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¿Son los tigres asiáticos el modelo a seguir?
¿Son los tigres asiáticos el modelo a seguir?
¿Son los tigres asiáticos el modelo a seguir?
Sería ilusorio imaginar que, por más bien diseñado que esté, un cambio de política económica mediante el cual se busca alterar una estructura de producción y funcionamiento que era en apariencia inamovible, podría haber sido implementado sin generar fricción alguna.

El plan económico de la administración Milei parece bien pensado, al menos desde el punto de vista de la teoría. Es el tipo de modelo que permitió a los países que no flaquearon en implementarlo dejar de ser emergentes y pasar a ser desarrollados. Es el ejemplo de los tigres asiáticos en la segunda mitad del siglo XX. Modelos enfocados en potenciar las ventajas competitivas propias, pelear por mercados con el resto del mundo en condiciones favorables, y generar saldos exportables crecientes con los que reducir la dependencia externa. Hoy en día es claro que en esos países el progreso acabó por extenderse a la mayor parte de la sociedad.

El modelo económico en gestación en Argentina persigue un norte similar: que los sectores en los que el país se destaca, sobre todo aquellos relacionados con sus riquezas naturales, sean capaces de atraer el capital necesario para desplegar todo su potencial. No eran pocas las dificultades tributarias, cambiarias, de incentivos mal puestos, entre otros, que durante décadas extrajo capital de los sectores más productivos para entregarlo a los sectores protegidos, poco competitivos.

Si alguien imaginó que el cambio podría ser inocuo, era un iluso. Como a diario leemos en distintos análisis económicos, el modelo genera ganadores y perdedores: sectores primarios vs. industria, interior vs. Gran Buenos Aires, capital vs. salarios. Sectores que antes eran vistos como fuente de exacción fiscal, para subsidiar a sectores menos productivos, son ahora los beneficiarios explícitos del cambio de régimen.

El Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) es la manifestación más pura del cambio de matriz productiva que pretende el Gobierno. Con menos ahínco, la paulatina reducción de retenciones a la exportación de productos agrícolas va en la misma línea. Los críticos destacan sólo los defectos del RIGI, que otorga incentivos fiscales importantes a aquellos proyectos que inviertan más de 200 millones de dólares y generen ingresos de exportación como fruto de esa inversión.

Pero lo cierto es que, además de generar beneficios macroeconómicos observables desde su arranque, el régimen ha servido para poner en blanco sobre negro las inconsistencias de la matriz productiva anterior. Se critica que el esquema parece direccionado a la minería y el petróleo y gas de Vaca Muerta. Pero la respuesta es sencilla: los proyectos del RIGI se concentran en esos sectores por la sencilla razón de que son esos los sectores que atraen capital y son capaces de generar exportaciones. Los sectores en los que corremos con ventaja contra el resto del mundo.

Los incentivos han generado un salto exportador en poco tiempo. Comienza a parecer posible dejar atrás la histórica falta de dólares que restringía nuestro desarrollo (la “restricción externa”). En Argentina nunca sabemos en qué terminará la cosa, pero la crítica técnica parece perder potencia a la luz de los resultados. Queda la crítica política a la filosofía subyacente al RIGI (favorecer el fluir del capital hacia los sectores competitivos, en desmedro de los necesitados de subsidios o protección). A esta crítica le tocará esperar hasta octubre de 2027.

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