Es una suerte que según la regla gramatical sea de esa manera, porque en ese caso la manera descomedida con la que el Presidente “se deshizo” de su ministro Kulfas –menos mal que era un “amigo de la vida”- hubiera resultado un maltrato por partida doble. Es que cabe recordar, sostienen buena parte de los gramáticos, que la “H” es una de las letras más maltratadas del abecedario, debido a su condición de muda; circunstancia que para unos cuantos puede causar confusión.
No hay que olvidar hubo un escritor español que alguna vez estuvo de moda por su humorismo que lindaba con lo absurdo, lo inverosímil e ilógico –cabe mencionar algunas de sus obras como “Espérame en Siberia, vida mía” o “Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? - que vienen al caso recordar para fundamentar este aserto. Cual es, lo repetimos, si se lo hubiera “hechado” a Kulfas, éste hubiera sufrido no un doble, sino un triple maltrato. Es que Jardiel Poncela– de él se trata - escribió con un humor vanguardista, también una novela titulada precisamente “Amor se escribe sin hache”, en la que coloca precisamente a ese afecto, ocupando un lugar privilegiado entre los términos utilizados portadores de un valor encomiable, ya que en esos casos invariablemente ser el primer sonido que se escucha al pronunciarlo es una “a”. Ignoramos si lo afirmado por el nombrado es un verdadero axioma del que nuestro caso sería una excepción, ya que la palabra “e-ch-a-r”.
Aunque lo cierto es que nos causa una enojosa molestia ver –tal cual nos ocurrió en ocasiones anteriores- en el transcurso de la actual administración, leer en los grandes diarios capitalinos, en letras de molde tipo catástrofe impresas en la primera plana, que “Fernández echó a Kulfaz”. No porque este último nos provoque una especial simpatía – tampoco nos sucede lo contrario-, ni por el hecho que se diera la curiosa circunstancia que al momento de “echar-lo” el Presidente los hace con uno de sus amigos más amigos, mientras se da el caso que los fieles seguidores de la vicepresidenta que están en altos cargos de la actual administración, se los ve mostrar la condición de intocables. La explicación de esa incomodidad enojosa, reside en el hecho que el empleo de la palabra “echar” en ese preciso contexto, nos resulta intolerable por lo humillante y hasta vejatoria; al mismo tiempo que quién lo hace, viene de esa manera a dar una muestra de malos modales.
Porque un presidente no “echa” a un ministro, sino que le pide la “renuncia a su cargo”, y al aceptarla ha sido siempre un “clásico”, el que en el decreto pertinente se le agradezca al renunciante “por su patriótico e importante desempeño en el ejercicio de su cargo”. Porque entre los sinónimos de echar, que son por otra parte muchos, es imposible entresacar palabras que resulten al menos neutras. Es que no lo son, ni “tirar”, ni “expulsar”, ni “derribar” y ni siquiera “despedir”; aunque se debe reconocer que, por el contrario, asume un carácter de nostalgia cuando hacemos referencia al “echar de menos”. Cabría incluso señalar que la utilización de la palabra “echar” lleva por lo general un sustrato; es decir, que viene a encubrir lo que queda sin decir. Porque la más circunspecta de la adjetivación tácita del “echar”, es que no se lo hizo en forma “comedida”. Y en cambio se cae en la grosería, algo tan habitual en estos días, cuando se piensa y no se dice que “echar a alguien” es como “sacarlo a empujones”, o utilizando expresiones tales como “lo hicieron salir como rata por tirante, cuando no “con la cola entre las piernas”.
Todas maneras de decir, o al menos de pensar, que muestran una falta de educación, traducida en malos modales. Y con sus consecuencias malsanas, en lo que a una respetuosa convivencia respecta; una circunstancia que nos lleva tanto a insistir en destacar la importancia de las buenas maneras. Una cuestión de tanta importancia que se da inclusive la existencia de algún sociólogo que afirma que, “el proceso civilizatorio”, cuando menos, siempre inconcluso – sin tener en cuenta preocupantes retrocesos- pasa, no por los avances de la ciencia y de la técnica, sino por los progresos que alcancemos en materia de buenas maneras. No podemos dejar de preguntarnos antes de concluir con esta larga parrafada, si alguien puede darnos una explicación comprensible de por qué se lo echó a Kulfas del gobierno. O por qué Kulfas “se hizo echar”, que es otra posibilidad. Ya que todo es muy confuso, sobre todo tratándose de quiénes participan en este ciclo, no recién comenzado, de las licitaciones de la obra pública.