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Cada vez estoy más convencido de que llegará el día en que todos los bebés, aquellos que antes traían las cigüeñas, nacerán con un celular incorporado. Es que estoy pasmado al ver como cada vez son más numerosos quienes utilizan ese adminículo, que sirve para ser utilizado con un montón de destinos, entre los que se encuentra usarlo como teléfono, y dar a otros la posibilidad de que les sea robado.

No es que me desentienda de su utilidad, pero la verdad es que estoy harto de ver en cualquier comedero a señores paquetes y que se supone educados, sentados alrededor de una mesa y a la espera de que llegue la comida que han pedido, quienes en lugar de entablar entre ellos una conversación amena, dan la impresión de que están solos, enfrascados como se los ve atrapados por la pantalla de su apreciado aparatito.

Ni hablar de lo que pasa con los chicos, todo el día con su celular dale que dale, no buscando aprender algo nuevo de esa enorme información que se puede conseguir empleándolo como se debe, sino casi comiéndolo con los ojos, mientras no dejan de mover con rapidez, digna de mejor causa, los dedos en el teclado, incansablemente entretenidos en una infinita gama de jueguitos.

He podido escuchar que una agrupación que se ocupa de luchar por la vida de quienes circulan en la ruta, que en el caso que un conductor tome el celular para utilizarlo como teléfono, con solo tocar el primer botoncito de teclado la marcha de su vehículo asciende una velocidad superior a los cien kilómetros, por lo que viene a ser lo mismo que avanzar cien metros a ciegas.

En tanto, no creo que sea cierto algo que escuché de boca de un amigo, el que un día que había ido a misa vio a una persona encaminada para recibir la comunión, que justo al momento de hacerlo escuchó sonar su celular y dejó al sacerdote esperando con la hostia consagrada en alto, mientras atendía a una llamada que por casualidad estaba recibiendo.

No lo creí, como digo, pero pensé que si fuera cierto sería una forma más de aprovecharse de la paciencia infinita de Dios del que tantitas veces y de manera diferentes parecemos olvidarlo y dejando esperando…

De toda forma, no pude menos que sonreír a pesar de lo que me cuesta hacerlo, cuando vi en la pantalla del celular multipropósito con el que se pavonea mi tío, la imagen de una mini manifestación en la que se observa un burdo cartel con la leyenda garabateada que decía que “las dos terceras partes de las sucesivas esposas de Trump fueron inmigrantes, probando una vez más que necesitamos inmigrantes que hagan los trabajos que la mayoría de los americanos no harían”.

Sonreí, y me quedé boquiabierto, con el marote dando vueltas imaginando que esa leyenda, de enterarse Trump, le sonaría como una cachetada en su sonrosada mejilla.
Fuente: El Entre Ríos (edición impresa)

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