Por Daniel Tirso Fiorotto (*)
El 2 de noviembre se conmemora el Día internacional para poner fin a la impunidad de los crímenes contra periodistas. Una jornada propicia para reflexionar sobre un oficio insoportable para los déspotas. La censura, los diversos atropellos, los asesinatos, son moneda corriente en el mundo, y en la Argentina predomina el agravio presidencial.
El poder en cualquiera de sus formas tiene un problema de piel con el periodismo en su diversidad. Eso no equivale a andar desenvainando a cada rato. Pero tener conciencia de la incompatibilidad evita confusiones y frustraciones.
Las formas de soborno y de censura son interminables. Apenas logramos frenar unas, aparecen otras, y a veces se camuflan bien, cuando les conviene al poder político, al medio masivo, al empresario, al periodista mismo, aunque la víctima sea la comunidad toda y principalmente la verdad.
El sistema del presidente Javier Milei consiste en intimidar. Meter miedo es un método viejo y usual, pero en Milei exacerbado al punto del ridículo.
La reunión de todos los ataques verbales del presidente a los periodistas daría, sólo eso, para echarlo. Porque una persona con un poder casi absoluto, por el manejo de fondos públicos, policías, “inteligencia”, militares (y tan dispuesta a atacar a profesionales de un rubro como la comunicación), ejerce una violencia de consecuencias incontrolables.
Milei llama a odiar a los periodistas. NOLSALP, escribe y repite. “No odiamos lo suficiente a los periodistas”. Eso lo desautoriza para cualquier función pública. No califica ni para concejal.
¿Por qué la sociedad ha soportado semejante atropello? Porque la oposición también atacó al periodismo a su turno, y buscó amordazarlo, desacreditarlo y comprarlo por muchas de las vías a su alcance. La acumulación de arbitrariedades nos llevó a este sujeto odiador serial. Y no es común escuchar en ninguno de los atropelladores del periodismo una autocrítica. “Perdón” no figura en sus diccionarios.
Todos siguen en guerra y sosteniendo sus relatos falsos. Entonces dejan la impresión de que los periodistas debemos encolumnarnos con unos o con otros, entrar en el engaño del paralogismo: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
Matar al mensajero
En lo que a censura y atropellos se refiere, el enemigo de mi enemigo puede no ser mi amigo, sencillamente porque de las mil formas de amordazar y amedrentar, unos usan diez, y otros usan diez distintas, pero todas con el mismo fin: matar al mensajero. En ciertos casos, literal.
Se suma a esto que algunas acusaciones vertidas desde el poder se basan en medias verdades, como toda buena mentira.
Hay medios tan a merced de corporaciones, grupos financieros o políticos, intereses subalternos, que dan pie a la generalización fácil.
Los periodistas apretados, perseguidos, censurados, en realidad son una porción mínima del gran mundo del periodismo bajo ataque. No pocos fueron desplazados antes, por un sistema estrangulador y a la vez naturalizado. Las víctimas de los atropellos son más que las que aparecen. Algunos de quienes se dicen insultados por el poder están en los medios porque ya calzaron en el sistema; y son más aquellos que, mucho antes, fueron ladeados como chiripá. Es decir: erradicados del rubro, no hay modo ya de insultarlos o de censurarlos. En virtud de no hallar espacios, se dedican a otra cosa: comunicación institucional, docencia, comercio, por ejemplo.
Dicho esto, se entenderá el grave problema que padece la Argentina, con un agraviador serial en la presidencia, y con la tolerancia de sus aliados que reducen su violencia a un rasgo personal, nada más. Hacen lo mismo que los amigotes de aquel boxeador de fama, que festejaban sus golpes aquí y allá, hasta que el hombre mató a su mujer.
No sabemos qué tienen que esperar los aliados de Milei para decirle en la cara a su jefe lo que dicta la lógica: no queda otro camino que revertir su tendencia a los atropellos y pedir disculpas a todos los agraviados. ¿No se animan? ¿Y aceptarán entonces su complicidad, cuando, en vez del desagravio necesario, el odiador abra otras puertas posibles? ¿O intentarán despegarse cuando sea tarde?
