Las cosas no son exactamente así, porque siempre se da el caso de personas que los tienen presentes –incluso de una manera que significa que los aprecian- de diversas maneras. Está el caso de aquél que, como se ha deshecho del árbol que se encontraba frente a su casa, deja su automóvil en estos tiempos de calor rajante, a la sombra del vecino que se ha tomado el trabajo de cuidarlo. Y también se puede hacer referencia a los que concurren a las playas, y dándose cuenta que la sombrilla no alcanza, si es que quieren permanecer largas horas en las cercanías del río, en un momento dado se ven obligados a refugiarse a la sombra bienhechora de los árboles de los balnearios.   No podemos dejar de pensar en el agobio que sienten tantas personas, cuando a las horas de ese mediodía que se prolonga en la siesta, tienen que transitar por calles en que ese sol cruel, en el que sus rayos rebotan en el piso, vuelven su corta travesía insoportable. ¿Tendrán conciencia esos sufrientes, que las cosas serían distintas si en todas las veredas existieran árboles?   No se trata obviamente de generalizar, pero es una realidad que son muchos quiénes, no solo no se los ve hermanados con los árboles, sino que no respetan, e inclusive tratan de deshacerse de los ejemplares de su alrededor, por las “molestias” que ellos les provocan –olvidándose de los beneficios que genera en mayor medida que aquéllas- y parecen no comprender que todo ser vivo genera obligaciones, como es el caso de los animales que se “adoptan” como “mascotas”.   ¿No sería bueno que comenzáramos a “adoptar” los árboles del entorno de cada cual, como es el caso de tantas personas que se enorgullecen de su jardín, o incluso de aquéllas que también se sienten orgullosas de exhibir su callada y modesta presencia en una galería?   Sin salirnos del contexto, no podemos dejar de hacer nuestro, y en consecuencia público, un comentario que nos hiciera una persona que, de una manera entusiástica, la vemos compartir este tipo de preocupaciones. La cual comenzó por señalarnos, algo que ya habíamos percibido aunque sin tomar conciencia de su gravedad, cual es que cada vez resulta más frecuente, que ni los dueños de terrenos en los que se van a levantar viviendas, ni los arquitectos y constructores que son parte del emprendimiento, coinciden en no prever dejar en la vereda de esas construcciones, esos pequeños cuadriláteros que exhiben la tierra desnuda, a la espera de alojar un árbol. Todo ello con olvido de los funcionarios municipales que muchas veces son incluso víctimas inocentes, más allá de la mala práctica, de esa deliberada omisión.   Al mismo tiempo, nuestra fuente nos ha llevado a advertir que, con una frecuencia que da la impresión de ser una regla, en el caso de los “nuevos desarrollos urbanos” que se encuentran fuera de la planta de las ciudades, el primer paso habitual es hacer “tabla rasa” de todos los árboles del lugar, ante la inconsciente (o no) indiferencia de los funcionarios municipales competentes, ante los cuales esos desarrolladores debieran justificar la pertinencia de toda” extracción” de un árbol allí existente.   Recapitulando cabría concluir en que nos encontramos ante una “cuestión de naturaleza cultural”, que es la manifestación de una grave falencia. De allí que se nos ocurra que no solo los funcionarios públicos de todas las áreas que tienen algo que decir y hacer respecto a una acción educativo-ejecutiva en la materia hagan bien su trabajo. Y que se haga realidad lo que hoy parece un sueño imposible, cual es el ver a todas nuestras ciudades arboladas y con los ejemplares que la conforman libres de plagas y parásitos, y también sometidos a podas limitadas a lo meramente correctivo. E incluso, ver proyectado este accionar en los caminos de los ejidos municipales en un programa que, para ser exitoso, requiere involucrar todos los vecinos del lugar.