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Galileo, Castro, Boudou y CFK
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Galileo, Castro, Boudou y CFK
Un mundo en estado fluido

Viendo una serie televisiva, me topé con un personaje al que apodaban el resbaloso. Resbaloso y no escurridizo; que son expresiones que parecen decir lo mismo, ya que aluden a personalidades diferentes en lo que a su catadura moral se refiere.

Por Rocinante

A la vez, un sociólogo nacido polaco y fallecido nacionalizado inglés, apellidado Baum, vino a descubrir que vivimos en un mundo social, que a diferencia de los que ya son historia pasada, y que eran pétreos, en cuanto se refería a valores, reglas y movilidad, social, o usos y costumbres, atento a su rigidez estructural y la personalidad de sus miembros; se trata de uno en el que su liquidez se ha vuelto omnipresente, con la sola excepción de los recursos monetarios.

Así, aparte de un mundo líquido, se ha vuelto líquida la moral, el amor y los valores, al mismo tiempo que un número infinito de relaciones sociales. Que ello sea o no consecuencia de que al parecer todo, o casi todo haya ido siendo ganado por el relativismo (acaso no llega a provocar cansancio, escuchar habla de mi verdad, la mía; cuando la verdad, a pesar de lo difícil que es el encontrarla, no puede ser sino una sola…) es algo que prefiero, en la ocasión, no ocuparme.

En tanto para mí coleto, tengo la impresión de que el mundo se ha tornado fluido, apelando a las acepciones más enojosas que se puede dar a esta palabra. Ello es, teniendo en cuenta que, como adjetivo, el diccionario la define como la característica de algo que es de consistencia blanda, como el agua o el aceite, y fluye, corre o se adapta con facilidad. Y, que, a la vez, como nombre masculino es lo que se entiende como sustancia material cuyas partículas presentan una gran movilidad y se desplazan libremente debido a la poca cohesión existente entre ellas.

Y a no dudarlo, mucho de esto hay, ya que basta mirar a nuestro entorno…
Mirando ese mundo no como alguien que flota, sino que planea
Estando como están las cosas, tan enrevesadas, y tratando de mantenerme firme en mi sana intención de no descender a la arena del circo, como manera de no aumentar la cantidad de rispideces y malas venturas, que de por sí son harto suficientes para hacer nuestra atmósfera explosiva, era (y sigue siendo) mi intención al atender a la cuestión de la justicia, menos como mecanismo institucional concreto, que hacerlo desde una altura que vuelve las cosas más difusas. De ese modo, es natural que haya partido de tratar de entender al mundo como algo fluido.

Mis lectores es por eso que comprenderán el esfuerzo que he hecho para no abandonar esa tesitura, al enterarme mientras escribo estas palabras de una nota que da cuenta que, a diferencia de Amado Boudou, su ex socio José María Núñez Carmona seguirá en la cárcel cumpliendo su pena. Ello por serle denegado su pedido del beneficio de prisión domiciliaria invocando la actual epidemia, por el mismo juez que le había otorgado ese beneficio a Amado Boudou; por considerar que sus casos son similares pero no iguales. Algo que me lleva a suponer que la diferencia está en que en un caso se trataba de Boudou y en este otro, de apenas un Núñez Carmona.

Espero que a partir de ahora comprenderán mejor mi inclinación por contentarme a seguir en mi planeador.
Seis grandes juicios de la historia que no terminaron como creíamos, y en los que está presente a la vez, el error, la codicia, y lisa y llanamente evitar hacer justicia
Y que en ese planear me detenga a resumir, ya que a algo hay que prestar atención mientras se planea, a una nota impecable, de una historiadora española, acerca de ese tema. Con la salvedad de que en realidad me ocuparé de cinco de ellos, porque refiriéndose el sexto al juicio a Jesús, me pareció inapropiado incluirlo en la presente.

El primero de ellos es el juicio a Galileo Galilei. Según una encuesta de la Unión Europea, el 97% de los estudiantes universitarios piensan que Galileo fue torturado y el 30% que murió en la hoguera por sostener que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés, como mantenía la Iglesia del siglo XVII. Sin embargo, el astrónomo terminó sus días en su lujosa Villa Medici, donde cumplió un cómodo arresto domiciliario. Como se ve, ya en esas épocas el retractarse daba esas ventajas.

