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Nada puede presuponerse como sabido

El Paraná y el Uruguay, en estiaje

A decir verdad, el título en el que primero pensamos para escribir esta nota era mucho más largo, como en seguida se verá. Pero en lo que a ellos respecta, se es cada vez menos cuidadoso.

 

Nuestro principal defecto, al redactarlos, reside en engolosinarnos al momento de hacerlo con un sinnúmero de palabras, con lo que resulta una frase con exceso de ellas. Circunstancia que desanima a potenciales lectores, ya porque todo lo que interesa queda dicho en el mismo, ya porque ese conocimiento superficial del tema lo lleva a desistir de su lectura por considerar el contenido que sigue, como carente de interés.

 

Todavía se da, y lo reconocemos, el caso de periodistas con tal abundancia de envidiable ingenio creativo, que logran que el título valga por la nota entera; el que en caso de ser leído es en gran medida como una manera de rendir tributo a la forma en que es encabezada.

 

A ese respecto, puede afirmarse que quedan pocos memoriosos, que recuerdan la peculiar manera que tenía Natalio Botana de redactar los títulos de las noticias de tapa de su diario “Crítica”, en su época de oro; la cual, según una opinión todavía vigente, no tenía parangón.

 

Esa ausencia de creatividad, unida en más de una ocasión a la escualidez con la que se presenta el contenido de una nota, es lo que lleva en más de una ocasión a que se titule con una pregunta, que por sus características hace más difícil tratar de conjeturar aquel; que la intriga solapada en que consiste toda adivinanza.

 

Volviendo al tema de esta nota, o mejor dicho, efectuando su apertura después de este largo introito, debemos confesar que nuestra intención era titular no como lo hicimos, sino señalando: “Nada puede presuponerse como sabido, ni tampoco todo lo sabido siempre genera acciones acordes con ese conocimiento”.

 

Es que esa es la reacción que nos produjo la información que la Municipalidad de Paraná está aprovechando la bajante extraordinaria del río homónimo para proceder a la limpieza de todo aquello que ha aflorado como consecuencia de esa circunstancia y que conspire contra la salubridad, la estética y la utilización en su grado máximo de sus playas.

 

Algo que, por nuestra parte, habíamos sugerido desde esta misma columna, aunque se da en el caso de la municipalidad paranaense con un agregado que destacamos por considerarlo valioso; cual es el de extender esa tarea a los arroyos que tienen su desembocadura en ese mismo río.

 

Una manera de proceder, a la que podría enunciarse con una máxima, cual es que “para cuidar la salud de nuestros ríos, se debe comenzar por cuidar la de nuestros arroyos”.

 

Una recomendación, que aparece como obvia, pero que no lo es. Primero, porque hemos sido agraciados por la naturaleza hasta casi en exceso, circunstancia que queda revelada de una manera patente de detenernos a examinar un mapa físico de nuestro territorio provincial, en el que se destaque su aspecto hidrográfico. Nos sorprenderíamos ante el hecho por el cual, como resultado de esa mirada, tendríamos la impresión de que estamos viendo no otra cosa que el cuerpo venoso de un animal.

 

Después, porque al parecer ninguno de los organismos de hidrología o ambientales de todos los niveles de gobierno, dan la impresión de resultarles indiferentes -a pesar que ese control debería ser una de sus funciones principales y no la de utilizar morosamente su tiempo con el manejo de todo tipo de papeles- la contaminación siempre en aumento de nuestros arroyos, por una infinidad de causas archiconocidas, que la inopia oficial permite su consolidación aberrantemente “naturalizadora”.

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