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El concejal colonense Hermes Roy Liberman (LLA) pidió hacer uso de la palabra en la sesión llevada a cabo este jueves. En su discurso, hizo referencia al crimen que tuvo como víctima a Carlos Altamirano, y en el que se encuentra imputada su expareja, Aitana Challier. “Toda mujer asesinada merece que la sociedad se conmueva, reclame justicia y acompañe a las víctimas. Y precisamente porque creo eso, hoy me veo en la obligación moral de formular una pregunta. ¿Qué ocurre cuando la víctima no encaja dentro de una categoría que genera atención pública? ¿Qué ocurre cuando la persona asesinada no se convierte en una consigna?”, dijo Liberman.

“Hace pocos días nuestra ciudad fue escenario de un homicidio que terminó con la vida de Carlos Altamirano, un joven de 31 años. Frente a ese hecho observé algo que me preocupa. Observé silencio. Un silencio que contrasta con otras manifestaciones que este mismo cuerpo ha realizado frente a hechos similares ocurridos en otros lugares”, cuestionó.

“La vida de un hombre vale lo mismo que la vida de una mujer. Y ninguna circunstancia política, ideológica o cultural debería alterar ese principio elemental. Porque cuando comenzamos a reaccionar de manera distinta según quién es la víctima, corremos un riesgo enorme. El riesgo de construir una sociedad donde algunas muertes generan indignación y otras solamente generan silencio”.

Para el joven liberal, “el reclamo de justicia solamente tiene valor cuando exigimos justicia para todos y la empatía solamente es auténtica cuando no selecciona a quién acompañar”.
Discurso
Quiero comenzar dejando algo absolutamente claro. Toda muerte violenta es una tragedia. Todo femicidio es una tragedia. Toda mujer asesinada merece que la sociedad se conmueva, reclame justicia y acompañe a las víctimas.

Y precisamente porque creo eso, hoy me veo en la obligación moral de formular una pregunta. ¿Qué ocurre cuando la víctima no encaja dentro de una categoría que genera atención pública? ¿Qué ocurre cuando la persona asesinada no se convierte en una consigna? ¿Qué ocurre cuando la víctima no aparece en carteles, no genera declaraciones y no ocupa espacios en la discusión pública?

Lo pregunto porque hace pocos días nuestra ciudad fue escenario de un homicidio que terminó con la vida de Carlos Altamirano, un joven de 31 años. Y frente a ese hecho observé algo que me preocupa. Observé silencio. Un silencio que contrasta con otras manifestaciones que este mismo cuerpo ha realizado frente a hechos similares ocurridos en otros lugares.

Y ese contraste merece una reflexión. Porque si sostenemos que cada vida importa, entonces cada vida debe importar siempre. No solamente cuando la víctima es mujer. No solamente cuando el caso tiene repercusión nacional. No solamente cuando el hecho coincide con una causa que compartimos. Siempre.

La igualdad no consiste en valorar más unas vidas que otras. La igualdad consiste precisamente en lo contrario. En reconocer que toda persona posee la misma dignidad humana y merece el mismo respeto. La vida de una mujer vale lo mismo que la vida de un hombre. La vida de un hombre vale lo mismo que la vida de una mujer. Y ninguna circunstancia política, ideológica o cultural debería alterar ese principio elemental.

Porque cuando comenzamos a reaccionar de manera distinta según quién es la víctima, corremos un riesgo enorme. El riesgo de construir una sociedad donde algunas muertes generan indignación y otras solamente generan silencio. Y yo me niego a aceptar esa lógica. Me niego a aceptar que existan víctimas visibles e invisibles. Me niego a aceptar que existan dolores que merezcan atención pública y otros que merezcan indiferencia. Me niego a aceptar que el valor de una vida dependa de la identidad de quien la perdió.

Por eso hoy nombro a Carlos Altamirano. No para compararlo con ninguna otra víctima. No para quitar importancia a ninguna otra tragedia. Sino para recordar algo que debería unirnos a todos. Que la defensa de la vida solamente tiene sentido cuando defendemos todas las vidas. Que el reclamo de justicia solamente tiene valor cuando exigimos justicia para todos. Y que la empatía solamente es auténtica cuando no selecciona a quién acompañar.

Porque la violencia tiene muchas formas. Pero la indiferencia también. Y las instituciones tienen la obligación de no ser indiferentes jamás frente a ninguna víctima.

Por eso hoy no vengo a pegar un cartel. No vengo con una consigna vacía. No vengo a pedir un gesto simbólico que dure apenas unos días. Vengo a pedir Justicia. Una Justicia que no distinga entre víctimas. Una Justicia que no sea selectiva. Una Justicia que actúe con la misma firmeza frente a cualquier vida arrebatada por la violencia.

Porque toda vida importa. La de una mujer. La de un hombre. La de cualquier persona. Y toda víctima merece el mismo respeto y la misma respuesta institucional. Como enseñaba Günther Jakobs, la pena no puede devolver el bien jurídico lesionado. Ninguna sentencia devolverá una vida perdida. Pero la pena cumple una función esencial: reafirmar la vigencia de la norma y demostrar que en una sociedad civilizada quien viola las reglas debe responder por sus actos.

Por eso, no podemos permitir que la indiferencia reemplace a la Justicia. No podemos permitir que el silencio sustituya la responsabilidad. Garanticemos la vigencia de la norma. Garanticemos que la ley se aplique. Garanticemos que no exista impunidad. Porque una comunidad justa no es aquella que coloca más carteles. Es aquella que deja en claro que toda vida vale, toda víctima importa y que el que las hace, las paga.
Fuente: El Entre Ríos

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