Desde siempre hemos estado disconformes con una desaconsejable práctica: que en las aulas se imparta una instrucción libresca, y por ende teórica, en tanto no resulte acompañada -cuando corresponda- por la ilustración práctica sobre el terreno. Una manera de pretender enseñar, que como es de esperar, no resulta cuando menos del todo provechoso.
Es una situación que se da en el caso de las llamadas ciencias naturales, cuando con la más sana de las intenciones, y con un propósito provechoso, se intenta que tomemos conocimiento de la flora y fauna autóctonas -a la que se debería agregar “exótica”- de nuestro entorno. Es así que se hace memorizar a los alumnos una cantidad de nombres vinculados con especies de plantas y animales, en algunos casos acompañados por la exhibición de ilustraciones, para habitualmente no ser acompañada por excursiones con el objeto de su reconocimiento sobre el terreno donde están implantados, y en el caso de las aves introducirlos en la práctica valiosa del “avistaje de aves” y otras especies, de ser ello posible.
Ello trae como consecuencia lo esperable, ya que no se puede apreciar, ni llegar a querer, lo que se mira pero no se conoce, y en el caso de las aves que tantos chicos se las tomen con ellas a los hondazos, y que al momento de cazar, no se lo haga siempre con el objeto de “llenar la olla”.
Ni hablemos del descuido ante las plagas, ya que ni siquiera se es capaz tantas veces de reconocer lo que es un abrojo.
De allí la importancia que adquieren la existencia de áreas de “mini reservas naturales”, como las que se han creado en San José y en Colón. A las que se trata de rodear de todos los recaudos para que la preservación de especies autóctonas se pueda conciliar con el aprendizaje de los que las visitan, que en el caso de los estudiantes -una vez que estas estén en condiciones de recibirlas con provecho- debería inclusive en su caso, ser obligatoria.
En tanto estamos aquí ante un caso más, de tantas cosas que es posible hacer con una inversión mínima de recursos monetarios, y que no se hacen (¡¡!!).
Una reflexión última: se debe tener en cuenta que cualquier territorio, para que lo podamos sentir auténticamente como nuestro, necesita que lo conozcamos profundamente, ya que recién entonces tomamos de él verdadera posesión, y de no ser así solo revestimos la condición de huéspedes o de meros paseantes.