A las siete de la mañana, Concordia ya está en movimiento. Hay motos que llevan trabajadores a sus empleos, padres que acompañan a sus hijos a la escuela y jóvenes que se dirigen a estudiar. Mayra Arena, comunicadora y analista política oriunda de Bahía Blanca, ha llamado la atención sobre la “moterización”, es decir, el uso creciente de motocicletas para los desplazamientos cotidianos, especialmente para ir al trabajo. Su planteo invita a discutir qué ocurre con una ciudad cuando trasladarse para trabajar depende cada vez más de las posibilidades de cada persona. La moto puede ser una excelente solución para quien la utiliza; lo que no podemos perder de vista es qué sucede con quienes necesitan otras alternativas.
Cuando no todos pueden elegir cómo trasladarse
No todos pueden manejar ni todos están en condiciones de hacerlo. Pensemos en los adultos mayores, las personas con dificultades físicas, quienes no aprendieron a conducir y los niños y adolescentes que todavía no tienen edad para hacerlo. También están las madres, los padres y otros familiares que deben acompañar a sus hijos a la escuela o a una persona mayor al médico. Para muchas de esas familias, un colectivo que pase a horario y tenga una tarifa accesible puede determinar cómo se organiza el día. En ese mismo servicio viajan la empleada de comercio que entra a las ocho, el estudiante y el trabajador que regresa del empaque. No comparten necesariamente sus destinos, pero sí la necesidad de poder circular por Concordia sin depender de un vehículo propio.
La manera en que nos trasladamos también afecta a quienes no utilizan el colectivo. Si aumenta la circulación de vehículos individuales, la ciudad debe considerar la presión sobre sus calles, los posibles embotellamientos, la seguridad vial y la contaminación. No hay datos aquí que permitan atribuir a las motos un aumento concreto de accidentes o congestión en Concordia, pero son aspectos que cualquier planificación seria debe prever. Un transporte público que funcione bien ofrece una alternativa y, cuando lleva suficientes pasajeros, permite aprovechar mejor el espacio de circulación.
Por eso, la discusión no consiste en enfrentar a quienes usan moto con quienes viajan en colectivo, sino en decidir cómo queremos movernos por una ciudad en la que conviven trabajadores, comerciantes, empresarios pyme, estudiantes, adultos mayores y familias con necesidades distintas. Y esa decisión no puede tomarse mirando únicamente el precio del boleto.
La reflexión que plantea Arena adquiere sentido cuando se observa la vida diaria: el trabajador necesita llegar a horario, el comerciante abrir su local, la pyme contar con su personal y una familia acompañar a sus hijos o a sus mayores. Cada uno resuelve sus traslados como puede, pero el transporte público sigue siendo necesario para una parte de la población. Si se vuelve demasiado caro o no responde a los horarios de la gente, el problema no queda encerrado en el colectivo: repercute en la organización del trabajo y de la vida familiar.
Para comprender por qué la motocicleta aparece como una alternativa atractiva no alcanza con observar cuántas circulan. Hay que mirar lo que ocurrió con los ingresos y con el costo de viajar. Esa comparación permite entender el fenómeno sin atribuir a cada comprador una motivación que desconocemos.
Durante 2025 se patentaron en Entre Ríos 19.206 motocicletas y 15.069 automóviles, según los registros que analicé en una columna en este medio publicada en mayo. El dato muestra la importancia de ese mercado, pero no dice cuántas motos reemplazaron viajes en colectivo. Lo que sí podemos comparar, con cifras concretas, es cuánto cuesta trasladarse hoy para trabajar.
El boleto y el salario: dos aumentos que no se parecen
Entre diciembre de 2023 y septiembre de 2026, el salario mínimo, vital y móvil pasó de $156.000 a $383.800, lo que representa un aumento cercano al 146 %. En esos mismos meses, la inflación acumulada fue aproximadamente del 254 %, según los índices del INDEC. Dicho de otro modo, el salario mínimo subió en pesos, pero perdió capacidad para comprar bienes y servicios; lo que antes podía pagarse con un sueldo hoy exige una proporción mayor de ese ingreso. La distancia se amplía cuando observamos algunos gastos esenciales: los precios regulados aumentaron alrededor del 440 % y el rubro vivienda, agua, electricidad y gas, cerca del 569 %.
En Concordia, el boleto urbano se alejó todavía más del salario. La tarifa plana costaba $178,75 en diciembre de 2023, llegó a $780 en agosto de 2024 y alcanzó $1.930 en septiembre de 2026. Es un incremento cercano al 980 %, frente al 146 % del salario mínimo. No se trata solo de que todo esté más caro: viajar en colectivo se encareció mucho más que el ingreso con el que un trabajador debe pagarlo y esa diferencia ayuda a entender por qué el transporte ocupa hoy otro lugar en las cuentas de una casa.
