El verde recibió un lavado de cara en el entretiempo y para el final del tercer cuarto ya lo estaba ganando. Las pelotas empezaron a entrar y abajo del aro el montañés Doblas fue el animal que acostumbra. La diferencia, de ahí en adelante, sólo creció.
Últimos segundos, diferencia de 7, contraataque del local ante el sentenciado uniforme celeste y el dominicano Mendoza le sirve la pelota en bandeja al pibe Catani que, sabiendo que en los 43 segundos de juego que le tocaron en la noche sólo iba a tener una oportunidad para demostrar, la vuelca con furia. El partido ya estaba ganado, los puntos eran de adorno, pero todo el plantel festeja con algarabía. Después del volcadón suena la chicharra y todos felicitan al de las inferiores. Uranga lo abraza, se queda un rato más largo con él, le cuenta algún chiste y se va a saludar a los demás. Un minuto después el equipo completo se sumía en un pogo circular que coincidía con el trazo del centro de la cancha.
30 minutos después me encontré comiendo papas fritas en la rotisería del club, ubicada justo enfrente de la cancha. Las sillas de madera pintadas de blanco, los manteles que coincidían con ellas en el más pulcro y brillante de los colores, los adornos simples y la atención al público sin vueltas ni exhuberancias daban la impresión de ser un restaurante de barrio, de esos que no pertenecen a su dueño sino a su clientela. Entre el blanco de las paredes se confundían recortes de diarios enmarcados en cuadros simples y que hablaban del Estudiantes campeón de fútbol; de la vez que su extranjero estrella y campeón de la NBA posó junto a la represa para la biblia deportiva de entonces, El Gráfico; del mítico ascenso a primera hace muchísimos años y de muchas otras cosas más que mi vista no distinguió por estar sentado en el rincón, solo.
Cuando llegué eramos diez personas, pero al rato arribaron madres con niños, familias e incluso dos tipos de traje que se intuían ser parte de la delegación salteña. De repente irrumpe a través de la puerta de madera un afroamericano de pelo enloquecido que recibe el aplauso de toda la sala. Anthony Smith sonríe, se siente a gusto, agradece. Los de la mesa de roedores le piden una foto y accede, un niño le solicita lo mismo, otros dos también. El de Oklahoma finalmente se sienta en la tercer mesa contando desde la puerta, solamente acompañado de tres sillas vacías.
Cinco papas fritas después los aplausos regresan y abrazan a uno mucho más alto: un tal Zvonko Buljan. El pobre croata sonríe y, al llegar al mostrador, hace un esfuerzo por caber en el marco y no ser tapado por el posacopas. Arrecostado en la tarima le habla a Anthony y, al ratito, se sienta con el. Los dos solos conversan y, salvo por la foto que le pidieron las chicas de la última mesa, se transforman en un vecino más, un miembro de la familia.
Entre sal y agua la bandeja se vaciaba y nada hacía parecer que había dos jugadores profesionales de básquet, integrantes de uno de los dos equipos argentinos que participarían en las semifinales de la Liga Sudamericana, entre nosotros. Ya el año pasado era normal cruzarse a Slider o a Justiz Ferrer caminando en dirección al gimnasio de Bolivia y Mitre y, salvo por su altura (sobre todo la del cubano), uno no se enteraba que eran parte de la élite que depositó en el segundo lugar de la crudísima Conferencia Norte al verde concordiense. La gente pasa en auto, los reconoce, pero los ve tan seguido en todos lados que simplemente les dirige una sonrisa y siguen su camino. Es normal estar en la plaza 25 y ver a Orresta paseando el perro junto a su novia, también es normal ir al boliche y encontrarlo a Vildoza. Nadie los molesta, son uno más, y no porque no se los reconozca.
Sobró cuarta bandeja, la porción era muy grande para mí. Me terminé la botella de agua, bajé los cuatro escalones, llegué a la calle. Enfrente el portón del estadio continuaba abierto, las luces que alumbran el parquet estaban apagadas y había algún chico jugando en la cancha de los grandes. En la vereda, bien al lado de la salida, Uranga y Catani cuentan chistes y anécdotas del partido junto a tres pibes del club. El único indicio de que allí hubo básquet de altísimo nivel era la traffic de transmisiones de Salta Basket que continuaba estacionada y que servía de soporte a uno de los amigos del ex Echagüe. La calle ya estaba desierta, los hinchas se habían ido, y mientras caminaba todo se transformó en una noche más.
¿Sentirá el jugador ese aura especial? Porque en Concordia no sólo uno se alegra por el club sino por el deportista. "Vamos gordo, la próxima sale" le gritan a Domínguez, los aplausos bajan con los robos de Orresta, la tribuna enloquece con el mínimo intento de remontada y todo contagia tanto que el comeback termina sucediendo.
En la capital del citrus casi no hay forma de ganarle a Estudiantes, ni siquiera una ventaja en contra de 20 detiene a los jugadores porque tienen un empuje y un sentido de pertenencia increíble para ser todos completamente ajenos a la ciudad. ¿Habrá algo que los ata? ¿Existirá una mística especial en la segunda ciudad más pobre del país? ¿Por qué Orresta no deja de renovar, por qué Tucker se saca una foto arriba de la Gilera de un hincha, por qué Malara se fue a un equipo que peleó por no descender del TFB con tal de quedarse en Concordia? ¿Habrá, en este lugar ignoto para el mundo entero, algo que hizo que Nikola Jeftic deje de portada de Facebook una foto de la ciudad aún varios meses después de haberla abandonado?
Y aún cuando en todo el país basquetbolístico el nombre "Estudiantes" es sinónimo de "equipo complicadísimo", un enorme porcentaje de la ciudad no se entera de su existencia, de sus logros, de la jerarquía a nivel nacional de ese bastión ubicado en San Luis y Santa María de Oro. Y quizá sea mejor así. En el verde hay normas implícitas: no se putea a los jugadores, se va a la cancha a disfrutar el hermoso regalo de tener un club en la máxima categoría y todos los que visten la camiseta, sea cual fuere el resultado final, dejan todo. Eso es innegociable.
Qué feo sería que, a causa de una campaña en búsqueda de más fama y convocatoria, se termine gestando un grupo negativo que agreda a los jugadores por perder de local con La Unión de Formosa. Si la tribuna estuviese copada de gente así sería muy difícil que Smith y Buljan vayan a la rotisería después del partido, que Orresta camine por la calle, que Vildoza vaya al boliche. Dejarían de ser uno mas para pasar a ser los señalados por buenos o por malos, ya no serían vecinos sino ídolos o enemigos. Perderían ese aura que los protege, que los mima. Y mientras le saco el candado a la moto me doy cuenta de que no es tanto misterio, no hay que preguntarse tanto, la respuesta es simple: no hay nada más lindo que pertenecer a una familia.