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En una semana durante la cual casi todos los titulares estuvieron enfocados en la corrida cambiaria, que dejó perplejo al Gobierno y exasperados a los mercados, las empresas y los argentinos, fuimos testigos de una amenaza de sedición, evento mucho más grave que la suba del dólar.

El discurso del líder piquetero Juan Grabois durante una marcha y acto en el Puente Pueyrredón fue de gravísima relevancia institucional. Sin embargo, sus dichos transcurrieron en un segundo plano en los medios tradicionales y apenas si duraron algo más por los preocupados comentarios que recibieron en las redes sociales.

En lo anecdótico quedaron los dardos que el líder piquetero arrojó a la Vicepresidente, cuando le hizo saber que, “en este momento, el problema de Cristina no es nuestro problema”. Una evidente alusión a los avatares que ella enfrenta en el terreno judicial. Todo un indicio de que él también sospecha que los problemas económicos y políticos son irresolubles y que ha empezado a urdir planes para abandonar el barco del oficialismo.

Más preocupante fue la dedicatoria para el Presidente: “Te pusimos ahí para que haya menos pobreza, no para que haya más”. ¿Te pusimos? Que lo haya votado no obliga al Presidente a cumplir sólo con la agenda piquetera. El Ejecutivo se debe a toda la población, no sólo a sus votantes, y menos que menos a una minúscula facción de sus votantes.

Pero ese “te pusimos” suena a amenaza, a algo así como que si “te pusimos” también te podemos sacar.

Con benevolencia, uno podría suponer que la amenaza estaría referida a la posibilidad de no volver a votar por el mismo partido político en 2023.

Pero Grabois se ocupó de que no hubiera malentendidos; dispuesto a ir más lejos, añadió al “te pusimos” la intimidatoria referencia a que prefiere “hablar ahora y no lamentarme cuando empiecen los saqueos”. No satisfecho con tal amenaza, fue más allá, al decir que “estamos dispuestos a dejar nuestra sangre en la calle para que no siga habiendo hambre en la Argentina.”

Esta amenaza tiene todos los condimentos para constituir un delito contra la Constitución. Sorprendentemente, nadie en el Gobierno reaccionó, siquiera con enojo. Es el problema de tener gobernantes miedosos. Miedosos porque no controlan la calle, porque avanzan las causas judiciales en su contra, porque sus errores están generando consecuencias preocupantes. En síntesis, porque tiene no pueden despegarse de una actitud culposa.

Tenemos líderes que, por mucho que griten y escriban, son débiles. Ni siquiera la acumulación de votos les hace sentirse dignos. Que tienen miedo hasta el punto de haber resignado la autoridad y renunciado al legítimo uso de la fuerza del estado para defender el orden. Para defender, incluso, nuestra soberanía donde está amenazada.

Parece que cualquiera se le anima al Gobierno: Grabois, la CGT, otros piqueteros, mapuches, empresarios y ni que hablar de los mercados. Los propios y los ajenos. Temeroso de hacer cumplir la ley, de reprimir aun cuando las circunstancias lo demandan, no conoce más solución que la de abrir los bolsillos cuando se siente amenazado. Es así que se ha vuelto una víctima recurrente de chantajes, con una sumisión que cuesta no asimilar a un reconocimiento de la propia culpabilidad.

Argentina no sólo enfrenta problemas con su economía. Recomponer el orden institucional es más relevante, y un paso previo imprescindible para arreglar la economía. Sin orden, sin que cada cual haga lo que debe hacer, ninguna medida tendrá credibilidad ni chance alguna de ser impuesta a la sociedad.

Poner orden requiere de manera urgente que el dominio de la calle vuelva al estado. Que éste recupere el monopolio del uso de la fuerza, sin miedo, sin cobardías. Eso demandará dirigentes impolutos, creíbles, a los cuales no sea posible chantajear en la calle, cuya palabra sea legítima y transpire autoridad. Dirigentes capaces de ejercer la autoridad, con la vigilancia del Congreso y la Justicia. A los que no se les anime cualquiera. La convivencia pacífica entre los ciudadanos lo demanda. La integridad de nuestras fronteras también.
Fuente: El Entre Ríos

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