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Las perspectivas que, créase o no, nos abre la pandemia

La pandemia que todavía no hemos terminado de soportar nos ha permitido resignificar el concepto de catástrofe.

 

Lo adecuado para que la afirmación precedente se la entienda bien es comenzar por comprender que es una catástrofe. Algo que lleva a indicar que el Diccionario de la lengua la define como suceso desdichado en el que se produce gran destrucción y muchas desgracias con grave alteración del desarrollo normal de las cosas.

 

Por Rocinante

 

Mientras que en la actualidad los textos que estudian las emergencias la describen como una situación que afecta a la colectividad de forma global, incluidos sus sistemas de respuestas (desastre masivo); por eso, al menos en los primeros momentos, no se podrá contar con ayuda institucional, y que inclusive requerirá de ayuda externa para la asistencia.

 

Ello hace también que las catástrofes, a diferencia de las urgencias y emergencias, constituyan las situaciones que ocasionan mayor nivel de estrés colectivo al implicar a una gran cantidad de personas afectadas, así como al desborde de las infraestructuras destinadas a la asistencia.

 

Ello lleva, como también se ha dicho, a que todos aquéllos que han vivido una catástrofe natural importante, cuenten con una experiencia vital que no suele olvidarse. Esto sucede aun en los casos en que la existencia de sistemas preventivos, frecuentes en países desarrollados, minimiza los efectos del desastre; tanto en lo humano como en lo material. En los países en vías de desarrollo, tal y como hemos visto en los devastadores tifones de Bangladesh, en las últimas tres décadas con cientos de miles de muertos, o en el terremoto de Nicaragua de 1972 que produjo unos 10.000 muertos, los efectos humanos son muy severos y los daños materiales imprimen su huella durante décadas. Se trata de las típicas experiencias que se cuentan a las generaciones más jóvenes, tanto más, cuánto más raro es el hecho.

 

Es decir que las catástrofes siempre marcan, entendiendo por marcas a la huella que dejan en la memoria colectiva. Aunque se da la curiosa circunstancia que, a diferencia de lo que sucede con esos desastres calamitosos provocados por causas naturales, somos remisos en referirnos a las provocadas por el hombre (de allí que los soldados por lo general se resisten a hablar de las campañas bélicas en las que han participado), a lo que se añade, muchas veces, la dificultad de tenerlas como tales. Algo que no sé si aún no es peor.

 

Haciendo un recuento personal de los acontecimientos que tengo por tales, colocaría en un primer lugar a lo que tantos textos, comenzando por el Antiguo Testamento, describen como el diluvio universal; la invasión a Europa por Atila; el paso por Europa de la peste negra; el holocausto judío y lo que simbolizan Nagasaki e Hiroshima. Siendo a la vez consciente de que esta suerte de selección hecha por mí, es hasta cierto punto arbitraria y por ende pueda calificarse de mezquina y aun de injusta. Al mismo tiempo que no estaría demás que quien lea estas líneas, se aventure a pensar en su propia selección.

 

Al mismo tiempo, creo que habrá una suerte de unanimidad en ver en la actual pandemia, sus consecuencias y efectos ya consumados y los que desgraciadamente puede llegar a generar en el futuro en un lapso imprecisable, una catástrofe provocada por una causa biológica, la cual es de una magnitud tan horrenda como invaluable, y por ende impredecible en sus repercusiones finales; que por lo mismo que es así, viene dejando en la humanidad toda, marcas tan profundas e imborrables como la de ninguna otra catástrofe anterior conocida. Sin dejar de tener en cuenta (y esto es algo que se me ocurre en este instante) las causas que provocaron la extinción total de los dinosaurios.

 

Y, ¿por casa cómo andamos?

 

 

En este caso no entraré al repaso de catástrofes sufridas, aunque se me ocurre que en la Argentina moderna nada es comparable a la del terremoto de San Juan, acaecido en la década del 40 del siglo pasado.

 

Ello implica dejar bien en claro que, al abordar el tema insoslayable en la actualidad local, como por otra parte en el mundo todo, resulta la pandemia, me abstendré de formular juicio alguno respecto a la manera como se manejó su combate desde una perspectiva centrada en lo sanitario.