En ese período también cambió el esquema de aportes públicos al transporte. En 2024, la Nación eliminó el Fondo Compensador del Interior, aunque mantuvo las compensaciones vinculadas con los descuentos de la tarifa social. Entre Ríos continuó realizando aportes y en 2025 anunció un nuevo esquema de ayudas para estudiantes y docentes, con participación municipal en el boleto escolar.
El boleto pasó de $178,75 en diciembre de 2023 a $780 en agosto de 2024, un aumento del 336 %. Durante ese período, la Nación eliminó el Fondo Compensador del Interior y el Concejo Deliberante aprobó sucesivas modificaciones tarifarias.
El 1 de agosto de 2024, mediante la Ordenanza N.º 38.372, el Concejo fijó la tarifa plana en $780 y estableció un cambio importante: autorizó al Departamento Ejecutivo Municipal, a través de la Secretaría de Coordinación de Gabinete y Hacienda, a calcular y disponer las futuras actualizaciones cada cuatro meses, aplicando una fórmula basada en la variación de los salarios de los choferes, el gasoil y los neumáticos, con igual peso para cada componente.
Desde agosto de 2024 hasta septiembre de 2026, el boleto pasó de $780 a $1.930, otro 147 %. Así, el aumento acumulado desde diciembre de 2023 llegó a casi el 980 %. Según los propios prestadores, esos aumentos tampoco alcanzaron para resolver las dificultades económicas del servicio y en septiembre de 2026, un representante del sector sostuvo públicamente que los ingresos seguían sin cubrir los costos.
El salario alcanza para muchos menos viajes
La pérdida de poder adquisitivo se entiende mejor si contamos boletos en lugar de porcentajes. Con el salario mínimo de diciembre de 2023 podían comprarse aproximadamente 872 pasajes de tarifa plana; con el de septiembre de 2026, apenas 198. Medida en viajes, la capacidad de compra de ese salario cayó alrededor del 77 %. La comparación se refiere al pasajero que abona la tarifa común; existen descuentos para determinados usuarios y derechos de gratuidad, entre ellos el correspondiente a personas con discapacidad bajo la normativa aplicable, pero para quien paga el boleto completo, el retroceso es difícil de disimular.
Pensemos en una empleada de comercio que trabaja en horario cortado y debe regresar a su casa al mediodía para volver por la tarde. Si realiza cuatro viajes de lunes a viernes y dos los sábados, suma 22 viajes por semana y, considerando cuatro semanas, necesita 88 boletos al mes. Ese recorrido costaba $15.730 en diciembre de 2023; en septiembre de 2026 cuesta $169.840, el 44,25 % de un salario mínimo. Si dos integrantes del hogar tienen esa misma rutina, el gasto mensual alcanza $339.680. No es la situación de todas las familias, pero permite ver lo que los porcentajes esconden: antes de comprar alimentos, pagar servicios o afrontar el alquiler, una parte considerable del ingreso ya tiene destino.
La moto entra en la cuenta
Con esos números a la vista, las ofertas de motocicletas adquieren otro sentido. Cuatro publicidades de Ciudad Moto consultadas el 21 de octubre de 2026 ofrecían modelos de 110 centímetros cúbicos en 18 cuotas fijas, sin anticipo, con patente y casco incluidos, desde $133.000 hasta $166.133 mensuales. Las cuatro cuotas anunciadas son inferiores a los $169.840 del ejemplo de 88 viajes en colectivo. La comparación no significa que usar una moto cueste solamente la cuota ni demuestra las razones de cada compra; muestra, sencillamente, por qué esa opción puede entrar en la cuenta de quien necesita trasladarse todos los días.
La motocicleta permite organizar los horarios con mayor autonomía y llegar a lugares donde el colectivo no siempre ofrece una combinación conveniente. Para algunos trabajadores puede ser una alternativa atractiva, pero una ciudad necesita conservar opciones de movilidad para quienes no conducen, no tienen vehículo o dependen de un servicio compartido y esa convivencia de necesidades es la que debe orientar las decisiones sobre transporte.
¿Qué pasará con el colectivo si cada vez más personas eligen la moto?
Hasta aquí vimos algo que llama la atención: para un trabajador que necesita tomar 88 colectivos al mes, pagar la cuota de algunas motos puede resultar más barato que seguir viajando en colectivo. Es comprensible, entonces, que muchas personas empiecen a considerar esa posibilidad. Pero hay una pregunta que merece atención: ¿qué pasaría con el transporte público si cada vez más trabajadores dejaran de utilizarlo?
