Por Mariano Giampaolo
Me pregunté qué podía llevar a un futbolero común a poner la misma pasión en Curazao que en la Selección Argentina. La respuesta apareció rápidamente: había apostado en el “gratuito” P.R.O.D.E. de MERCADO LIBRE que ambos equipos perderían por más de seis goles.
Comprendí que ya no estaba mirando fútbol, estaba “consumiendo” apuestas. Pocos días después observé algo aún más llamativo, porque una compañera de trabajo jamás había mostrado interés por el juego y su explicación ante mi consulta por su detallado seguimiento del campeonato fue tajante: “Quiero ganar en el juego de Mercado Libre, pero es para reirnos un rato nomás”. Pero a poco de compartir la tarde con ella observé con espanto que acurrucada en la silla hacía fuerza para que “Argelia”, convierta un gol y revierta el brillante 3 a 0 que logró “Argentina”, hecho que alerte en tono no tan jocoso y obtuve como respuesta “Le puse 3 a 1 en el prode”, sucedía que durante unos segundos desplazó su identificación deportiva a la de consumidor.
Ahora sí, la cosa había pasado a mayores y lo realmente serio era que, detrás de esa aparente inocencia se configuraba un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología conductual, el marketing digital y los derechos del consumidor y que tiene distintos nombres: gamificación de entrada, embudo conductual de conversión, técnica del pie en la puerta, que son fenómenos más amplios que en este caso buscan la normalización progresiva del juego o arquitectura de elección. En el ámbito específico de las apuestas existe un término particularmente preciso: “gamblificación” .
La lógica es simple. Primero se invita al usuario a participar de una actividad gratuita, divertida e “inofensiva”. Luego se acostumbra a predecir resultados. Después a competir con otros (hay grupos del P.R.O.D.E.). Más tarde a esperar recompensas. Finalmente, casi sin advertirlo, se lo introduce en la lógica cultural del apostador y de ahí a una Ludopatía solo hay un paso.
No se vende primero el casino. Se enseña primero la conducta que el casino necesita. Aquí aparece el punto jurídico más delicado: la frontera cada vez más difusa entre el entretenimiento, la promoción comercial y el entrenamiento conductual para las apuestas reales. Todo eso a su vez montado en una plataforma de consumo, donde de paso se ofrece todo tipo de producto con financiación y al alcance de otro “inocente” click
Un prode gratuito puede no constituir técnicamente una apuesta porque no exige arriesgar dinero. Pero cuando millones de usuarios participan en una dinámica basada en pronósticos, rankings, recompensas económicas y expectativas de ganancia, la discusión deja de ser meramente recreativa, con constituir una agresiva herramienta de captación.
La preocupación se vuelve mayor cuando quien impulsa estas dinámicas es una plataforma masiva integrada a la vida cotidiana de millones de personas. No hablamos de una aplicación marginal. Hablamos de una empresa que administra pagos, ahorros, ingresos de trabajadores, operaciones comerciales y hábitos de consumo.
Si esa misma plataforma comienza a entrenar a sus usuarios en mecánicas de pronóstico deportivo con premios, la cuestión deja de ser exclusivamente comercial para transformarse en un debate regulatorio, sanitario y legalmente atendible.
La ludopatía digital no necesariamente comienza cuando alguien realiza su primera transferencia a una casa de apuestas. Muchas veces empieza mucho antes: con la normalización de conductas adictivas.
Primero se juega gratis. Después se compite por puntos. Luego se persiguen premios. Finalmente, el algoritmo ya enseñó el camino. Se mira el partido como hincha, pero se lo procesa como apostador en formación.
Ese es quizás el cambio más profundo de nuestra época. El antiguo hincha comienza a ser reemplazado por un calculista algorítmico. Ya no importa únicamente quién gana o quién juega mejor. Ahora importan los córners, las tarjetas amarillas, los minutos de descuento, las expulsiones o cualquier micro-evento capaz de convertirse en una variable monetizable, lo que también amenaza la integridad misma del deporte. Cuando las apuestas se concentran sobre hechos mínimos o marginales del juego, aparecen incentivos para manipular situaciones difíciles de detectar: una tarjeta provocada, un córner innecesario, una falta deliberada o una expulsión buscada (puede ser un negocio indebida de actores del espectáculo), ante lo cual ya no es necesario alterar el resultado final, solo alcanza con contaminar pequeñas zonas del partido.
Las estadísticas disponibles muestran señales preocupantes: adolescentes expuestos tempranamente a plataformas de apuestas, menores que ya han apostado dinero, adultos endeudados, familias que detectan tarde el problema y una publicidad omnipresente que invade transmisiones deportivas, redes sociales, camisetas, influencers y aplicaciones móviles.
La discusión no pasa por una condena moral al juego. La cuestión es si estamos frente a un mercado que obtiene rentabilidad capturando vulnerabilidades, que a su vez pueden causar conductas patológicas.
Cuando la publicidad de apuestas ingresa por la camiseta, por el relato deportivo, por el celular, por el influencer, por la billetera digital y ahora por el prode gratuito, el consentimiento del consumidor deja de ser tan libre como aparenta.
La preocupación es todavía mayor cuando hablamos de niños, niñas y adolescentes. Su protección no constituye una sugerencia ética sino una obligación jurídica derivada de la Constitución Nacional y de los tratados internacionales de derechos humanos.
Pero también corresponde preguntarse por los adultos, especialmente aquellos expuestos a mecanismos de repetición, recompensa e inducción diseñados por plataformas que conocen sus hábitos de consumo, sus ingresos, sus horarios y hasta sus momentos de mayor vulnerabilidad económica.
El problema jurídico de fondo es evidente: no todo lo legal es socialmente inocuo. Y no todo lo gratuito carece de costo, por lo que cuando una empresa concentra medios de pago, información personal, hábitos de consumo y herramientas de entretenimiento predictivo, el Estado tiene la obligación de preguntarse si existe captación indirecta, publicidad encubierta, inducción al juego o aprovechamiento de vulnerabilidades incompatibles con los principios de protección al consumidor.
Porque el fútbol argentino es mucho más que un producto. Es identidad. Es pertenencia. Es memoria familiar. Es “Club de Barrio”. Es radio, potrero, tribuna y abrazo compartido. Cuando ese universo comienza a funcionar como un casino invisible, lo que está en juego no es solamente una modalidad de consumo. Es una forma de construcción cultural.