Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido

Alta tensión política y económica

Volvió a subir la inflación medida por el INDEC

Argentina se está dando una oportunidad de enderezar un rumbo que hace décadas había sido perdido. Nadie podía razonablemente suponer que eso sería una tarea sencilla, ni que pudiera ejecutarse sin generar tensiones.

 

Cuando el presidente Milei hizo su discurso inaugural el 10 de diciembre de 2023, manifestó de manera contundente que no gobernaría con un proyecto político, sino con un proyecto de Nación. El tiempo parece haber esmerilado aquel noble objetivo. Que la cosa se encamine, claro está, necesita más tiempo, al parecer, que el que proveen los tiempos de nuestra democracia republicana. De ahí que la teoría y la práctica hayan comenzado a colisionar. Hacer las cosas bien podría truncar la reelección – en una mirada benevolente, la posibilidad de poder seguir haciéndolas bien.

 

Por eso, algunas de las ideas liberales de origen flaquean. No funciona tan bien como al principio el encadenamiento teórico según el cual el ordenamiento de la economía canalizaría el buen humor ciudadano, gracias a la caída de la inflación, producto de la apertura de la economía y la desregulación de varias actividades con estructuras de costos ineficientes. La inflación dejó de caer, y la apertura y la desregulación han dejado a amplios sectores de la economía sin una red de contención. ¿Cómo conciliar ese inconveniente con el inconveniente aún peor que significaría que el público mudara su opinión respecto de la conveniencia de los cambios, cuando sea convocado a las urnas?

 

La apertura y la desregulación llevan un tiempo habiendo cedido terreno a una herramienta más atávica: el control del mercado de cambios. No solo la dolarización y el incendio del Banco Central no ocurrieron, sino que ni siquiera ocurrió el fin de los controles de capital que vienen desde 2019. Manipular el tipo de cambio para controlar la inflación es algo que también los gobiernos populistas saben hacer. Tampoco es original que los gobiernos de turno crean ser los únicos que tienen la solución a todos los problemas. En el caso de Milei, esa creencia le está jugando en contra: tanto miedo al populismo como ha sembrado empezaron a hacer mella en uno de sus mayores aliados, el mercado financiero. Ahí ya no copan los titulares el superávit fiscal, o el externo, o la baja de la inflación o la acumulación de reservas; el centro de las discusiones se ha movido hacia la política.

 

¿No estuvimos acá antes? Sí, y la respuesta fue similar. Las grandes medidas recientes, desmenuzadas, parecen más dirigidas a evitar una catástrofe que a generar cambios estructurales: las aprobaciones aceleradas de proyectos al RIGI, el proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, la regulación de los Fondos de Asistencia Laboral, la autorización a los bancos para prestar dólares a empresas no exportadores, aunque disfrazadas con fines loables, parecen diseñados para atraer dólares hacia el Banco Central y financiamiento hacia el Tesoro. Lo estructural deberá esperar.

 

El mercado, el peronismo y el Congreso huelen sangre. Uno cobra más caros los préstamos que vencen después de diciembre de 2027. Otro se anima a juntar enemigos en una foto de unidad, aunque huela a falsa. El último empieza a dejar de aprobar, o a cobrar más caro, todo los proyectos legislativos que Milei le presenta.

 

Los tiempos impopulares de las reformas económicas hacen caer el Índice de Confianza en el Gobierno, lo que envalentona a la oposición, sea esta dura o blanda, y pone los nervios de punta en el mercado. Parece demasiado temprano para que los problemas políticos se desencadenen. Sin embargo, como no sería la primera vez que lo hagan, nadie quiere ser el último en enterarse. Preventivamente, han subido las tensiones, en política y economía. Es imposible disociarlas.

Teclas de acceso