Pero este artículo no pretende ser una crítica a las políticas educativas. Sino ser una crítica constructiva a la escuela que transitamos, es decir, una mirada en la gestión escolar.
Pensar en la gestión muchas veces nos resuenan con palabras relacionadas al poder, o al liderazgo, y en gran parte es la tarea de aquellos que son los timoneros de instituciones. Escuelas que a pesar de que el objetivo final es la educación, ninguna organización se parece a la otra, lo cual hace que el clima institucional, depende, en gran parte, de cómo se lideren estos equipos de trabajo.
Hoy existen múltiples paradigmas de aprendizaje, de pensar las trayectorias educativas, de hacer una escuela. Pero ¿qué pasa cuando los que están en el poder pierden el rumbo? ¿Con cuántas personas cuenta un directivo? ¿Es un trabajo en solitario? ¿Existe el verdadero trabajo en equipo?. Las preguntas podrían ser infinitas. Pero, en vez de ver el problema, miremos las soluciones.
Muchos pensadores actuales sostienen que los directivos deben cumplir papeles que parecieran imposibles, tienen que ser motivadores, guías, compañeros, verdaderos líderes. Como que la solución se escribe como una receta, como la del pastel que Tronchatoro le hace comer al compañero de Matilda.
Sabemos por la experiencia que el autoritarismo no es la solución, la empatía absoluta tampoco.
Entonces ¿qué hago?
Primero debemos reconocer algo fundamental, no todos los docentes tienen cualidades para ser directivos. El cargo implica las mismas responsabilidades que se debe tener en el aula, pero estas acatan no solo al alumnado, sino a la comunidad educativa en general. Puede sonar un poco despectivo este párrafo, pero la intención es que cuando estamos con la idea de ser parte de la gestión educativa debemos tener en claro que los tiempos, las responsabilidades y las múltiples organizaciones son mucho más intensivas y se tiene que ser consciente de la labor que vamos a adquirir. Es importante para tu salud y la de la escuela que si no estás preparado para estar en un cargo de esta magnitud, seas lo suficientemente humilde para reconocerlo. ¿Está mal? No. Saber qué es lo que queremos, a qué aspiramos y pensar en las repercusiones es la forma más humilde de reconocer que estamos dispuestos a ofrecer y que no. Y la prioridad es personal. Este es el primer paso importante, reconocerme dentro de una escuela y qué puedo ofrecer.
Por otro lado, debo analizar mi rol con otros. indefectiblemente necesitamos de un otro, formar equipos, ser y hacer parte. Una de las grandes carencias de la gestión tiene que ver con la comunicación. Vivimos dentro de una gran rutina que nos consume, los emergentes son más grandes que las planificaciones pedagógicas, entonces ¿cómo se trabaja en función a esto?
La confianza: si un director NO CONFÍA EN SU EQUIPO, no hay forma de que la escuela logre funcionar sanamente. Por el contrario, se generan malentendidos que hacen que las rispideces se transformen en grandes grietas.
La confianza se construye, se refuerza, se retroalimenta. Es un trabajo fino, que implica en cierta parte poner la fe de que lo que el otro hace es en pos de una escuela que mira hacia el futuro, con cimientos firmes. Es entendible que en los equipos los cambios sean frecuentes o, al contrario, permanezcan por mucho tiempo. En cualquier caso, es necesario zarandear la arena para volver a construir. Es una relación pedagógica que necesita ser revisada continuamente.
Por otro lado, es necesaria la validación. La miradas normalmente está puesta cuando algo se hace mal, y ¿cuando las cosas se hacen bien?. En mi paso por la primaria, hay dos cosas que mi cerebro recuerda: una profesora de inglés me tiró una evaluación corregida en la cual me saqué un 10, pero me dijo de manera despectiva: ‘nunca llegas al excelente’. Es decir, era un diez, pero lo que era superior a esa nota era la excelencia. Mi relación con el idioma se vio modificada, no me gusta aprender inglés. Por otro lado, en una clase de danza, la docente paró la clase y dijo delante de todos: ‘quiero felicitar a Marianela por logra conectarse con la música y hacer gestos que acompañan los pasos’. Ese fue mi mejor día, me notaron, me vieron, me felicitaron.
A pesar de que son recuerdos de mi infancia, la actualidad y las relaciones no distan mucho en la distancia. ¿Cuando el equipo valora tu trabajo, cuando somos visibilizados y reconocidos, nos sentimos mejor? Se nos llena el pecho de orgullo. Así funciona nuestro cerebro, cuando más retroalimentación positiva tengamos, más activos, creativos, innovadoresnos volvemos. ¿Y una retroalimentación negativa? Creo que ustedes, queridos lectores, saben cómo se siente que solo te marquen los errores.
La adultez nos hizo olvidar lo hermoso que es el juego, lo increíble que es cantar una canción en voz alta con otros, lo divertido que es bailar. Esto no implica que tenemos que hacer esto en la gestión. Pero habla de que volver a lo que nos ayudó a aprender el juego, por ejemplo, es una manera de poder llevar adelante actividades educativas con los colegas. Por ejemplo: Rosana Fernandez Coto nos dio, en su libro “Recreo Cerebrales”, herramientas increíbles para aplicar en el aula y por qué no aplicarlas en las reuniones de la escuela. Las redes neuronales que se forman con estas nuevas maneras de ver la educación, se afianzan con el tiempo y se sostienen siempre que establezcamos espacios para compartir experiencias. ¿Qué me funciono a mi con este grupo?, podría ser un disparador para pensar las prácticas.
Finalizando, no existen soluciones universales a los problemas, solo intento ser pequeña semilla con la intención de revisitar nuestra vida cotidiana escolar (como nos propone Nélida Landreani), fortalecer nuevas maneras de hacer la escuela, generar espacios de diálogo y fortalecer la confianza.
La magia de una escuela ideal no existe. Sí existen personas con magia en el corazón que recuerdan su niñez y hacen de este mundo un lugar mejor.