Me golpeó fuerte la muerte del hijo del senador formoseño. Y por supuesto la de su mamá. No por ignorar que la gente se muere. Y que al final todos terminaremos muertos. Sino por solo pensar que se pueda morir así cobijado por los muros de la propia casa. Que tenemos por el lugar más seguro del mundo. Y para terminar de esa manera. Causa estupor y conmueve.
Punto y aparte. No por aquello de dejar a los muertos que entierren a sus muertos. Ni por lo otro de que hay que desear y dejarlos descansar en paz.
Sino porque, según me dijo mi tío, muy viajado él, apenas en Nueva York empieza a caer un chaparrón sus calles se llenan de vendedores de paraguas, a los que se los ve salir de la nada como si fueran hongos. Y aquí pasa algo parecido con las recomendaciones, que de repente se las escucha en las radios o se las lee en los diarios, apuntando a la forma de usar el gas al momento de atacar el frío.
Me puse por eso a pensar, porque a veces, aunque no lo parezca, lo hago, si entre tantas cosas cada vez más inútiles que se mal enseñan y peor se aprenden habría que pensar cómo se puede hacer para que se nos eduque de manera que sepamos cuidarnos como Dios manda. Sé que es incluso más difícil de lograr que el tratar de hacerlo con tantas otras cosas que se nos enseña no del todo bien y no aprendemos o aprendemos a medias. También que cuando así se hace a veces consideramos estúpido lo que escuchamos, porque se trata de cosas que a nosotros con seguridad no nos pueden pasar. Cuando no se nos habla de cosas que no debemos hacer, que da la casualidad son las que más nos tientan.
Me voy. Una pregunta: ¿cuántas botellas de cerveza te tomaste anoche? ¿Te has puesto el casco antes de montarte a la moto? ¿O el cinturón de seguridad al subir al auto?