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La historia argentina se resume en Dominga Ayala. Ella es un faro sobre el futuro como ningún otro faro y sigue alumbrando, hoy más que nunca, cuando nos están diciendo que se murió. Ni la Bandera ni el Río ni el Sol ni la Minga se mueren, claro está.
Dar, cuidar, agradecer, luchar, ser fiel al barrio y al paisaje. No tuvo poder, no tuvo dinero, tuvo comunidad. Su autoridad emanaba de una correlación sin par entre lo que pensaba, lo que sentía, lo que decía y lo que hacía. Rara avis.

Por Daniel Tirso Fiorotto

Si la hospitalidad ha sido el centro de la vida comunitaria argentina por milenios, como pudo ver y transmitir Marcos Sastre, en Minga Ayala esa cualidad se hizo carne.

Hoy, cuando miles de chicas y muchachos de la Argentina andan a la deriva, sin un retazo de planeta donde plantar una casita y desplegarse, recordamos el día que Minga, con dos metros cuadrados en Puerto Sánchez, cedió uno para la vecindad. En silencio, sin alharacas, ofrecer una piecita al vecino enfermo, un hogar a la niña huérfana. La vida de Minga Ayala es el libro de cabecera de la argentinidad más honda y más ocultada, aunque el apuro moderno lo desplace por cositas efímeras.

La Pachamama quiso agasajarnos, cuando nos presentó una comunidad costera y una fiel exponente de esa cosmovisión guaraní que pronunciamos jopói: manos abiertas mutuamente. Ser vecinos de Minga Ayala y su compañero, Domingo Almada, ha sido uno de nuestros mayores privilegios. Cuántas y cuántos como nosotros sienten hoy ese orgullito manso de haber conversado un rato con Minga.

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Con ella era imposible caer en la falacia del arenque rojo, como se llama al vicio de la distracción, de escaparnos por la tangente. Ella y su familia y su comunidad son testimonios de la vida auténtica, de la jerarquía de valores bien plantada, donde el árbol, el pez, el pájaro, la vecindad, el río, son hermanos sin medida, sin plazos, hermanos que celebramos con la música, con la cerámica, con la poesía; con el rudo trabajo del hacha y la pesca, y celebramos con el silencio de las noches difíciles sostenidas con el amor.

Quiso el destino que la familia le diera el apodo justo: Minga. En ella florecía el trabajo colectivo y festivo, la minga, con naturalidad, sin forzar nada. Cuando Martiniano Leguizamón explica la minga entre nuestros ancestros parece nombrar a los Almada Ayala, y a su vecindad. Con qué gusto le estamos avisando a Marcos Sastre y a Leguizamón que la hospitalidad y la minga no han muerto, como no muere Minga.

Muchos artistas, mucha gente de convicciones solidarias, ecologistas, comunitarias, han expresado de distintas maneras su recuerdo feliz, su homenaje. Y es que era fácil querer a Dominga Ayala, hermanadora por antonomasia, sin mirar pelajes. ¿Nos será fácil, también, seguir esos pasos?

Cuando la modernidad occidental nos apura, nos encierra, y en el apuro perdemos la brújula: he ahí a Minga Ayala, he ahí a las Mingas, las comunidades isleras, orilleras, pescadoras, alumbrando senderos diversos para recuperar la serenidad y el centro.

En un mundo y un tiempo con vicios muy a la vista por el sistema vertical, por el poder, nos gustaría mostrarle hoy a Silvia Rivera Cusicanqui que la mujer/tejido que ella supo señalarnos vuelve con Minga Ayala en este extremo, en esta horqueta de la vida y la muerte, como venas de la misma cuenca; vuelve la mujer /tejido y nos habla de esa trama sin enredos, sin pleitos por intereses sectoriales o espurios.

Claro, el viaje en canoa que la marcó de gurisita en 1940 con sus siete hermanos y sus padres bajando el Uruguay, repechando el Paraná hasta Puerto Sánchez. Claro, su libro, Mujer de la costa, que con tanta dedicación editaron en “170 escalones”. Claro, la Canción de Cuna Costera que inspiró en Linares Cardozo y recorre el orbe. Claro, sus vínculos con los artistas de la pluma, el pincel, la guitarra, y las canciones que compuso y que le compusieron. Uno podría sumar mil de esas facetas múltiples de Minga y nunca llegaría a pintar su condición superior, porque mal hacemos en nombrarla, cuando Minga es comunidad, y comunidad dentro de un paisaje que nos precede, nos abraza y nos contendrá por siempre.

En su voz, la voz de la Pachamama. Lucha y arte, amor al prójimo, amor a la biodiversidad, amor al río y respeto a la naturaleza. Felicidad en el dar cobijo al desamparado, y tristeza en las tragedias que jalonaron una vida intensa.

Nos están avisando que se murió, y nosotros sentimos necesidad de celebrar una vida plena, de comentarle al mundo que el resplandor de esta bella mujer argentina nos está llegando, y llega, sí, a quienes estén dispuestos. Qué lindo es saberse, hoy, de este país sin fronteras de Minga Ayala.

Las disputas del día han quedado en pausa: otro mundo antiguo y tapado puede aflorar, desde los testimonios de las Mingas que nos queman los papeles.

“Paren el mundo, se me cayó el ensueño”, dice un aforismo de Eise Osman. Paren el mundo, se nos murió la Minga. Vamos a escuchar el ritmo de sus remos, vamos a sintonizar, recordando su mirada sincera que nos invita a un mundo milenario: “memoria del futuro”, “futuro ancestral”, dicen Bartomeu Meliá y Ailton Krenak.

El ritmo de sus remos nos devuelve la armonía perdida.

Minga murió en Crespo, donde vivía con su hijo, a los 93 años de edad. Sus restos descansarán en Colón, su ciudad natal.

Encarnación de lo auténtico, encarnación de la palabra suave sin dobleces, Minga Ayala nos está susurrando al oído que la tan mentada revolución empieza en casa hoy mismo, con un hornito de barro para compartir el pan, y algún pescado en la parrilla, si gusta.

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