No sé si saben que, además de un tío, tengo una prima. En realidad eso no es todo, ya que como se deben haber imaginado tengo una familia grande, pero de lo que se llama grande, bien completita y arracimada ella.   De la que seguramente irán, poco a poco, enterándose algo, aunque debo confesarles que tenemos el defecto de ser muy reservados. Eso, según dicen, no porque lo quería una persona que nunca conocí, pero a la que de cualquier manera he respetado y respeto siempre, a quien llamamos “el Gran Capitán”, no solo somos de aquellos que van siempre del trabajo a casa, y de casa al trabajo, sino que somos por otra parte muy retraídos, aunque no hoscos, antipáticos no, alérgicos a la gente tampoco, porque sin que nos hagamos el autobombo de los serviciales que somos, no esquivamos nunca el cuerpo cuando se trata de ayudar a alguien. En fin, somos como somos y punto.   Aunque debo admitir que no es ese mi caso, dicharachero, juguetón y salidor como soy yo, que se puede decir que no le hago asco a nada. Y tampoco es el caso de de mi primita, la llamo en realidad comúnmente de ese modo, porque aunque muy compinches; la diferencia de edad no es poca entre nosotros, cosa que en mi caso no molesta, ya que entre mis cualidades está una, que hoy menciono, que es la de ser intergeneracional… Sí, intergeneracional, así como lo oyen. Y qué le voy a hacer, cada uno hace lo que puede...   Mi prima es, como les decía, parecida a mí. Siempre prestando atención a todo, siempre con su mirada penetrante por lo fija que en ocasiones hace acordar a una lechuza mala, y que no para con el celular, en el que se la pasa mirando cosas, que de vez en cuando me las muestra, agregando imperdibles comentarios.   Y eso es lo que esta vez sucedió, y que quiero compartirlo con ustedes. Empezó por mostrarme una foto de la señora de Kirchner, no de Máximo que es su hijo, ni de Néstor, el que la dejó viuda. Retratada justo en el momento en que estaba por abordar el avión que la llevaría o la traería de Cuba, donde había ido a visitar a su hija Florencia, tan estresada ella y con tantas razones para estarlo. Pero con la birome no me apuntó a ella, sino a la cartera que llevaba. “Es una Hermès Birkin”, me dijo casi susurrando. Miré de nuevo y seguí sin entender un pito.   Ella me miró y sonrió agregando “no sé que de clase de pescado complicado sos”, dirigiendo a mí su referencia. Y manejando el celular iluminó la pantalla con otra imagen, esta vez de una cartera con su precio. “Es la misma que viste, la que llevaba Cristina”, me aclaró, añadiendo con insistencia: “Volvé ahora a mirar el precio”. Fue lo que hice ¿y qué?... Ella me miró, y me volvió a increpar: “¿pesos o dólares o qué?” Volví a mirar y dije: “mama mía, son casi 19 mil euros” con los ojos bien abiertos, porque no podía entender que hubiera carteras de ese precio. “No te asustes, que es de La Salada”, me aclaró mientras apagaba el celular y se iba taconeando. Yo me quedé preguntándome si era cierto que era en realidad de La Salada…