“Una palabra saca otra y esta otra saca el cuchillo”, dice la poesía de Amaro Villanueva.
El abuso de autoridad no es, para nada, una exclusividad de Milei. Distintos gobiernos, distintos colegios profesionales, empresarios, y hasta sindicatos de trabajadores suelen censurar. Poco importa la verdad, poco importa la autenticidad del periodismo: lo que importa es que diga lo que el poder necesita en ese momento y en ese lugar. Si el periodista no se inclina, será cancelado.
Periodistas palestinos
Estamos diciendo esto porque en la Argentina nos quejamos de censuras, insultos, presiones, precarización, pero no es habitual la matanza de periodistas. El estado de Israel ha matado más de 250 periodistas en dos años (la mayoría palestinos). Los periodistas son algunas de las múltiples víctimas de los crímenes de lesa humanidad de Netanyahu y su banda.
En nuestro continente, México cuenta casi un periodista muerto por mes debido a la indolencia del estado, y en más del 90 % de los casos con impunidad. Sheinbaum conocía la gravedad de este flagelo al momento de asumir y prometió revertirlo, pero sin determinación. Sí, es el país de la región más peligroso para la prensa.
Pero los crímenes de Israel, la indolencia de México o Haití, son apenas las puntas del iceberg. Lo mismo, las bravuconadas de la Argentina; incluidas denuncias contra los periodistas, lesiones policiales en las protestas, y ataques al estatuto que regla el oficio.
Días atrás, el futbolista Mbappé hizo un chiste sobre un prócer chino. Como consecuencia, el estado y las empresas chinas lo cancelaron a él y a todos los emprendimientos añadidos. Cuando debían informar sobre él, en un listado de posibles galardonados con un premio, en vez de Mbappé se leía “persona no encontrada”. Más ejercicio del despotismo no se consigue.
La intolerancia a las expresiones está a la orden del día, la censura se cuela por todos los agujeritos, los poderosos hacen blandir sus espadas como un modo de amedrentar. Que sirva de escarmiento: yo digo quién es el prócer, y quien ose una refutación, o siquiera un chiste, recibirá una sanción absolutamente desproporcionada, para que a nadie se le ocurra siquiera. Si eso le pasó por una broma, cómo será si se atreve a una declaración contraria al régimen.
El poder, aquí y allá, genera una red que garantiza cierta estabilidad, cierta tranquilidad, al que calla y obedece. El poder premia a los obsecuentes. Y los periodistas, sus instituciones sindicales, o los empresarios de medios, no hemos tejido una red capaz de contener a los díscolos. Así es como los poderosos tienen el camino allanado. Les resulta sencilla, sin costos, la arbitrariedad.
Gaillard: un compromiso
Los entrerrianos somos responsables, como pocos, de custodiar la libertad de expresión porque experimentamos uno de los ataques más feroces contra el periodismo en aquel verano de 1907 cuando la víctima directa fue Julio Modesto Gaillard. El joven carrero murió degollado a orillas del arroyo Santa Rosa, por trasladar una imprenta. Con el paso de los meses, la misma comunidad de Villaguay juntó fondos para devolver al periodista Antonio Ciapuscio su imprenta. Todo un mensaje histórico.
Pocas décadas antes, el periodismo entrerriano había hecho pata ancha frente a los poderes diversos y se había resistido a la guerra contra el Paraguay. De ahí que le calzaran el mote de “paraguayista” y “yerbócrata”, que hoy aceptaríamos a mucha honra.
Las Naciones Unidas tomaron el 2 de Noviembre como fecha para advertir sobre la impunidad en los crímenes contra periodistas, porque un día así de 2013 (hace hoy 13 años) fueron secuestrados y ejecutados en Malí dos periodistas franceses: Claude Verlon y Ghislaine Dupont.
(*) Publicación original en UNO.