Por Roque Guillermo Benedetto (*)
Hay una paradoja difícil de ignorar. El hombre que esta semana sacudió la política argentina es alguien a quien la enfermedad le fue quitando casi todo movimiento. Desde 2021 convive con ELA, que le afectó la motricidad y la voz. Sin embargo, le bastó una carta para decir lo que muchos, con plena salud y mucho poder, no se animan: que no todo puede justificarse en nombre de la conveniencia.
Bullrich no se fue por un cargo ni por una candidatura. Se fue porque permanecer implicaba aceptar silencios que ya no podía sostener. En su carta dejó dos frases que deberían incomodar a toda la política: que las organizaciones revelan su verdadera identidad en aquello que deciden justificar, tolerar o defender, y que el verdadero liderazgo no nace del poder ni del éxito electoral, sino de la coherencia entre los valores que proclamamos y las acciones que elegimos cuando esos valores son puestos a prueba.
Ahí está el fondo. La política verdadera no empieza cuando alguien gana una elección, sino cuando está dispuesto a pagar un costo por lo que cree. Y hay un detalle que vuelve más limpio el gesto: Bullrich no tenía nada que ganar. No disputa un cargo, no encabeza una lista, no construye una candidatura. Precisamente por eso su renuncia no admite la sospecha de cálculo que hoy persigue a casi todo acto público. Cuando alguien que ya nada espera para sí elige, igual, poner un límite, ese límite habla solo.
El caso Adorni fue el detonante, pero el mensaje es más amplio. Ya lo habíamos visto con el caso Insaurralde: cuando la política se aleja de la ejemplaridad —el lujo obsceno, la sospecha patrimonial, la protección corporativa—, la sociedad lo percibe de inmediato. Y se cansa. Se cansa con razón.
El problema es qué hacemos con ese cansancio. Una sociedad cansada puede exigir mejores dirigentes o puede entregarse al cinismo. Puede distinguir entre la buena y la mala política, o repetir que “son todos iguales” y dejarles el terreno libre a los peores.
François Dubet llamó a este tiempo “la época de las pasiones tristes”: un momento en el que la frustración y el resentimiento ocupan el lugar que antes tenía la esperanza. La advertencia es sencilla: cuando la política deja de construir sentido, otros se ocupan de organizar el enojo. Y el enojo, a diferencia de la esperanza, no necesita propuestas; le alcanza con un culpable.
Ese es uno de los riesgos de este tiempo: que la indignación reemplace a la acción, que el escándalo tape la discusión, que el grito le gane a la propuesta, que la política se vuelva un concurso de agravios donde ya no importa qué se hace, sino a quién se humilla.
Por eso el gesto de Bullrich importa. No porque haya que coincidir con sus ideas ni porque venga de un partido determinado, sino porque, en medio de ese ruido, hizo algo simple y raro: puso un límite. Y poner un límite, en política, también es una forma de educar.
Tal vez por eso su historia toca otra fibra. Antes de dedicarse a la política, Bullrich dio clases de matemática a chicos en contextos vulnerables. En mi casa esa palabra tiene un sentido cercano: Roxana, mi esposa, es profesora de matemática. No hago una comparación personal, porque sería desmedida. Digo algo más humilde: quien se para frente a otros para enseñar sabe que no trabaja solamente con números, fórmulas o programas. Trabaja con futuro.
“Abandono los honores, pero no la lucha”, dijo Bullrich al dejar su banca. Esa frase me hace pensar, desde Concordia, en Sergio, rector jubilado de una escuela secundaria cercana a la terminal de omnibus. Sergio dejó el cargo, pero no la vocación. Podría haberse retirado del todo, mirar desde lejos, dar por cumplida su tarea. Sin embargo, sigue ayudando desde donde puede para que más chicos continúen sus estudios. También él sabe decir verdades incómodas, de esas que obligan a pensar.
No es lo mismo, claro. Pero hay algo común: servir no siempre depende de tener poder, banca o nombramiento. A veces servir es sostener una convicción cuando ya nadie te obliga. Es seguir poniendo un granito de arena porque uno cree, de verdad, que una oportunidad a tiempo puede cambiar una vida.
Y ahí pienso en Concordia. Pienso en mis hijos —Florencia, Victoria y Carlo— y en los hijos de tantos otros. No como recurso emotivo, sino como una preocupación concreta: ¿qué ciudad les estamos dejando? ¿Una donde estudiar, trabajar y proyectar una vida sea posible, o una que los forma para que después tengan que irse?
Hace unos días, un amigo, Néstor, me recomendó la obra póstuma de Almudena Grandes, Todo va a mejorar. El título me quedó dando vueltas. Parece una promesa, pero también puede ser una advertencia: nada mejora por repetir que va a mejorar. Mejora cuando alguien dice la verdad, cuando alguien se anima a incomodar a los propios y cuando la política deja de administrar ilusiones para hacerse cargo de la vida real.
Esa pregunta no tiene partido. No es del PRO, del peronismo, del radicalismo, del comunismo, del frente grande, de La Libertad Avanza ni de ninguna fuerza en particular. Es anterior a cualquier boleta. Es la razón por la cual la política existe.
Quizás esa sea la enseñanza más necesaria de este tiempo: no destruir toda la política, sino aprender a distinguir. Separar al que se sirve del Estado del que intenta servir desde el Estado. Separar al oportunista del que todavía cree en una causa. Separar el cálculo de la conciencia.
Porque la política no existe para organizar bandos eternos. Existe para que los jóvenes no hereden solamente enojo y cinismo, y para que una ciudad como Concordia no se conforme con despedir a sus hijos, sino que pueda ofrecerles motivos para quedarse. Esa es la buena política: la que no grita, la que no se exhibe, la que no se arrodilla ante la conveniencia. La que sirve.
Por eso, tal vez, Todo va a mejorar no sea una promesa, sino una responsabilidad. Y empieza por algo tan modesto como difícil: no acostumbrarnos a justificar lo injustificable.
(*) Contador Público, Abogado y Escribano.