Sucesos que de una u otra forma tuvieron como escenario a San José, la ciudad que este jueves 2 de julio festeja el 169° aniversario de su fundación.
Los trae al presente el Prof. Alcides Perroni, autor del libro “Historias, anécdotas y personajes inolvidables de la Colonia San José” (Editorial Relieves), cuya venta de la primera edición fue a beneficio de Bomberos Voluntarios.
Un banco de la plaza
Era un 19 de marzo, día del santo patrono, comenzando la década de 1940. Todo el pueblo se reunía en torno de la plaza. Había carrera de embolsados, palo enjabonado y otros juegos de la época.Coincide con que esa tarde, a las 16.00, estaba prevista desde Colón la partida del vapor Ciudad de Buenos Aires. Pero el destino tenía otros planes y cuando el capitán le avisó a la tripulación la suspensión del viaje, alguien dijo que en San José había una fiesta.
“De los 90 tripulantes, 30 decidieron venir a San José, entre ellos Domingo Rossi, un hombre muy elegante que al llegar a la plaza dijo ‘vamos a ver cómo son las entrerrianas’. En un banco, casi frente a la Iglesia, había una chica muy linda llamada Irma Benzi, le decían ‘Chita’”. Comenzó entonces, en ese banco de una plaza sanjosesina, un amor que permanecería por alrededor de 48 años.
Se habían radicado en Buenos Aires. En 1996 ella enferma gravemente y –a punto de morir y con el último hilo de voz- llama a su esposo y le murmura algo al oído. Él tiernamente toma sus manos: “Sí mi amor, así será”, responde. Y al cabo de un rato Irma muere.
Sus cuatro hijos estaban presentes: “Papá, qué te dijo”. Pero él simplemente les contestó que lo sabrían en algunos días.
Un par de semanas más tarde, estaciona un colectivo en la terminal de San José. De él desciende un anciano triste y con todo el peso de los años, busca el viejo banco de color naranja, lo localiza y se pone a llorar. Incluso algún caminante le ofreció ayuda y si bien le agradeció, le dijo que era mucho su dolor.
Cuando terminó de soltar hasta su última lágrima, abre un bolso y comienza a esparcir las cenizas de quien en vida fuera su mujer.
Antes de morir, Irma le había pedido que arroje sus cenizas en el lugar donde habían empezado a ser felices.
El noviazgo más corto
La segunda historia también es de amor, transcurrió promediando la década de 1930 y tiene como protagonista a un hombre cuya vida atravesó tres siglos.Juan Filloy vivía en Córdoba en 1894 y murió en el 2000. Escritor, poeta, abogado, árbitro de boxeo. Amigo de Borges y Cortázar. Fue uno de los fundadores del Club Talleres de Córdoba. Vivió 106 años.
“Tenía un problema este señor: era bastante tímido”, menciona Perroni. Para conseguir novia empezó a escribir en las revistas. “Busco novia”, decían los avisos, habituales por entonces. Así –desde Córdoba- entabló relación con una chica de San José, Pauliana Warshawsky, maestra de la Escuela N° 5.
Él cerca de los 40 años y ella con alrededor de 30, se escribieron algunas cartas hasta que él le dijo: “Paulina, me gustaría conocerla”. Aprovechando un viaje de él, acordaron para verse en Buenos Aires.
El primer encuentro fue un viernes, donde compartieron un almuerzo con larga sobremesa. La invitación se reiteró para el mediodía del sábado. “Paulina, usted es muy linda y me resultó muy interesante. Quisiera que fuese mi novia”, dijo Filloy en la despedida. “Bueno, Don Juan”, fue la respuesta.
Acordaron que el domingo celebrarían el inicio del noviazgo con otro almuerzo. En este tercer encuentro, el hombre extrajo una cajita con dos anillos, le pidió su mano y le coloca la alianza de compromiso. “Estoy encandilado con usted. Quiero que tengamos un fin de semana único en nuestras vidas y mañana lunes casarnos”, dijo el caballero ante el asombro de Paulina.
La pareja se casó el lunes en Buenos Aires y el martes en San José.
