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¿La caridad genera distancia? Una invitación a repensar qué significa ayudar

Una reciente entrevista a Daniel Cerezo publicada por LA NACION (el 7 de septiembre de 2026) me dejó pensando. Con Daniel tuve oportunidad de trabajar en un proceso de consultoría y conozco el valor de su compromiso con la transformación social. Por eso me interesó especialmente una de las afirmaciones que atraviesan aquella conversación: la caridad partiría de mirar al otro desde aquello que le falta y establecería, de ese modo, una distancia entre quien tiene algo para dar y quien necesita recibirlo.

 

La provocación merece ser tomada en serio.

 

Por Federico Gauna (*)

 

Porque detrás de ella aparece una pregunta mucho más profunda que una discusión terminológica: ¿desde qué lugar miramos al otro cuando pretendemos ayudarlo?

 

Comparto plenamente la preocupación por una ayuda que pueda convertirse en paternalismo.

 

Existe una manera de aproximarse a las personas vulnerables que las identifica fundamentalmente con sus carencias. Son “los pobres”, “los necesitados”, “los beneficiarios”.

 

Quien ayuda posee recursos, conocimientos o posibilidades; quien recibe parece definido por aquello que no tiene.

 

Cuando esa lógica se consolida, la ayuda puede terminar reproduciendo precisamente la distancia que pretendía superar.

 

Pero cabe entonces una segunda pregunta: ¿eso es la caridad o es, precisamente, una deformación de ella?

 

La persona es siempre más grande que su necesidad Desde la tradición cristiana, la caridad no comienza cuando descubro aquello que al otro le falta. Comienza mucho antes: cuando reconozco quién es el otro.

 

No encuentro primero un pobre, un beneficiario o un destinatario. Encuentro una persona.

 

Una persona cuya dignidad no proviene de aquello que posee, produce o puede ofrecerme; una dignidad que tampoco disminuye por aquello de lo que carece.

 

Esta distinción resulta fundamental porque permite reconocer algo que una lectura excesivamente lineal podría perder: igualdad de dignidad no significa igualdad de circunstancias.

 

Dos personas pueden poseer exactamente la misma dignidad y encontrarse, sin embargo, en situaciones profundamente asimétricas.

 

Uno puede tener alimento y otro necesitarlo. Uno puede disponer de conocimientos que otro todavía no posee. Uno puede tener capital, relaciones, educación o capacidad de decisión que otro no tiene.

 

La fraternidad no requiere negar esas diferencias.

 

Exige impedir que las diferencias circunstanciales se conviertan en categorías antropológicas.

 

El problema no es que hoy uno pueda ayudar y otro necesite ayuda. El problema aparece cuando concluimos que uno es el que ayuda y el otro es el ayudado, como si esas posiciones definieran permanentemente quién es cada uno.

 

¿Dar o compartir?

 

 

Aquí aparece otra cuestión sugerente.

 

Podemos contraponer “dar” y “compartir”: dar parecería vertical; compartir, horizontal.

 

Pero quizá la realidad humana sea más compleja.

 

Dar no implica necesariamente colocarse por encima del otro.

 

 

Una madre da. Un amigo da. Un voluntario entrega tiempo. Un maestro comparte conocimiento.

 

Una comunidad ofrece abrigo. Alguien que tiene alimento puede darlo a quien hoy no lo tiene.

 

Y quien recibe alimento puede, simultáneamente, ofrecer una experiencia, una capacidad, una amistad, una mirada sobre la vida o una pertenencia comunitaria que quien entregó aquel alimento no poseía.

 

Tal vez, entonces, el contrario de compartir no sea dar. El contrario de compartir sea apropiarse.

 

Y el problema del don no sea su existencia, sino utilizarlo para establecer poder, dependencia o superioridad.

 

La tradición cristiana incorpora aquí una categoría particularmente fecunda: la gratuidad. El ser humano no es solamente productor, consumidor, beneficiario o proveedor. Es también alguien capaz de recibir y de darse.

 

Antes de preguntarnos qué podemos dar, incluso podríamos reconocer cuánto hemos recibido.

 

Desde esa conciencia, el don deja de ser la concesión magnánima del poderoso y puede convertirse en circulación: recibimos, damos, volvemos a recibir. Nadie posee definitivamente el lugar del donante ni el del receptor.

 

Caridad y justicia: una tensión imprescindible

 

 

Hay todavía otra dimensión.

 

Supongamos que encontramos a una persona con hambre.

 

Reconocer sus capacidades, escucharla, respetar su autonomía y tratarla como igual resulta imprescindible. Pero nada de eso vuelve menos real su hambre.

 

Hay un momento en que hay que darle de comer.

 

La parábola del Buen Samaritano resulta extraordinariamente concreta precisamente por eso.

 

El samaritano no realiza primero una teoría acerca de las capacidades del hombre herido. Se aproxima, cura sus heridas, lo carga, lo lleva a un lugar seguro y se hace responsable de su cuidado.

