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Las grandes crisis en la historia de la humanidad han sido sucedidas por cambios bruscos en el estado de cosas a nivel internacional. Podemos verlo en la Guerra de los Treinta Años y la consecuente Paz de Westfalia de 1648, que organizó Europa bajo el concepto de la soberanía nacional. También aparece tras el gran shock que produjeron las ambiciones napoleónicas en el siglo XIX y el posterior Congreso de Viena de 1815, en el que las potencias conservadoras de Europa se pusieron de acuerdo en una especie de Concierto Europeo para evitar este tipo de expansionismos en el futuro.

Más adelante en el tiempo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) activó el complejo entramado de alianzas concertadas en el siglo previo, producto del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. Tal fue el cimbronazo de las estructuras preestablecidas, que no bastó la Primera, sino que también hubo una Segunda Guerra Mundial (1939-1945), de la que se salió bajo la premisa de nunca más incurrir en un conflicto bélico a escala planetaria: surgieron la Organización de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para resolver las controversias mundiales de manera pacífica.

A pesar de estos esfuerzos, el auge de dos sistemas incompatibles entre sí, como el capitalismo y el comunismo, conllevó 45 años de disputas de todo tipo -menos enfrentamiento militar directo- entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Esto se conoció como la Guerra Fría. Tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición del gigante soviético en 1991, se inauguró lo que Francis Fukuyama denominó “el fin de la historia”, donde la lucha de ideologías habría de desaparecer y la democracia liberal se impondría como único modelo para regir las relaciones políticas de la humanidad.

Ese mundo de color rosa se ha visto bajo la lupa una y otra vez, producto de numerosos hechos que fueron socavando su credibilidad: el fracaso de las políticas neoliberales y la supuesta asignación eficiente de recursos por parte de los mercados, los atentados a las Torres Gemelas y la difícil lucha contra el terrorismo internacional, así como la crisis financiera del 2008, pusieron en crisis y en tela de juicio la unicidad del liderazgo á la EE.UU. Desde entonces, han surgido modelos y liderazgos alternativos, que pujaron por la primacía de un multilateralismo global.

Sin embargo, muchos de los actores que han buscado consolidarse como líderes globales (o global players, como se les dice en la jerga de las relaciones internacionales), han sucumbido ante la inestabilidad e insostenibilidad de sus recursos para mantener ambiciones globales: léase Brasil, Rusia, la Unión Europea, Japón… El único actor que constante y consistentemente se ha acercado a la hegemonía norteamericana, es la República Popular China.

Desde 1978, cuando decidiera encarar una serie de reformas de apertura económica, China ha crecido a un promedio de 10% anual del PBI. Antes de esta pandemia, se estimaba que superaría a los Estados Unidos como la economía más grande del mundo para 2030. El lector que no está empapado en estos asuntos, recuerda los antiguos productos chinos, que por lo general eran más baratos, pero de menor calidad. Se tiene el prejuicio de considerar a China como la fábrica del mundo, donde se armaban aparatos, pero no se inventaban.

Esta es la evaluación más errada que se ha podido hacer del gigante asiático. La nueva normalidad la constituye una China con crecientes ambiciones de liderar el mundo en sectores de punta, como robótica e inteligencia artificial. En los últimos cinco años, el país ha sido rankeado dentro del top-10 global en relación a capital humano e investigación, sofisticación de negocios, tecnología y conocimiento. Dejó por detrás a países como Estados Unidos, Holanda, Irlanda, el Reino Unido y Suecia.

El país asiático invierte alrededor de 400 billones de dólares anuales (2,13% del PBI) en Investigación & Desarrollo (I+D), que se traslada a un 40% de las patentes anuales registradas en todo el planeta. Este salto tecnológico empezó a ser visto con creciente preocupación por el gobierno de los Estados Unidos. El mayor temor en las altas esferas de Washington es que esos avances tecnológicos se trasladen a aplicaciones militares.

Asimismo, muchas empresas estadounidenses trasladaron su producción a China para sacar provecho de los bajos costos de la mano de obra. Esto aparejó una enorme oleada de desempleo y cierre de fábricas en Estados Unidos conocida como el "shock chino". Los estados del llamado "cinturón de óxido" en Estados Unidos, el antiguo cinturón industrial que respaldó a Trump en 2016, se llevaron la peor parte. No sorprende que las personas que antes habían abogado por estrechar los vínculos con China, ahora vean con alarma lo rápido que el país asiático les alcanza.

