Desde que a mediados de 2024 fuera aprobado el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), 42 proyectos se presentaron para acogerse a sus beneficios. Los 21 proyectos aprobados hasta el momento suman compromisos de inversión por casi US$ 47 mil millones.
La mayor parte de estos proyectos se concentran en los sectores de minería, energía e infraestructura para el sector energético. Hay apenas un par en logística (uno de transporte ferroviario y otro de una terminal portuaria) y otro industrial (una planta siderúrgica), que suman en conjunto unos US$ 800 millones, menos de 2% del total comprometido. La novedad parecería ser una próxima presentación del proyecto Atlas Gigahub, que busca construir el mayor centro de procesamiento de datos de Sudamérica.
Que el RIGI fomente proyectos de inversión en los sectores en los que Argentina tiene ventajas competitivas parece no sólo muy razonable, sino, sobre todo, muy consecuente con el espíritu del plan de desarrollo de la administración Mieli. En ese espíritu quedó claro, desde el comienzo del mandato, el deseo de que el capital dejara de fluir hacia los sectores necesitados de protección arancelaria o de subsidios para subsistir, paradójicamente muy deficitarios en el comercio exterior por su necesidad de importar insumos para la producción, y comenzara a fluir hacia los sectores capaces de salir a competir con el mundo con sus exportaciones. El objetivo de fondo era revertir el déficit secular de la balanza de cuenta corriente; dicho en criollo: terminar con la “restricción externa”. Solo con la terquedad de la ideología se puede estar en desacuerdo con este plan de desarrollo.
El éxito del RIGI animó al Gobierno a buscar un nuevo esquema, el Súper-RIGI, para atraer capitales hacia sectores nuevos, en los cuales Argentina no tiene desarrollo alguno. En especial, centros de datos destinados al uso por parte de modelos de inteligencia artificial. ¿Es conveniente? ¿Genera ingresos en dólares que vienen al país, empleos permanentes, que excedan el período de construcción, ingresos fiscales significativos? Es un régimen quizás demasiado generoso para un tipo de sectores económicos que no está claro que genere beneficios que compensen los beneficios que se le otorgan.
Argentina no tiene una historia, sino un prontuario de decepciones para los inversores. Por eso, ofrecer reglas ventajosas, que parezcan inamovibles, es una buena manera de atraer inversiones hacia sectores en los que tenemos ventajas competitivas indiscutibles.
Sin embargo, algunos de los proyectos admitidos al régimen no parecían necesitados de los beneficios para ser llevados a cabo. Explotar una concesión de hidrocarburos, por ejemplo, era algo que ya venía ocurriendo desde mucho antes de que el RIGI fuera siquiera un sueño. ¿A cuento de qué se le otorgan beneficios a las expansiones?
Esta es la parte más controversial del RIGI – y lo será más de aprobarse el Súper-RIGI. Las empresas se aprovechan de la necesidad de atraer dólares y de dar buenas noticias que tiene el Gobierno para presentar sus proyectos. Casi todos los proyectos comenzarán a generar exportaciones recién después de 2028, cuando el mandato de Milei haya concluido. El Gobierno lo sabe, pero igual los admite; ¿por amor a la patria o por conveniencia política? El RIGI podría ser un mecanismo útil no sólo para el altruista objetivo de atraer inversiones para el desarrollo, sino también para el más mezquino fin de acumular votos en el Congreso, si las aprobaciones de proyectos por provincia se usan como herramienta de negociación con los gobernadores. En Argentina, todo es posible.