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Crisis política en Perú: conflicto de intereses, corrupción y vacío de poder

El día de ayer, el Congreso nombró a Francisco Sagasti como Presidente interino de la República del Perú. El tercer presidente en siete días. El cuarto en cuatro años ¿Qué es lo esperado en una situación estable? Uno en cinco años, sin posibilidad de reelegir. En medio de todo esto, disturbios en la calle con represión incluida y una severa crisis económica agravada por la pandemia y las largas cuarentenas.

 

¿Qué ocurre realmente en Perú? ¿Y por qué? El veloz pasamanos del mando presidencial lleva a uno a recordar inmediatamente lo ocurrido aquí en Argentina entre diciembre de 2001 y enero de 2002, cuando hubo cinco presidentes en once días. Como en toda crisis política, hay que comprender el sistema de partidos, saber cuáles son los antecedentes y analizar los múltiples intereses de quienes desean tomar el control de la situación.

 

Desarticulación de las organizaciones terroristas de corte marxista-leninista o maoísta, como Sendero Luminoso o el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, medidas afines al Consenso de Washington, extrema corrupción con Montesinos a la cabeza, gestión autoritaria (llegó a desmantelar el Congreso), maniobras para perpetuarse en el poder y otras polémicas, como la esterilización de mujeres indígenas. Eso fue el gobierno de Fujimori, que duró aproximadamente 10 años, desde 1990 hasta el 2000. Sería, además, el punto de partida para un nuevo sistema de partidos frágil, que acompañaba al crecimiento económico del país.

 

El legado, a nivel político, es lo que se refleja hoy con todo lo que se está viviendo en Perú. Los partidos tradicionales, si se les quiere decir así, como lo pueden ser el APRA o Acción Popular (AP), cambian de nombre y de aliados, no predominan y son solo algunos de los que transitan en el espectro político. Al momento de observar las elecciones, las coaliciones cambiantes, la creación, desaparición y renovación de partidos políticos y candidatos, es posible deducir que no hay tal cosa como un sistema de partidos políticos en Perú. Más interesante todavía, se podría decir que ni siquiera hay partidos políticos presidenciables (salvo excepciones), sino más bien plataformas que se arman para afrontar una elección.

 

La política peruana, al no tener estructura ni puntos de referencia dentro del sistema que permitan saber que se vota o cómo gobernaría realmente cada uno, tiene todo para ser un caos. No solo hay vaivenes extraordinarios y alianzas poco estables para las elecciones presidenciales. El Congreso, unicameral por cierto, también está fragmentado. No hay reelección, hay muchos independientes y outsiders, la manera en la que se los elige es de índole excesivamente personalista y la agenda de cada uno prima por sobre el interés general. Además, exceden las identidades negativas, es decir “lo que no somos”, que buscan mostrarse, sobre todo, como el opuesto al fujimorismo y arremeten contra toda figura política importante. Esto último lo explicaba Patricio Navia en su artículo publicado por Americas Quarterly.

 

Un Congreso fragmentado y atomizado, como bien describía Navia, y presidentes sin una estructura partidaria o una coalición estable que los respalde detrás. Bien o mal, esto es Perú a nivel político nacional. Desde 2001 hasta 2016 no había habido problemas a gran escala. Toledo, Alan García y Ollanta Humala completaron sus mandatos y, de manera milagrosa, parecía que la política funcionaba a la par de una típica economía capitalista del tercer mundo.

 

A Humala lo sucedería Pedro Pablo Kuczynski (PPK), y allí arrancarían los problemas. Todos los presidentes peruanos, desde Fujimori hasta la actualidad, enfrentan o enfrentaron cargos por corrupción. Algunos se vieron forzados a renunciar antes de que los destituyesen por estos motivos, como fue el de PPK en 2018 o Fujimori en 2000. Otros, como Toledo, que está prófugo en los Estados Unidos por la Causa Odebrecht, o Alan García, que mientras era investigado se suicidó, se vieron más comprometidos una vez que habían dejado la presidencia.