El segundo es el de la condena a muerte a Mata Hari, la que es considerada por esa autora como una condena con pocas evidencias. No son muchos los que en la actualidad han oído hablar de ella, pero en su momento fue una famosa bailarina, cortesana y espía neerlandesa, que con sus actuaciones con danzas brahmánicas y orientales triunfó en Europa. Documentos revelados con motivo del centenario de su muerte el año pasado sugieren que fue una estratagema germana la que situó a Mata-Hari, espía holandesa al servicio de los aliados en la Gran Guerra, frente al pelotón de fusilamiento. Desconfiando de sus servicios, los alemanes a los que servía enviaron un telegrama interno sabiendo que iba a ser interceptado por los servicios secretos franceses. La doble espía fue acusada de proporcionar información al enemigo y de causar la muerte de miles de soldados franceses, algo que no sería verdad. Como se ve eso de los juicios armados, no es cosa nueva. Ni tampoco el que se afirme que lo son cuando no es así, como argumento defensivo frente a una imputación.

No es extraño, y ese el tercero de los juicios que se relatan en la nota a que me viene ocupando, que se lleven animales en el banquillo. Tal como si ahora, se nos ocurriera llevarlo a juicio al coronavirus. Según se señala, el caso más pintoresco de animales, los que fueron acusados ante un tribunal y se abrió juicio en su contra, ocurrió en la localidad francesa de Autun, en 1552. Las ratas de la zona fueron acusadas de diezmar los campos de cebada. Tras comprobar los indicios de delito, fueron citadas a juicio y, como era de prever, no se presentaron a la cita. Bartolomée Chassenée, abogado de oficio de la causa, denunció defecto de forma en el procedimiento por no haber sido notificada la citación adecuadamente. Argumentó que, dado que estaba en juego la inocencia o culpabilidad de todas las ratas de la comarca, no era suficiente con dictar edictos solo en la capital. Después de lo cual, dejando constancia de que cualquier parecido con la actuación del tribunal y del defensor con lo que sucede en la justicia argentina es mera coincidencia, debo decir que el juicio se suspendió indefinidamente. Como se ve, eso de patear para adelante, o de dormir expedientes, no es tampoco cosa de hoy.

El cuarto de los casos citados tiene que ver con los templarios, objeto de una injusta aniquilación. Fueron la codicia y las deudas del rey francés Felipe IV las que detonaron la caída de los templarios. La orden, que nació al amparo de las cruzadas y desbancó a los judíos de Tierra Santa, fue adquiriendo influencia y propiedades. Se convirtieron en el refugio de las riquezas de los nobles y la puerta a la que llamaron los reyes para financiar sus campañas militares. Abrumado por una deuda que no podía satisfacer, Felipe IV de Francia urdió una trama para aniquilarlos por herejes, algo que además permitía al poder civil apropiarse de sus bienes. La orden fue perseguida y aniquilada. También en este caso, lo que ha sucedido alguna vez entre nosotros, es simple coincidencia.

A la condena de Sócrates, a morir envenenado por una copa de cicuta, que es el quinto caso, la autora la define como una útil condena histórica. El filósofo ateniense fue acusado de cometer un delito religioso. El que consistía en el hecho de haber instruido a Critias, uno de los tiranos que supuestamente destruyeron la democracia, de cuestionar el sistema de elección de los políticos atenienses y de corrupción de menores. En suma, se lo llevó a juicio por ser una persona molesta, como el mismo se definía que lo era, ya que se comparaba con la avispa que había sido puesta allí para espabilar a Atenas. Ser perseguido por denunciar lo que se considera incorrecto, es también algo de lo que sabemos.
El juicio de la historia
Como habrá más de uno que estará pensando que me he pasado eludiendo el tema, yéndome por las ramas con esas historias, buscaré la forma de planear más bajo, aludiendo al juicio de la historia.

“La historia me absolverá” fueron las palabras con las que Fidel Castro, actuando como abogado en causa propia, concluyó su discurso ante el tribunal que lo juzgaba. El que después fue el título de un documento impreso, que circuló con la reconstrucción por escrito de su alegato verbal. En ese juicio, Fidel estaba incriminado por su participación principalísima en los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente, sucedidos el 26 de julio de ese mismo año. Como detalle de interés cabe agregar, que en el documento impreso aludido conteniendo su alegato, como anexo se agregó el detalle de las cinco leyes revolucionarias que deseaba implementar en la isla.

