Echando mano a un lenguaje catastrófico, con un alcance casi apocalíptico, se puede afirmar que “la basura invade el mundo”. Y que no solo lo hace, sino que llegará un momento en el que se nos verá sumergidos en ella, hasta el punto de asfixiarnos.   Pero, nuestra intención no es adentrarnos en la épica que tiene a la basura como un macro problema. Ni siquiera el que significan los basureros municipales a cielo abierto, o su contra partida, cual es la impotencia, a esta altura de los tiempos, casi secular, de encarar un mecanismo de entrega fraccionada de los residuos domiciliarios y otras acciones positivas a adoptar en consecuencia, por parte de la mayoría de las municipalidades.   Dada la modestia de nuestras intenciones, cabe quizás la referencia a peatones y automovilistas, a los que se observa arrojar a las veredas y calzadas, entre otras cosas, los envases de todo tipo, de los productos que consumen, tanto en su transitar como en las esporádicas pausas de su marcha.   Da vergüenza ajena ver veredas o calles, banquinas de rutas y aún playas y paseos públicos con restos diseminados de esa clase de residuos, por la acción de quienes, por una mezcla de incuria, defectuosa o de ausente educación, a lo que se suma la falta de respeto a los demás y al espacio público, parecen no entender que este último, se pone a su disposición con otros fines distintos que el de utilizarlos como basureros.   Es así como, resultado de estas jornadas inclementes por causa de las lluvias, son muchos quienes al salir de sus casas, se ven obligados a recurrir a itinerarios zigzagueantes en procura de encontrar caminos o calles transitables. Y ello sucede, tanto en las zonas rurales de los municipios, como en las zonas periféricas de las zonas urbanas –y porqué no también en terrenos baldíos y casas abandonadas de sus sectores céntricos- no pudiendo evitar toparse con lo que, de una forma que suena pretenciosa, se los escucha designar como “micro basurales”.   Se trata, según una definición que de ellos se hace, de “terrenos con superficie inferior a una hectárea, en los cuales se deposita basura periódica o eventualmente. Por lo general, de acceso directo: calles, callejones, riberas de cursos superficiales, cercanos a poblaciones”. Es decir, de lugares en que no hacía falta recurrir a esa descripción para que los reconociéramos. Los que constituyen, entre otras calificaciones, ninguna de ellas agradable, un problema que va más allá de ser una agresión, tanto al medio ambiente y a quienes lo ven de esa manera mancillado, con alcances que superan tanto la prolijidad como valor, como el mínimo sentido de lo estético. Ya que su existencia constituye de por sí un peligro, provocando, según se ha dicho, la contaminación de suelos, aire y agua, la presencia de animales transmisores de enfermedades -roedores, insectos, microorganismos, etcétera- y los efectos adversos derivados de la quema incontrolada, deliberada o espontánea de la basura, que su mera existencia provoca.   En tanto, una circunstancia que nunca hemos sido capaces de desentrañar, es el por qué su creación y perpetuación, se produce en lugares donde es regular y casi diaria la recolección de residuos domiciliarios. Ya que es frecuente ver a quienes arrojan la basura de su casa, del otro lado de la calle, a cuyo frente viven, aprovechando la circunstancia que ese sector no tiene vecinos. De donde abusa de esa circunstancia para contar con sólo cruzarla, de su propio ”mini basurero”, al cual periódicamente “emprolija” prendiéndole fuego.   Sabemos también de otras situaciones más inverosímiles todavía, cual es la de aquellos que, semanalmente, cargan los residuos acumulados en ese lapso en el baúl de su automóvil o en la caja de su camioneta, para desprenderse de ellos en un lugar que, después de una o dos veces de utilizarlo con ese fin, les resulta no sólo familiar sino del que se sienten un poco dueños.   ¿Qué es, entretanto, lo que se puede hacer ante la situación descripta? El educar a la población para que abandone este tipo de prácticas es, sin duda, la solución definitiva, a largo plazo. Pero, mientras tanto, se hace necesario que los funcionarios municipales controlen la existencia de los mini basureros que nos ocupan y, además de eliminarlos, recogiendo la basura allí depositada, traten de ubicar a los autores de esa tropelía.   A la vez que habilitar un teléfono, difundiendo su número, para que, quien se encuentre con alguno de ellos, pueda denunciar su existencia. Amigo lector, con seguridad, ¿es cierto que no se encuentra entre quienes incurren en esas prácticas indeseables? Es un alivio que así sea.