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A decir verdad, trato de esquivar el gusto a la política. No porque me desentienda de los problemas -casi- sin solución de la comunidad, ni de la política en sí, lo leo todo y escucho a todos en esa materia, sino porque me siento más útil, ya que los resultados los veo más provechosos trabajando en lo que ahora se conoce como una o-ene-gé.

En tanto de los que actúan en política, valoro a los que ahora se han dado en llamar militantes, porque me suena a milicia, y milicia me suene a paramilitar. El mismo malestar que me causa escuchar hablar de los “soldados de Cristo”, no porque no sepa que en su mayoría son buena gente, pero que en este caso me suena a fanatismo y me hace acordar a las guerras de religión que ocurrían en otros tiempos y que ahora parecen estar volviendo a aparecer. Y no le echemos la culpa solo a los seguidores de Alá de ese reavivamiento porque tengo un amigo irlandés, con el que dicho sea de paso tengo una “tenida espirituosa”, no espiritual porque en ellas más que el espíritu los enloquecidos juegan el principal papel, de los años en que los católicos y protestantes de Irlanda del norte se trenzaron a los tiros y a los bombazos en lo que fue una pelea sangrienta y fratricida entre soldados de Cristo.

Lo de la militancia es otra cosa. Por lo general la compone una juventud a la que en mala hora en algún momento se la llamó “maravillosa”, y la que en general lo es.

Se trata de quienes son realmente encantadores cuando se los ve enfervorizados con sus ideales, y repartiendo boletas a troche y moche, pintando y colgando carteles sin ningún interés personal. Ya que también están aquéllos que en realidad son falsos militantes, porque están pensando, cuando simulan militar, en el acomodo que pueden lograr como precio por su militancia.

He mencionado los carteles. Y ocurre que en ellos encuentran una tarea que demuestra hasta donde es férreamente invencible su militancia, ahora que las PASO han quedado atrás. Reconozco que es una forma de militar que no suena a grata, pero es una verdadera prueba.

Se trata de verlos rápidamente retirar los carteles de los precandidatos que han resultado perdidosos en esos comicios, para muchos un mero trámite que tiene un poco de ensayo y otro de encuesta. Comprendo que es una tarea poco grata, porque tiene sabe sabor a ilusión perdida. Y que inclusive puede molestar a algún precandidato perdidoso que de esa manera ve como desaparee su nombre de todo el espacio público, algo que puede lastimar su ego, y hasta asociarlo a las campañas que suenan a muerto, sin darse cuenta que en materia política siempre queda viva la esperanza de la resurrección, a la vez que no hay cosa peor que ver el nombre de uno en un cartel deshilachado y sucio al que el viento hace flamear.
Fuente: El Entre Ríos (edición impresa)

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