 

PPK, que había participado en anteriores gobiernos y que se había postulado con diferentes alianzas del tipo que describimos, ganó en 2016, pero al poco tiempo empezó a estar en la mira de la Justicia y del Congreso. Luego de una serie de eventos polémicos, como el indulto a Fujimori y negociaciones poco legítimas para evitar el proceso de vacancia presidencial (algo similar a una moción de censura en un sistema parlamentarista), renuncia en 2018 ¿Quién asume? Vizcarra, su vicepresidente.

 

Vizcarra correría una suerte parecida a PPK. En 2019, intentó renovar el Congreso luego de disolverlo (una facultad que tiene a su alcance el Presidente), pero de nada sirvió, ya que la naturaleza de los proto-partidos y de los funcionarios electos en dicha renovación no cambió. Se enfrentó, entonces, a dos intentos de proceso de vacancia presidencial por causas de corrupción, que, como dijimos, es muy parecido a una moción de censura y no tanto a un juicio político, porque es mucho más fácil de proceder para el Congreso. El segundo, finalizado el 9 de noviembre, tuvo éxito.

 

El mensaje, a fin de cuentas, es el siguiente: ni las irregularidades de los que ocupan el Poder Ejecutivo, ni la falta de liderazgo de estos, ni el voraz Poder Legislativo, cooptado por la vieja guardia política y por intereses plenamente personales, colaboran para que haya estabilidad.

 

Ahora bien, lo ocurrido durante esta última semana es más que interesante. El Congreso, que parece haberle encontrado algo de gracia a la destitución de los presidentes, estuvo en la mira de todos los analistas y de la gente que salió a protestar. Sobre todo los que apoyan a Vizcarra. A él lo sucedería Merino, quien era Presidente del Congreso y miembro de Acción Popular, uno de los partidos que impulsó el impeachment. Ni él ni su gabinete funcionaron. La gente no aceptó, por H o por B, la jugada política que el Congreso asestó contra Vizcarra. El Congreso, los miembros del Consejo Ejecutivo del Congreso y del gabinete de Merino cedieron y se dieron cuenta de que no era posible sostener la nueva fórmula.

 

Cinco días después, con un saldo de cientos de heridos y dos muertos, renuncia Merino. Un día más tarde, asume Fernando Sagasti, congresista del Partido Morado ¿Por qué el Partido Morado? Los expertos y aquellos analistas que siguen el caso peruano coincidieron en la explicación. El Partido Morado apenas tiene 9 de 130 escaños en el Congreso. Es recién el séptimo partido con más representantes y apenas tiene tres años de existencia. Aún así, era evidente que tendría a su representante en un gobierno de transición. Es un partido que tiene el visto bueno de los mercados financieros, el partido que más se opuso a la vacancia presidencial de Vizcarra, es de centro, tecnocrático y no es populista, a diferencia de otros. En síntesis, y sabiendo que es necesario llegar de manera ordenada a las elecciones del año que viene, el Partido Morado era la opción centrista que convencía, en mayor o menor medida, a todos.

 

En el medio se intentó una fórmula que incluía al Partido Morado pero que sería encabezada por Rocío Silva-Santisteban, del Frente Amplio. No tuvo éxito porque no consiguió el apoyo suficiente (50%+1), por lo que se probó con una nueva opción comandada por Sagasti. Portavoz parlamentario del Partido Morado, experiencia profesional y política, historial limpio de causas de corrupción y sin tanto capital político como para enfrentar al Congreso o catapultarse como candidato favorito, Sagasti terminó siendo el elegido por los legisladores.

 

¿Qué le sigue a Perú? Curar el vacío de poder y la inestabilidad, dos tareas delicadas. Mientras la Corte Constitucional define si la destitución de Vizcarra, quien tiene intenciones de volver, es legal o no, el país y los políticos deben afrontar esas tareas. La crisis política no cesará , a no ser que el sistema de partidos y alianzas cambie de naturaleza, se vuelva más predecible y logre que quienes ocupen escaños o la presidencia sean responsables en vez de ser lobbistas desenfrenados. Por otro lado, y más aún luego de la brutal represión frente a las manifestaciones, hará falta una transición pacífica de cara a las próximas elecciones, sabiendo que la gente está desencantada con sus representantes y sus jugadas. Por último, se espera que con Sagasti, la audacia de los actores y una pizca de suerte, Perú, que es uno de los países que más sufrió este 2020 y el COVID-19, pueda recuperarse de a poco.

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