrandar imagen
Habían transcurrido apenas veintiocho meses desde la gesta de Mayo de 1810, aún el tiempo corto de la Historia, cuando los principios inspiradores de ese movimiento se proyectaban en contextos de inestabilidad, con algunos protagonistas de los momentos iníciales y otros nuevos. Entre estos últimos, el Teniente Coronel José de San Martín, quien junto a José M. Zapiola y Carlos de Alvear, había formado la Logia Lautaro para trabajar por la independencia americana y la unidad política. Algunos desaciertos, especialmente sensibles a esos ideales por parte del Primer Triunvirato, como lo evidenció la desobediencia de Belgrano que desembocó en el triunfo de la batalla de Tucumán, generaron el movimiento revolucionario del 8 de octubre de 1812.

Se procuraba encauzar las acciones y en tal sentido fue elegido el Segundo Triunvirato que convocó a un congreso nacional en el que los pueblos estuviesen auténticamente representados y que definiese el sistema con que las Provincias Unidas debían “aparecer en el teatro de las naciones”, según su primera proclama.

Instalada el 31 de enero de 1813, la Asamblea se declaró depositaria de la representación y el ejercicio de la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Los funcionarios y aun los vecinos cabezas de familias debían reconocer y jurar obediencia a esta autoridad soberana, cuyos miembros fueron proclamados diputados de la Nación. La jura fue iniciada el 13 de febrero en el interior por Manuel Belgrano, a orillas del río Pasaje, desde entonces Juramento, y seguida por las autoridades de todo el territorio rioplatense, a excepción del Paraguay. Entre ellas, las de los pueblos entrerrianos de Gualeguaychú, Gualeguay y capilla del Tala.

Nuestra Provincia estuvo representada desde abril por el Presbítero Ramón Eduardo de Anchoris, miembro de la Logia Lautaro, con poderes conferidos por el “continente de Entre Ríos”.

Se dispuso que las discusiones fueran públicas para dar cuenta de la actuación de los representantes del pueblo. Así surgió El Redactor de la Asamblea como periódico oficial que salía los sábados presidido por un elocuente lema, “In posterum haec lex,imperantibus vestris constituetur”, palabras del De Oratore de Cicerón que significan “En el futuro esta ley os regirá por vuestra propia decisión”.

Los propósitos manifiestos de la Asamblea, la emancipación y la constitución del Estado, tuvieron auspiciosos respaldos militares con el Combate de San Lorenzo, bautismo de fuego de los Granaderos de San Martín, y con el triunfo de Belgrano en Salta. Estos acontecimientos, cuyo bicentenario celebraremos respectivamente el 3 y el 20 de febrero próximo, proporcionaron un marco oportuno para la obra legislativa propia de una nación independiente. Tal como lo demuestran las normas sobre ciudadanía, que removían de sus cargos a los españoles no ciudadanizados, clara ruptura del vínculo de unión nacional con España, y que establecían una ciudadanía peculiar distinta de la española, propia de los nacidos en esta tierra o que se habían hecho dignos “a la gratitud americana”. No menos representativas son las que derogaban toda forma de servicio personal de los indios, que pasaban a ser ciudadanos de derecho, decreto mandado a publicar en guaraní, quichua y aymará; la sanción de la libertad de vientres, que daba libertad a los hijos de esclavos nacidos desde el 31 de enero; la adopción de un escudo nacional en reemplazo de los sellos con los atributos del rey; la aprobación de la marcha patriótica de Vicente López y Planes como Marcha Nacional, con las sugestivas expresiones “libertad”, “pueblo argentino”, “ruido de rotas cadenas” o “nueva y gloriosa nación”; la declaración del 25 de Mayo como fiesta cívica; la supresión de los títulos de nobleza y mayorazgos; la elevación del Pueblo de la Bajada del Paraná al rango de Villa, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, y la autorización para crear un Cabildo; la abolición de la Inquisición y las torturas judiciales; la independencia de las autoridades eclesiásticas existentes fuera de su territorio y la desvinculación del Nuncio residente en España. Estas, entre tantas disposiciones que manifiestan la continuidad del espíritu nacional de una Revolución iniciada en 1810.

