“Putas, no”, le respondió su padre cuando ella le dijo que quería ser bailarina. Annemarie Heinrich soñaba también con ser diseñadora o coreógrafa, porque le gustaba el teatro, pero finalmente se dedicó a la fotografía. Así lo recuerdan quienes heredaron esa misma pasión, sus hijos Alicia y Ricardo Sanguinetti, en un documental realizado por la nieta de este último que se proyecta esta semana en el Bafici.
“Lo que hay es infinito. Hay de todo y de todo hay mucho”, relata Mariana Sanguinetti en el film al describir el enorme legado de su bisabuela fallecida en 2005, cuando ella tenía diez años. “Hay fotos de bebés, de Borges, de famosos antes de ser famosos, de Eva Duarte antes de ser Eva Perón, y de Eva Perón siendo Eva Perón –agrega–. Hay naturalezas muertas, publicidades, familia, viajes, bautismos, fiestas, rodajes, desnudos, poetas, postales, danza, amigos, retratos”.
Tras un breve periodo de vida rural, en Buenos Aires Annemarie empezó según ella “a practicar un oficio para el que no necesitaba el idioma. Compraba una cámara a la mañana que empeñaba a la tarde para poder hacer las copias durante la noche, venderlas, con esa plata volver a comprar la cámara a la mañana, y así”.
A los diez años de su llegada al país, comenzó a publicar en revistas. Y no sólo llegaría a abrir su propio estudio en Callao y Las Heras, donde también vivía, y que fue clausurado una vez porque exhibió una fotografía con un desnudo de Tilda Thamar en la vidriera. Participó además de la fundación de los fotoclubes en la Argentina, del Consejo Argentino de Fotografía y de la creación de la célebre Carpeta de los Diez. “Era un grupo de colegas que se mandaban sus fotos y se opinaban los unos a los otros sobre lo que habían sacado –explica Mariana-. A veces con elogios y muchas veces, con críticas”.
“Fue mi maestra de una forma muy exótica –dice en el film su discípula Sara Facio, otra pionera de la fotografía en la Argentina, fallecida en 2024-. Nada que ver con dar clases, ni hacerse la maestra ni poner el dedito. Era maestra por todo lo que te transmitía. El amor por las imágenes, por saber cómo estaban hechas. Si había nuevas lentes, si había nuevos formatos”.
“Debería tener menos razones de alegría de vivir, pero hay que vivir”, afirma Annemarie, cuyo marido se suicidó y tuvo un yerno desaparecido, en una de las grabaciones reunidas por su bisnieta. En otra, al recibir un premio, le agradece a Anatole Saderman: “Me ha enseñado a apreciar a las personas que retrataba. Siempre me decía: ‘Hay que quererlos u odiarlos, pero nunca ser indiferentes”.
“Era la mejor fotógrafa, se pasaba horas sacando fotos –asegura Mirtha Legrand-. Sacaba cuando no te dabas cuenta, no le gustaba mucho que una posara. Cuando hacías un gesto o una sonrisa, ahí fotografiaba. Mientras te sacaba las fotos, te iba hablando. Te pedía que cerraras los ojos y los volvieras a abrir, porque decía que la mirada era distinta. Esas cosas de las que solo un artista se da cuenta”.
Ese amor por el trabajo se refleja también en su archivo, a cuyo orden se dedicó durante sus últimos años. “Porque si no se cuida, no sirve para nada”, aseguró en una entrevista televisiva. Ese cuidado, ahora, está en manos de sus hijos. “Hay un dilema al ver qué se hace con ese archivo –advierte Ricardo ante la cámara de su nieta -. En dos aspectos: revisarlo a fondo para ver que hay adentro, significa una estructura física y humana, gente que trabaje en eso. No podemos ser Alicia ni yo, porque no nos alcanza el tiempo. Y por el otro lado: ¿Quién se va a hacer cargo a posteriori de este archivo, que tiene mucho valor histórico?”