 

Ello no quita que ese abordaje sea importante, y aun más que eso, imprescindible. Sin embargo, considero que, tal cual como haré mención más acabada posteriormente, la primera exigencia a la que deberíamos procurar de aquí en más (sin que ello signifique que se considere a lo pasado, pisado) es no mezclar a la política con el combate contra la pandemia. Manera de comportarse que, con lo que a la vista está, ha concluido por ensuciar a ambas.

 

De allí que llegará el momento, que no es precisamente éste, en que se debería conformar un grupo de especialistas, de honestidad probada, y de reconocida sapiencia en este tipo de temas, con el cometido de establecer qué es lo que se hizo mal y qué es lo que pudo haberse hecho mejor en el transcurso de la pelea. No con el objetivo de encontrar chivos expiatorios, sino de contar con directivas acerca de la manera de gestionar de la forma más conveniente posible, situaciones de este tipo que se planteen en el futuro.

 

Diez, cien, mil, diez mil, noventa mil, cien mil y… la cuenta no ha terminado todavía

 

 

Cabría al respecto comenzar por hacer referencia a ese empeño anormal nuestro a esa numerología de perfiles no solo simbólicos sino también esotéricos, que nos lleva a considerar que en el caso de circunstancias desgraciadas de carácter colectivo, las víctimas mortales por todos nosotros sufridas (de nuevo por todos nosotros sufridas, porque los muertos son de todos, ya que la muerte debería servir siempre más para unir, que para separar) quedan puestas de manifiesto por una realidad en la que ellos se harían presentes en números no redondeados, sino en números redondos. Con el agravante en este caso que esa formal recordación a los primeros noventa mil muertos por resultar afectados por el virus, no fue la proclamación de una victoria, ni siquiera de una tregua, sino de un hito decenal, precedido por otros de la misma clase, y que por desgracia no fue el último.

 

Es por eso que se tiene la impresión, y en realidad más que ella, que aquí se hace presente lo que los familiares y allegados a los contagiados sufren, y el personal sanitario en su totalidad llega a extremos que lo hace sucumbir entre los muertos, se asiste a la utilización política de la pandemia y de sus muertos, hasta el punto que decisiones sanitarias son torcidas o trabadas por especulaciones de ese tipo. Y no hay que olvidar que fue el propio Presidente de la Nación al que se lo escuchó en tiempos iniciales, sino el primero al menos uno de ellos, valerse de la referencia a los muertos, con un sesgo político, con una frase de la que se arrepentirá hasta su día postrero de haberla pronunciada.

 

Mientras es de desear que el acervo popular no la incorpore a su fraseología, con la misma liviandad que lo hizo con aquélla en que Lorenzo Sigaut, un ministro de economía arrumbado ya en la historia, terminó de carambola inmortalizándose advirtiendo que el que apuesta al dólar pierde… Algo así como el vaticinio de Eduardo Duhalde en el sentido que los argentinos estamos condenados al éxito.

 

Entre tantos males, las posibilidades abiertas de volvernos mejores

 

 

Resulta evidente, para empezar, que se ha hecho presente en la emergencia el valor del ejercicio de la libertad en forma responsable. No es necesario entrar en detalles, ya que parto del presupuesto real de que nadie puede ignorar aquello a lo que me refiero.

 

Es, como sucede en tantos otros aspectos de la vida, la vía media en la que, por lo general, es lo más prudente y hasta sabio transitar. Ni confinamiento autoritario, ni libertad desatada. Ya que debe advertirse que es la libertad responsable, la que lleva, cuando así corresponda de un modo fundamentado, al auto confinamiento.

 

También lo es, que una emergencia como nunca en el pasado, se ha hecho presente, la oportunidad de contar con la emergencia de una memoria histórica colectiva compartida. Ya que, por una vez siquiera, la situación es de aquéllas en las que no caben las estériles confrontaciones entre quienes somos integrantes de la sociedad, dada la necesidad de conformar un frente único contra el virus.

 

De donde esa circunstancia, es la que debería darnos la posibilidad de comenzar a edificar una memoria colectiva compartida, alejada de las memorias antinómicas propias de un largo pasado de esas características, las que nos han llevado, tantas veces, a ver tan sólo una de las caras de la realidad.

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