Nunca imaginé que llegaría este día. Sí, ese momento en que de repente usar algo para taparnos la cara fuera la regla y no la excepción. Los que antes sobresalían, hoy pasan desaparecidos. Estamos todos de alguna forma uniformados, aunque con diferencias.
No es lo mismo el que está con su máscara que el que está con barbijo o el que está con tapabocas. Tampoco el que tiene un cubre boca de diseño con estampados coloridos o el que tiene uno casero. Ni hablar de los que tienen barbijos quirúrgicos. Cada uno pisa distinto. Cada uno se mueve diferente. Y no podemos olvidar a quienes llevan guantes.
Ahora más allá del “look” de pandemia que cada persona muestra en la calle, sí es llamativo cómo se vive cierta tensión. Algunos miran muy atentos a su alrededor, y no vaya a ser que no se respete el metro de distancia. Hay un miedo que antes no había visto que existiera de forma tan clara: el miedo al otro. Al “posible infectado”. Al que posiblemente me contagie. ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
Puede que sea la consecuencia del distanciamiento social. Vivir separados uno del otro genera que nos hayamos olvidado de lo que es vivir en sociedad. Pero misteriosamente ha sacado a relucir un aspecto nuestro que hace mucho no se veía de forma tan clara: la persecución al posible infectado.
Médicos ven cómo en sus edificios no los quieren recibir. Pueblos enteros se cierran y no dejan entrar a los de afuera, a los que nos pueden traer el bicho. Y de ser argentinos pasamos a ser porteños, bonaerenses, colonenses. No podés venir, no sos bienvenido. Si venís, te vamos a echar.
Los “extranjeros” son un problema, esos que no estaban acá cuando empezó la cuarentena. Ese que es de otro pueblo, que acá no puede venir. Pero no solo ellos, sino que determinados grupos reciben un mismo trato. “Vos sos grupo de riesgo, a vos hay que aislarte y nosotros seguir con nuestra vida”. Sí, ellos, los supuestos culpables de que todos nos quedemos en casa.
Por otro lado, es paradójico que los que podemos quedarnos en casa, creemos que simplemente estamos recluidos en nuestro hogar y que solo tenemos que aprender a vivir de esta forma por un tiempo hasta que todo termine. ¿Es realmente eso lo que está sucediendo? Pensamos en la llegada de ese día, el que hoy vive China. Sin embargo, no nos damos cuenta de que nosotros estamos cambiando.
Estamos preocupados por el incesante conteo de casos: infectados, muertes, recuperados. Ahora, ¿no deberíamos también preocuparnos porque estamos perdiendo la solidaridad hacia el otro? Quizás sean solo unos locos los que estén pensando eso. Pero hay que tener cuidado. En estas situaciones de crisis, podemos salir como sociedad más fortalecida o todo lo contrario. De nosotros depende que sea el primer escenario.