Cuales eran, el restablecimiento de la Constitución cubana de 1940; la reforma agraria; el derecho de los trabajadores industriales a recibir el 30% de los beneficios de su empresa; el derecho de los trabajadores de la industria azucarera a recibir el 55% de los beneficios generados por su empresa; y la confiscación de los bienes de aquellas personas culpables de fraude a los anteriores poderes públicos.

A mí me absolvió la historia y me va a absolver la historia. Y a ustedes, seguramente los va a condenar la historia. Esa son las palabras, que hace suyas y con las que remarca y amplia el concepto de las de Fidel Castro, con las que finalizó su alegato de defensa, en una pieza escrita cuya lectura le llevó más de tres horas, Cristina Fernández de Kirchner en el juicio oral y público ante el Tribunal Oral Federal 2, en la causa en la que se investiga si, durante su gobierno, se direccionó obra pública en favor de Lázaro Báez.

Acoto: existe una diferencia no pequeña en la frase de Fidel y la de Cristina. El primero dice que el tribunal de justicia de la historia lo absolverá. La segunda dice que ese mismo tribunal de justicia que es la historia, ya la ha absuelto y lo volverá a hacer, para (lo supongo) lo que haga de aquí en más. El argumento de Fidel, cabría admitirlo como válido, ya que la historia, considerada como relato de lo que hace a un largo tiempo transcurrido, permite ser mirada en forma retrospectiva, o sea hacia atrás. Y de esa manera, estar en condiciones de mirar los acontecimientos desde una mayor perspectiva de la que hace posible su inmediatez.

En el caso de Cristina, por decirlo de la manera más benévola posible, su percepción no es correcta desde esa perspectiva. Ni lo es tampoco partiendo de la base que “el tribunal no es la historia sino el pueblo”, ya que el mismo en realidad, y eso hasta cierto, punto puede lavar culpas, pero no absolver. Dejando de lado el hecho que al menos casi la mitad de ese pueblo, cabe suponer que no ha emitido un juicio de este tipo al respecto.

Pero la cuestión pasa por si podemos considerar a la historia como un tribunal. Y a ese respecto lo primero que se debe tener en cuenta es que según una vieja frase a la historia la escriben los vencedores. Con el agregado que ese texto no es inmutable, ya que pueden volver a escribirla los ayer vencidos, reconvertidos en los vencedores de hoy. Todo lo cual muestra las dificultades de arribar a la escritura de un texto suficientemente honesto y objetivo, que sea capaz de llevar a que los historiadores del mañana asuman el rol de verdaderos jueces.

A lo que se debe agregarse una circunstancia más, ya que la historia no atiende al hombre común dado su anonimato, sino que pone en foco a los que viene a considerarse un reclamo de los principales protagonistas, asumiendo un papel de víctima.

Y de cualquier manera, aparece como que lo que está siendo materia de juicio, no son hechos concretos y separados, como ocurre con aquellas entidades a las que damos el nombre de tribunales, sino toda una parábola existencial, de la que solo puede dar cuenta una entidad superior, a la que, si no se le quiere dar el nombre de Dios, se le debe asignar el difusamente impreciso de Trascendencia.
A modo de colofón
Pero todo lo hasta aquí dicho, en cierta manera, y aun más que eso, nos ha ubicado en el plano de las “republicas aéreas”, a las que hacía referencia Simón Bolívar. En cambio, a nosotros nos toda vivir en el mundo de las “patéticas miserabilidades”, para decirlo esta vez con una expresión propia de Hipólito Irigoyen.

Y en este mundo concreto, se debe tener en cuenta que en todo sistema de justicia se hace presente la existencia de una pirámide constituida por jueces, en cuyo vértice están los magistrados de excelencia, y de allí se va descendiendo hasta que llegamos al nivel de la base en el que la incompetencia, de la venalidad o de la ausencia de coraje cívico, se hacen presente.

De lo que se desprende que lograr la inversión de esa pirámide, es la tarea, la cuál a todos nos espera. Como se ve, hemos llegado hasta aquí, sin dar aparentemente respuesta a la pregunta inicial. La explicación de lo ocurrido, es que en realidad no la necesita. Porque de lo que estamos hablando es de lo que ya toda persona honrada y sensata conoce en su fuero más íntimo. De un sistema judicial integrado por jueces bien formados intelectualmente, de probidad y laboriosidad indudable, es la justicia de cuál estamos hablando.
Fuente: El Entre Ríos

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