Creando programas, uno delante del otro, sin parar
En la presente nota, no hago sino poco más que glosar una nota de la que es autor el periodista Diego Cabot. Se trata éste de quien, con su entrega de un lote de cuadernos Gloria a un fiscal, generó el escandaloso caso Cuadernos, del que surgieron una multitud de causas penales, muchas de ellas todavía sin cerrarse.
Por Rocinante
Me refiero a una que publicara con el título Créase el programa: uno de los males de la Argentina se oculta en una frase que sale a diario en el Boletín Oficial, en el diario La Nación, en su edición del 17 de agosto pasado.
En la misma se señala que el Estado sedimenta capas y logra un objetivo que ya no debiera imaginarse casual: convertir la trama burocrática en una madeja imposible de desentramar y destinada a los propios. En los últimos tiempos es cada vez más común leer la frase créase el programa y, posteriormente, enumerar una cantidad de funciones que ya tenía el ministerio en cuestión, pero que ahora pasa a llamarse de otra manera. Agrega que en lo que va del año se han creado, al menos, medio centenar de programas destinados a los fines más diversos. Todos, eso sí, terminan por tener presupuesto propio, jefes políticos a cargo, empleados estatales y, claro está, procedimientos y mesas de entradas para inscribirse y acceder a los beneficios del soberano.
Luego de lo cual, Cabot pasa a enumerar decretos y resoluciones del gobierno central publicados en el Boletín Oficial en sus ediciones de los diecisiete primeros días del presente mes de agosto.
A continuación paso a insertar un cuadro, confeccionado en base al texto de la nota, en la que se indica fecha de publicación durante agosto, organismo del que emana, y finalidad de programa a que se hace referencia en esos decretos o resoluciones.
La administración pública nacional como espejo de las burocracias provinciales y municipales
Como se indica, lo mismo sucede con las burocracias locales, a las que dentro de sus limitaciones financieras mayores, se las ve reproducir el mismo esquema. Se dan aquí estructuras paquidérmicas –existen municipalidades donde si se diera la casualidad que todos los empleados un día cualquiera concurrieran todos ellos a cumplir con su tarea, no serían suficientes las sillas disponibles, para que todos pudieran sentarse al mismo tiempo- a las que se las ve crecer aún más, dada la no tan novedosa creación de organismos descentralizados.
Se ve así cómo cada jefe comunal se rodea de verdaderos gabinetes ministeriales, con un crecimiento desmesurado de reparticiones que se ve reproducirse en forma descendente, muchas de ellas con funciones parcialmente superpuestas, a las que solo se las puede distinguir por el nombre muchas veces totalmente fantasioso que se utiliza para designarlas.
En suma, en un país que lleva tanto tiempo sin crecer, vemos a nuestros gobernantes que aparentan estar obsesionados, no en incrementar la dimensión de la obra pública, ni en mejorar la pobre performance de los servicios públicos que gestionan, sino en la creación de cargos, cargos y más cargos. Mientras que, como contrapartida, y no debe verse en lo que sigue un mero juego de palabras, se asiste a la presencia de cargas y más cargas, de una manera que parece nunca acabar, sobre las espaldas de la población, a la que de las esferas fundamentales pareciera vérsela sobre todo en su rol de contribuyentes a los que no se deja de exprimir.
Hasta tal punto, que se ha escuchado decir, y no faltaba razón al que así lo hacía, que otro sería el cantar, de prestar el Estado los demás servicios a su cargo, con el meticuloso empeño de sus recaudadores tributarios.
Una situación que es de viejo arrastre, que se ha tornado cualitativamente diferente
Debo al respecto comenzar por señalar que El Entre Ríos se ha ocupado del tema en forma editorial, de manera reiterada a lo largo de su más que centenaria trayectoria.
Es por eso que en un primer momento, e indicado a modo de ejemplo, en nuestros centros urbanos la planta municipal se poblaba en su categoría más baja, de una manera que venía a configurar una situación de desocupación disfrazada, ya que esa era la forma de explicar esa superabundancia.
La planta de personal jerárquico era reducida (en ocasiones se daba inclusive el caso que una planta del personal de una municipalidad, para dar un ejemplo, estuviera constituida, además del Intendente, por el Secretario, el Contado y el Tesorero Municipal, junto a un grupo reducido de auxiliares) mientras que el cargo de concejal era ad honorem.
Una situación similar se daba a nivel provincial (con oficinas públicas despobladas), lo que no quitaba que existieras acomodos, con la característica de que se producía por lo general su cese con el triunfo de candidatos de color distinto al del gobierno que concluía su mandato. Esa situación cambió, al introducirse en la Constitución Nacional el artículo 14 bis, el cual dio estabilidad en el cargo a los empleados públicos.
Se trataba de una norma razonable, que buscaba evitar se transformara la administración pública en un botín electoral. Una regla que sólo se cumplió parcialmente, ya que en más de una ocasión se la elude con “contratos de trabajo” y concursos amañados, de manera que utilizando esos artilugios, casi invariablemente venía a resultar beneficiado el caballo del comisario.
El reparo, frecuente frente a esa regla valiosa, radicaba y radica, en el hecho que cada cambio en el gobierno, por el triunfo de un nuevo oficialismo, llevaba a que a los empleados con estabilidad, cuyo cese estaba constitucionalmente impedido, se sumaba un lote nuevo de empleados con el que la nueva administración buscaba cumplir con sus promesas pre electorales. De esa manera se ha terminado con el personal -en lo que respecta a su filiación política- quede conformado como una suerte de conglomerado de capas geológicas.
A ello se añadió, que a la hora de crear cargos y efectuar designaciones, no se trata tan sólo de atender a las necesidades de desocupados que se conformaban con las remuneraciones mínimas, sino que se asistió, y asiste, a las pretensiones de quienes aspiran a ocupar y ocupan cargos de mayor jerarquía, lo que trae aparejado un nivel mayor en ellas.
En un país que no crece la situación descripta se seguirá agravando
A su vez Cabot en la nota que hasta aquí venimos glosando, trae a colación algunas consideraciones del economista Nicolás Gadano, quien trabajó en el Estado y es un estudioso de sus estructuras. El que nos dice que es natural que el Estado tenga que cambiar para atender nuevos desafíos, nuevas necesidades, como por ejemplo temas de medio ambiente, o cuestiones de género. Pero que el Estado tenga objetivos nuevos no significa que tenga que descuidar su eficiencia y su productividad. La solución no es crear un programa tras otro y que el Estado se agrande indefinidamente y que la productividad sea cada vez más baja. Si queremos un Estado fuerte, tiene que tener la capacidad, la flexibilidad y la eficiencia como para incorporar demandas y necesidades nuevas en una estructura que siga siendo razonable y que no sea una carga creciente para la economía y para la gente.
De donde a las atinadas consideraciones precedentes se las debe considerar incompletas. Ya que no habrá remedio para la situación descrita, y otra aún más grave como la que se busca paliar con planes sociales, mientras en nuestro país no crezca la inversión productiva, y de nuestros establecimientos educativos no salgan graduados bien formados, dispuestos a trabajar.