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Durante los años ’90 se puso en boga llamar “emergentes” a los países que hasta ese entonces eran conocidos como “subdesarrollados”. El cambio de denominación había sido impulsado por un conjunto de bancos de inversión estadounidenses, que encontraron en este grupo de países una cualidad común, que podía ser utilizada como un poderoso argumento de venta.

Esa cualidad común era lo que se denomina el “bono demográfico”, un eufemismo para nombrar las altas tasas de natalidad en los países emergentes, que ponían un piso a su tasa de crecimiento del PBI muy por encima de la que podrían alcanzar los países desarrollados, donde el crecimiento poblacional ya mostraba signos de estancamiento. El argumento de venta funcionó: los mercados financieros de los mercados emergentes vivieron un auge que, en muchos casos, fue bastante mayor al que tuvieron sus economías.

Treinta años después, la historia parece que ya no podrá seguir siendo contada de la misma manera: las tasas de natalidad en los países emergentes ya no difieren demasiado, en general, de las de los países desarrollados. De hecho, el censo poblacional argentino de 2022 podría haber marcado el punto de inflexión para que se invierta la pirámide poblacional, una señal de envejecimiento progresivo de sus poblaciones. Se trata de un mal que aqueja a muchos de los países desarrollados, y en especial a Japón y Europa Occidental. Por primera vez en nuestra historia, hay menos niños entre 0 y 9 años que adolescentes de 10 a 14 años. Nada indica que el proceso sea transitorio a detener, sino que es más probable que hayamos ingresado en el camino hacia una estructura poblacional más típica en los países desarrollados. Claro que sin contar con su riqueza.

La vicejefa de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (CABA), Clara Muzzio, está obsesionada con el tema. Durante una conferencia de prensa reciente deslizó algunos conceptos preocupantes: 1) en la CABA, el número de perros duplica al de niños menores de 10 años; 2) los estudios de opinión muestran que los jóvenes no pueden formar compromisos duraderos ni quieren tener hijos; 3) un tercio de los embarazos termina en un aborto; y 4) muchos jóvenes piensan que tener hijos no es compatible con el éxito económico. En algún momento perdimos el norte.

Si bien este es un fenómeno más propio de las grandes ciudades, no está de más preguntarse cuánto tardará en extenderse a todo el país. Hay numerosos pueblos fantasma en Europa.

El estancamiento poblacional tiene múltiples derivaciones. Por un lado, la más evidente es que la pérdida del “bono demográfico” redundará en menores tasas de crecimiento potencial del PBI, y en menores niveles potenciales de bienestar general. Por el otro, la ausencia de jóvenes generará una crisis en los sistemas de la seguridad social: ¿quién trabajará en el futuro para sostener una masa creciente de jubilados? En los países desarrollados, las jubilaciones son elevadas y el deterioro podrá ser paulatino. En Argentina, son de miseria y amenazan con tornarse prácticamente irrelevantes.

Bastó solo una generación para que el bono demográfico desapareciera en muchos de los mercados emergentes, incluyendo a nuestro país. Pocos se enfocan en el tema, pues su poder de daño avanza a paso lento. La mala noticia, sin embargo, es que en el proceso no llegamos a desarrollarnos, no juntamos la riqueza de Europa o Japón, y probablemente nunca lleguemos a hacerlo.

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