Ante este panorama, se ha optado por una estrategia de confrontación que busque bajar el ritmo de crecimiento chino, ya que Estados Unidos no lo puede seguir. Por ejemplo, se ha adoptado una imposición de altos aranceles a los productos chinos. El acuerdo comercial inicial para dar un respiro a la guerra arancelaria entre ambas potencias, alcanzado el pasado 15 de enero, fue solo un “alto al fuego” momentáneo. Con esta situación de la pandemia, ¿por qué habríamos de esperar una política de colaboración? Esperar ese proceder sería muy ingenuo.

La tendencia que se visualizaba en otras situaciones, se reforzó una vez más. Los EE.UU. miran hacia su ombligo, culpando a China por el brote del COVID-19. Incluso, Trump lo llama “virus chino”. Acusa al Partido Comunista de ese país de propagar el virus desde un laboratorio de Wuhan, de manera sintética. Finalmente, el pasado martes suspendió los aportes de fondos que periódicamente entrega a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Según su parecer, la OMS manejó mal la propagación del nuevo coronavirus y no actuó lo suficientemente rápido como para investigar el virus cuando apareció por primera vez en China en diciembre de 2019.

Mientras tanto, China busca reforzar su imagen de liderazgo en un mundo multilateral. En un editorial de este viernes 17, la agencia de noticias Xinhua tituló: “China urge a los EE.UU. para que deje de politizar la pandemia del COVID-19”. En este escrito, se hace eco de los dichos del portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Zhao Lijian, quien dice que manchar a China no puede ayudar a los EE.UU. a encubrir los hechos y echar culpas porque con eso el virus no se extinguirá, resaltando que la comunidad internacional solo podrá ganar la batalla a la pandemia con esfuerzos concertados.

En otro editorial del mismo medio, fechado 4 de abril, se resalta que el gobierno chino ha donado gran cantidad de mascarillas, kits de prueba y trajes de protección a 120 países y a cuatro organizaciones internacionales. Ante las críticas por su accionar, que ha sido catalogado por expertos como una manera de ganar influencia mundial, ese mismo artículo es tajante: “Como China siempre ha hecho las cosas de manera justa y honesta, nunca está en su agenda hacer de la ayuda una táctica para buscar influencia”. ¿Es así?

Lo cierto es que, en política internacional, no existe tal cosa como una comida gratis. Toda acción a nivel mundial, y más si es llevada a cabo por una potencia como China, posee una intención deliberada. En este escenario, la ayuda de China para enfrentar el COVID-19 es geopolítica, no humanitaria. Busca fortalecer su influencia como actor global. En la misma clave de lectura, Estados Unidos quitó sus fondos a la OMS para hacer ver que el que manda es él. El interrogante es: ¿veremos a una China con liderazgo indisputado en el mundo post COVID-19?

Mi respuesta es negativa. Faltaría un análisis más profundo, pero considero que, en un primer vistazo, hay dos razones contundentes. Primero, el mundo se mueve en dólares. Si no me creés, basta con mirar debajo de tu colchón. ¿En qué moneda ahorrás? Mientras la moneda estadounidense sea la que acapare las transacciones económicas, el gobierno yankee tiene un factor de presión directo sobre sus rivales. Basta con mirar las sanciones económicas que impone para estrangular a sus adversarios.

Segundo, el sistema de creencias, cultura, educación y el ámbito profesional norteamericanos son los más atractivos para cualquiera. ¿Cuál es la primera opción de las clases más acaudaladas para estudiar y trabajar? Estados Unidos. ¿De qué origen son las series, redes sociales y actividades que uno consume diariamente? Mayormente, de Estados Unidos. ¿Qué idioma extranjero decidimos estudiar si queremos expandir nuestras oportunidades? La primera opción es el inglés. Dato de color: la hija del mandatario Xi de China estudió en Harvard.

Que habrá cambios bruscos tras esta pandemia, no lo pongo en tela de juicio. Los primeros pronósticos del informe de Perspectivas Económicas Mundiales (FMI), pronostican la peor crisis desde la Gran Depresión de 1929. Por esta razón, la economía global caerá el 3%, Estados Unidos el 5,9%, la Eurozona el 7,7%, Japón el 4,8% y China apenas crecerá el 1,2%. ¿Habrá nuevo inquilino de la Corona mundial después del virus? No, no lo creo. Al menos, no en el corto plazo. Pero las tendencias de ascenso chino seguirán el mismo curso.

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