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No caer en la tentación

De prestarse una cuidadosa atención - independientemente del hecho que se la considera merecedora de ella- a la seguidilla de informaciones que dan cuenta en el ámbito de las municipalidades y otras organizaciones similares, aunque de menor jerarquía de nuestra provincia; el descubrimiento de repetidos “actos de rapiña” que en ellas se produce, nos lleva a la conclusión que, también a ese nivel, el descontrol administrativo lleva a que la tentación sea grande, y que se sucumba ante ella.

 

Algo que por una parte no nos puede extrañar, si se tiene en cuenta que la “ejemplaridad” en ese sentido, por parte de quienes ocupan altas posiciones gubernamentales, no es precisamente algo que cabe considerar como “edificante”. Máxime si se tiene en cuenta que quienes aparecen enjuiciados por este tipo de comportamiento, en estos últimos casos, se los ve – lo que de una manera sesgada- “premiados” por esos comportamientos con lo que para muchos no son otra cosa que envidiables canonjías, que se aceptan sin vergüenza. Y se llega al extremo de que un ex Vicepresidente de la Nación, condenado a cumplir prisión por actos delictivos cometidos en ejercicio del poder público y que a éste agredían, siga cobrando esa “pensión graciable” –de alguna manera hay que llamarla- que se concede a funcionarios de su jerarquía; de los que se presume equivocadamente que es inconcebible que incurran en delito alguno, ni en prácticas transgresoras de cualquier tipo.

 

Entretanto, a esta altura del discurso, nos ha entrado la duda si en el caso de los “municipales” deshonestos – que, dejamos en claro, consideramos una excepcional minoría- es correcto hablar de “actos de rapiña” o de meras “raterías”, sin que ello signifique que deban perdonarse a estas últimas. Por otra parte, si hemos puesto tanto empeño en atender a las que serían en cierto modo “ insignificancias”, es por el hecho que dado la escasa distancia que media entre este tipo de rateros, y su entorno laboral, las mismas no pueden en la mayoría de las ocasiones dejar de ser advertidas por aquellos que los componen. Y que no se dan cuenta de ellas a quien corresponde, convencidos que el hacerlo los haría cometer una infidencia reprochable. Todo ello sin advertir que si frente a hechos de este tipo, vieran en su silencio un encubrimiento, y no admitieran como asumir ese rol, cabría imaginar que de generalizarse esta manera de ver las cosas y actuar en consecuencia; la consolidación de obligación de poner reparos a esa práctica, podría subir a los niveles superiores de las administraciones estatales, en las que se hacen presentes muchas veces comportamientos verdaderamente escandalosos, que se verían de esa manera sofrenados.

 

Debe advertirse que nuestra actitud trasciende los límites morales, ya que de lo que se trata es de “una cuestión de orden”. El mismo que se busca establecer, aún en el caso de las organizaciones mafiosas, ya que en desorden lleva siempre a la corta o a la larga a una situación de descomposición terminal. Demás está decir también, que somos conscientes de que el mundo está lleno de tentaciones de las naturalezas más variadas. A las que se refiere el Padre Nuestro, con cuyo ruego se pide a Dios no nos deje caer en ellas. Se pide o se pedía. Porque en una sociedad como la nuestra, que cuando no se duda de Su Existencia, se la niega – algo que lleva ya a tener por cierta su inexistencia, ya a hablar del “silencio de Dios- la única herramienta que nos queda para evitar ese “dejarse caer”, es lo que cabría llamar es la constricción social – y se hablamos de “constricción” y no de “condena” es porque aquella previene, y evita que se tenga que apelar la condena- la que debería ser viva, alerta y valiente. Un elemento –al que no nos atrevemos a calificar como de virtud- que se encuentra evidentemente desvalorizado, y como de ello resulta decaído entre nosotros: aunque sin el cual ningún grupo humano puede perdurar.

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