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Había que cobrar el bono, en realidad podía esperar, pero en estas tierras no se puede estar seguro de nada, por ahí te lo escamotean si no aparecemos el día señalado. La cola era larga, el sol ya se sentía con todo, pese a no ser más de las 9. De golpe me apercibí que estaba detrás de un viejo conocido de estas colas. Quizá sea un artilugio de los gobiernos para que los viejos socialicemos, una de nuestras tantas privaciones, según dicen. Me dio la mano y hasta esbozó un abrazo. Todo lo que sabíamos uno de otro no era más que las breves confidencias, suena excesivo, solo pueriles informaciones que cambiábamos en las veredas, mientras avanzábamos como tortugas. Después, la platita en el bolsillo, acicateaba un rápido adiós. "Tiene cara de cansado", le digo y ahí empezó su historia.

"Es que hace casi un mes desperté a la madrugada con un fuerte dolor de muela, una de las pocas que... Como los chorros que entraron hace un año se llevaron las carteras de mi mujer, me quedé sin esos espejitos chicos que si lo metes en la boca frente al espejo, te permiten ver lo que pasa en el comedor de arriba. Me quedaba solo apretar desde abajo y dolía. Que paramol y aspirina algo ayudó. Llamé al dentista que conozco desde hace 5 años, y silencio o mejor me pareció que una cinta de grabador estaba corriendo, pero nada de "deje su mensaje por favor y lo contactaremos...". Yo igual dejé el mensaje y mis datos: no mucho más que solicito un turno. Uno tiene cierto pudor en contar los dolores, más a una máquina. Pasó un día y nada... Al día siguiente llamó por teléfono y ese ruido que parecía una cinta crujiendo: repito el mensaje. Nada. Un farmacéutico amigo me indicó un antibiótico. Llamé a dos consultorios de urgencias odontológicas que figuran en la guía de mi obra social. Ninguna contesta... ¿es que mi teléfono funciona mal? Me llegó al consultorio del odontólogo, el portero eléctrico me abre sin preguntar, llegó al 3º y toco el timbre. A través de la puerta me preguntan: “¿Que desea?" -Un turno con el Dr. Marcos-"Tiene que volver mañana a las 18". El tono no era precisamente amable, luego un portazo. Salgo como perro mojado. Me preguntó si podría adelantar algo, ¿y si una radiografía?, una panorámica me dice la técnica. Vaya pues una panorámica. Esa noche recibo un mensaje: “Turno con Dr. Marcos dentro de 23 días, disculpe la demora”. A esta altura no tenía ya dolor, incluso debía asegurarme que la muela seguía ahí. No sería el primero que se tragó una, pero no, ahí seguía. Llegó el día fijado y recibo otro mensaje. “Recuerde que tiene cita con el Dr. Marcos”. Como lo recordaba creí casi de mal gusto contestar, media hora antes de esa cita, ya en la vereda, otro mensaje: “¿Viene Ud. o no?”. Esta vez contesto: “Estoy en camino”. Ahora la puerta se abrió, el consultorio estaba algo cambiado y no para mejor. Cuando tiende la mano toma la panorámica. “Caries en tal molar... Hay que sacarla. Pero la obra social no nos deja hacer las extracciones. Concentra todas en éste Dr. X..., cerca de su casa, pida turno”. La verdad que salí algo triste: Nunca me preguntaron esos días si tenía dolor. Tampoco en la consulta. Y ahora someterme a un dentista desconocido, que solo arranca muelas mañana y tarde... que monotonía sangrienta”.

Cuando terminó su historia ya casi entrabamos. Se despidió con ese esbozo de abrazo, que le era tan propio. Yo no pude cobrar el bono, pues la puerta de vidrio se cerró entre él y yo y no quise esperar a ver qué pasaba. Cuando me iba, sonaban en mis oídos los crujidos de la cinta de un grabador, que giraba y giraba en vano. Nadie escuchaba. Y sospeché que nunca le extraerían la muela, que algunas noches volvería a doler.
Fuente: El Entre Ríos (edición impresa)

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