“Se conocieron un viernes, se pusieron de novios el sábado, se comprometieron el domingo, se casaron el lunes y duraron más de 45 años, hasta que ella falleció”, resume el historiador.
Reencuentro inesperado
María Camejo era una vecina de calle 9 de Julio, al lado de la canchita de fútbol del barrio. Una de sus hijas, casada y radicada en Chajarí, llegó a San José un día del año 1956 con dos hijos.“Te ando visitando, mamá, no con muy buenas noticias. Me separé y me voy a vivir a Buenos Aires”. Con la intención de “probar suerte” en la gran ciudad, le pidió que le cuide a su hijo más chico por un tiempo, y se fue con el más grande.
Pasó el tiempo y ese nene que por entonces tenía 2 años se crió en San José con sus abuelos. “Le decíamos ‘negrito’ y era un buscavidas; trabajaba en una distribuidora de vinos, en la primera casa de repuestos que hubo en San José, y los sábados y domingos vendía golosinas en el cine, entre una película y otra. Era un tipo al que le gustaba emprender”, recuerda Perroni.
A los 16 o 17 años le dijo a su abuela que quería conocer el mundo. “Sé que si me embarco en la Armada Argentina, hay una fragata que recorre el mundo”. Era la Fragata Libertad, donde consiguió ingresar y concretar su sueño.
Con el tiempo, fue destinado al Crucero General Belgrano. Allí se encontraba el 2 de mayo de 1982, cuando recibió el ataque de un submarino nuclear británico, durante la guerra de Malvinas. Fallecieron 323 tripulantes.
“La mayoría de las muertes se produjeron en los camarotes. Él estaba durmiendo, pero un amigo lo llamó media hora antes, por lo que al momento del ataque estaba en la cubierta. Junto a 30 compañeros estuvieron en una balsa durante más de 30 horas en el mar, a la deriva, hasta que fueron rescatados por un remolcador marítimo”, relata el docente.
Se le acerca un señor y le pregunta su nombre. Cuando escucha “Carlos Alberto Spinelli”, le dice: “Tenés cara de entrerriano”. El náufrago le comenta que nació en Chajarí y pasó su infancia y parte de la juventud en San José, con su abuela. “¿Por casualidad tu abuela no se llama María Camejo?”, consulta el desconocido.
“¿Estoy vivo? ¿Quién es que me está hablando?¿Cómo podés saber tanto de mi vida si recién me conocés?”, dice con sorpresa.
“Estás vivo y no preguntes nada más. Dame un abrazo infinito”, habría sido la frase anterior a que se devele el misterio. Aquel hermano mayor, José Spinelli, que había partido a Buenos Aires con la madre y ahora trabajaba en el remolcador marítimo, estaba frente a él. Se reencontraron en medio del rescate.
“Ellos sabían de la existencia del otro, pero nunca se habían visto. Se habían escrito, pero en aquel tiempo era muy difícil; muchas familias no se reencontraban nunca más”, cierra Alcides Perroni, en el relato de su tercera historia.
Platos voladores en las noticias del diario
Todo comenzó con la ocurrencia de dos jóvenes sanjosesinos, “Micro” Fernández y Carlitos Moreli “Pistón”, promediando la década de 1960.“Pidieron prestados 50 metros de cable a un electricista, Justo Varona, que tuvo muchos años negocio frente a la terminal. En ese tiempo eran furor los platos voladores. Con una batería hicieron un barrilete grande, con luces. Fueron a un lugar descampado, detrás de la cancha de San José, y lo remontaron”.
Doña Tita Ramírez, esposa del doctor Juan de Dios Antón iba junto a sus hijas y cuando ve esto en el cielo, conmocionada, fue a la Policía, que cuando llegó al lugar no encontró nada.
Se difundió que en San José había platos voladores. La versión llegó al periódico El Entre Ríos, que publicó: ‘Extraños objetos voladores sobrevuelan San José, causando gran revuelo’”.
Después de unos días, los mismos protagonistas repetirían la travesura en Villa Elisa, detrás del hospital. El Entre Ríos volvió a hacerse eco: “Los extraños objetos voladores siguen en la zona, porque ahora fueron vistos en Villa Elisa”.
Durante un par de años quedó el misterio, hasta que los protagonistas lo contaron.