 

Pero la tradición social cristiana tampoco permite detenernos allí.

 

La caridad y la justicia no son alternativas.

 

Si una persona necesita sistemáticamente aquello que otra debe darle, la pregunta ya no puede ser solamente cómo ayudarla mejor. También necesitamos preguntarnos qué condiciones sociales, económicas, políticas u organizacionales producen y reproducen esa situación.

 

La caridad auténtica atiende la herida, pero también pregunta por el camino en el que siguen quedando hombres heridos.

 

Por eso resulta insuficiente la alternativa entre asistencia y transformación estructural.

 

Necesitamos ambas.

 

Hay sufrimientos que requieren una respuesta inmediata y estructuras que necesitan ser transformadas para que aquella respuesta no tenga que repetirse indefinidamente.

 

De “hacer para” a “hacer con”

 

 

En este punto encuentro una coincidencia particularmente fecunda con la mirada que propone Daniel Cerezo: las comunidades vulnerables no son recipientes vacíos esperando aquello que otros sectores tienen para ofrecerles.

 

Hay conocimiento, creatividad, vínculos, resiliencia, cultura, capacidades y formas de organización comunitaria que muchas empresas, gobiernos y organizaciones necesitan aprender a reconocer.

 

El cambio de perspectiva es enorme.

 

Ya no se trata solamente de preguntarnos: ¿Qué podemos hacer por ellos?

 

La pregunta comienza a ser: ¿Qué podemos hacer juntos?

 

Pero incluso aquí agregaría otra dimensión. “Hacer con” no significa que todos debamos hacer lo mismo ni que desaparezcan las responsabilidades diferenciadas. Una organización social, un empresario, un funcionario público, un profesional y una comunidad territorial poseen recursos, responsabilidades y capacidades diferentes.

 

La horizontalidad en dignidad puede convivir con la diversidad de funciones.

 

El desafío consiste en evitar que esa diversidad se transforme en dominación.

 

Cuando la caridad se organiza

 

 

Esta reflexión fue precisamente una de las preguntas que dio origen a mi trabajo Organizar la caridad: fundamentos teológicos y propuestas para una gestión con alma. ¿Qué ocurre cuando dejamos de considerar la caridad solamente como motivación para ayudar y comenzamos a preguntarnos si también puede orientar la manera de organizar, liderar, decidir, comunicar, administrar recursos y evaluar resultados?

 

Entonces la caridad deja de ser solamente aquello que una organización hace hacia afuera.

 

También interroga su interior. ¿Cómo ejercemos la autoridad? ¿Cómo cuidamos a quienes cuidan? ¿Cómo distribuimos los recursos? ¿Cómo escuchamos a quienes son destinatarios de nuestra acción? ¿Cómo rendimos cuentas? ¿Cómo resolvemos los conflictos? ¿Cómo evaluamos nuestros resultados? ¿Nuestras estructuras expresan la dignidad, la participación y la fraternidad que proclamamos en nuestra misión?

 

La profesionalización resulta indispensable. Las organizaciones necesitan estrategia, procesos, presupuestos, indicadores, gobernanza, liderazgo y evaluación.

 

Pero la técnica no puede responder por sí sola una pregunta anterior: ¿para qué y para quién gestionamos?

 

La caridad puede aportar precisamente ese horizonte. No para reemplazar la gestión, sino para humanizarla.

 

No para disminuir la profesionalidad, sino para preguntarle a qué finalidad sirve.

 

Quizá no haya que abandonar la caridad

 

 

Por eso, frente a la provocación inicial, me atrevería a formular una conclusión diferente.

 

Quizá no necesitemos abandonar la palabra caridad porque alguna vez haya sido confundida con paternalismo, limosna ocasional o superioridad moral.

 

Quizá necesitemos recuperar toda su profundidad.

 

Una caridad que no mira al otro desde aquello que le falta, sino desde aquello que es.

 

Que puede reconocer una necesidad sin reducir a la persona a esa necesidad.

 

Que sabe dar y sabe recibir.

 

Que atiende la urgencia y reclama justicia.

 

Que reconoce capacidades y construye autonomía.

 

Que transforma relaciones y también estructuras.

 

Que sustituye el “hacer para” por el “hacer con”, sin negar las responsabilidades diferentes que cada actor tiene.

 

Y que comprende que la fraternidad no consiste en que ninguno necesite jamás del otro, sino precisamente en reconocer que todos, en distintos momentos y de diferentes maneras, nos necesitamos.

 

Quizá entonces la verdadera caridad no sea aquello que abre una brecha entre quien ayuda y quien es ayudado.

 

Puede ser exactamente lo contrario: el movimiento que nos permite atravesar esa brecha sin negar que existe, encontrarnos como iguales en dignidad y comenzar, desde allí, a construir juntos.

 

(*) Consultor en gestión y fortalecimiento institucional.

Diplomado en Ciencia de la Caridad (UCA). Especializando en Dirección de Organismos Públicos (UCC).

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