Sin embargo, la no concreción de los propósitos de independencia y constitución derivaron en abundantes polémicas y debates historiográficos y de opinión, que han enturbiado su imagen y el hecho de su significación como plataforma de inauguración de la vida independiente del Estado argentino, con los esbozos básicos de sus atributos institucionales.

Tal vez hoy, a 200 años, resulte importante y esclarecedor escuchar las voces de sus protagonistas y asistir a un ejemplar ejercicio de autocrítica que volcaron en el Manifiesto final con que cerraron sus funciones en enero de 1815, con una evaluación de época plena de honestidad, que muestra su propia interpretación de un escenario que los incluía y en el que desempeñaban sus roles de vida. En él entendían que 1810 fue el tiempo oportuno para que América fuera por sus derechos postergados, gracias a una combinación de múltiples circunstancias. La prosperidad que disfrutaron en el primer semestre de la Revolución había cambiado confianza por osadía, y los intereses privados pronto rivalizaron con el interés público. También había empezado “el germen de las pasiones” y se consolidó “el espíritu de partido”. Hay expresiones contundentes, como cuando reconocían que la suerte de las batallas participó también las vicisitudes de la opinión, y que las desgracias públicas fueron más de una vez el reverso del cuadro de la esperanza. Sólo merced a renovados sacrificios se habían salvado del furor de los enemigos y “de una total disolución”, como en la situación extrema en que quedaron tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, que habían neutralizado las victorias de Tucumán y Salta. Toda empresa resultaba temeraria con tantos frentes: el español vencedor por el oeste, por el este Montevideo reforzada con nuevas tropas, la campaña oriental dividida, más la escasez de recursos y la opinión pública adversa. Aun así, a pesar de tantos escollos, se había logrado organizar una fuerza naval que contrarrestó el peligro oriental, se reforzó el Ejército del Perú y se restableció el crédito público.

Pero pronto sucedió una etapa de incertidumbre y de peligro: la caída de Chile y la amenaza de una fuerte expedición desde la Península, con la vuelta al trono de un Fernando VII dispuesto a recuperar sus antiguas posesiones. Además, la Campaña Oriental “convertida en un teatro de peligrosas diferencias” en las que ni la política ni la fuerza evitarían caer en desgracias, tanto a vencedores como a vencidos. Amén de esto, en un encomiable ejercicio de mea culpa, atribuían la aflicción y confusión de los Pueblos a los contrastes de la Revolución y a la inestabilidad de sus formas, alimentada la divergencia por la reacción de los partidos, los celos, los rumores de la desconfianza y hasta las injurias del tiempo, puestos en una situación límite casi sin recursos, con el territorio amenazado y en la necesidad de pelear para existir.

A pesar de este panorama, las esperanzas seguían alimentadas por los sucesos revolucionarios de Cuzco y otros del Alto Perú, además de las depositadas en el Ejército y en las respuestas del Pueblo, siempre dispuesto al sacrificio ante el peligro común.

Por todo ello, la Asamblea había creído conveniente exponer con franqueza la situación en que se encontraban y los riesgos de la cosa pública para que todos conocieran la necesidad de prepararse para la defensa, antes de ver sucumbir a su tierra.

Habían transcurrido apenas veinticuatro meses desde su instalación, atravesados por múltiples acontecimientos y situaciones que inspiraron pasiones, alimentaron intereses y sembraron confianzas y desconfianzas, lealtades y deslealtades, en un escenario de climas turbulentos marcados por la incertidumbre y el riesgo. Tal lo que se desprende de sus palabras en el Manifiesto. No cubrieron todas las expectativas en unos contextos difíciles y complejos, pero su obra dio continuidad a los ideales de Mayo.

Prof. Rosa María Reissenweber
Prosecretaria Asoc. Cult. Sanmartiniana
Concordia, E. Ríos

Enviá tu comentario