Pensemos en algo sencillo. Un colectivo tiene que cumplir su recorrido, pagar el sueldo del chofer, cargar combustible y afrontar el mantenimiento, lleve cuarenta pasajeros o solamente diez. Si cada vez menos personas pagan el boleto, la empresa recibe menos dinero, pero buena parte de sus gastos continúa siendo la misma.
¿Y cómo podría terminar resolviéndose ese problema? Con nuevos aumentos del boleto o una reducción de los servicios. Pero esas medidas podrían provocar justamente lo contrario de lo que se busca: que más personas dejen de utilizar el colectivo porque les resulta demasiado caro o poco conveniente y se entre en un círculo difícil de romper: menos pasajeros, menos ingresos, nuevos aumentos y todavía menos pasajeros.
Y las demoras también cuentan. En abril de 2026 se informó que, en uno de los recorridos urbanos de Concordia, los colectivos pasaron de circular cada 9 minutos a hacerlo cada 18: la frecuencia se redujo a la mitad y el tiempo de espera se duplicó. Para quien debe llegar a trabajar a horario, buscar a sus hijos a la escuela o asistir a un turno médico, esa espera puede ser tan importante como el precio del boleto.
El transporte también define el proyecto de ciudad
Hasta aquí hablamos del precio del boleto, de las dificultades para viajar y de las razones por las que una motocicleta puede convertirse en una alternativa. Pero hay una cuestión que merece una mirada más amplia: la manera en que nos trasladamos no afecta solamente a cada persona o familia, también influye en el funcionamiento de toda la ciudad.
Cuando el transporte público es caro, tiene pocas frecuencias o no ofrece horarios confiables, llegar al trabajo puede convertirse en una dificultad cotidiana. Y ese problema no afecta únicamente al trabajador. También alcanza al comerciante, al empresario pyme y a cualquier actividad que necesita contar con su personal para funcionar normalmente. Las llegadas tarde, las ausencias o la necesidad de reorganizar tareas tienen consecuencias que van más allá del bolsillo de quien paga el boleto.
La moto ofrece una mayor independencia para trasladarse, pero también implica una mayor exposición a las condiciones del tiempo y a los riesgos del tránsito. Un accidente camino al trabajo puede afectar al trabajador y a su familia, provocar ausencias laborales, generar dificultades para el comercio o la empresa y sumar gastos al sistema de salud pública cuando requiere atención hospitalaria.
El crecimiento de Concordia también plantea otro desafío: mejorar y ampliar el transporte público para que llegue a los barrios, especialmente a aquellos más alejados del centro. Las familias necesitan poder trasladarse desde sus hogares hasta el trabajo, las escuelas, los centros de salud y los comercios, sin que la distancia las obligue a depender exclusivamente de una moto o un automóvil. Una ciudad que crece necesita un transporte público que acompañe ese crecimiento, con recorridos, frecuencias y horarios acordes con las necesidades de sus habitantes.
Concordia necesita un proyecto de movilidad, no soluciones aisladas
La experiencia de las ciclovías en Concordia deja una enseñanza que no deberíamos ignorar. Promover el uso de la bicicleta es positivo, pero los cuestionamientos sobre algunos tramos muestran que una buena intención no garantiza una buena decisión. Planificar exige conocer las características de nuestras calles, escuchar a quienes las utilizan y evaluar si las medidas adoptadas realmente mejoran la circulación.
El transporte público plantea una discusión todavía más profunda, pues cuando viajar en colectivo puede costar más que la cuota de una motocicleta, tenemos motivos para preguntarnos qué está ocurriendo con un servicio que debería facilitar la movilidad de la población. Y si cada vez más familias optaran por resolver sus traslados con un vehículo propio, podríamos encontrarnos con una paradoja: menos pasajeros para sostener el colectivo y mayores dificultades para quienes siguen dependiendo de él. Es aquí donde la política debe demostrar que tiene una visión de ciudad y no solamente respuestas para los problemas del momento.
Concordia necesita un proyecto de movilidad que integre colectivos, motocicletas, automóviles, bicicletas y desplazamientos a pie; que acompañe el crecimiento de los barrios y facilite el acceso al trabajo, la educación y la salud. No para enfrentar a quienes eligen la moto con quienes utilizan el colectivo, sino para ofrecer alternativas reales, seguras y económicamente accesibles.
Las motos de las siete de la mañana muestran a una Concordia que trabaja y encuentra la manera de llegar a destino. Pero también nos dejan una pregunta que merece una reflexión colectiva: ¿estamos construyendo una ciudad donde las personas puedan elegir cómo trasladarse, o nos estamos acostumbrando a que cada familia deba encontrar su propia solución? Porque una ciudad no mejora su movilidad solamente cuando sus habitantes consiguen llegar a destino, sino cuando logra que trasladarse deje de ser un problema que cada uno debe resolver por su cuenta.