La persona de Lázaro Báez se hace presente en todas ellas. No como actor, sino como el reprobable motivo de desvergüenzas ajenas. No porque Lázaro Báez no sea en sí mismo un motivo de vergüenza, aunque casi con seguridad personalmente carece de ella; o de no ser así, le importa poco y nada el no poder abrigar ese sentimiento, que el primero que lo tuvo, a estar a las enseñanzas del libro, fue no otro que Adán, el primer hombre.   Ya que de lo que hay que hablar es de la vergüenza de la que debemos ser conscientes y que provoca el estado de nuestra sociedad. Porque llegar a avergonzarnos por nuestro comportamiento y por la imagen que exhibimos ante el mundo, es el primer paso para que, a través de una vergüenza asumida como tal, podamos recuperar la autoestima perdida y de allí en más comenzar una verdadera remontada de nuestra sociedad que no se dará sin ella.   Por los frutos los conoceréis, da a entender claramente una enseñanza evangélica. Y entre esos frutos de la desvergüenza que en nuestra sociedad imperan, está esa justicia, que a la vez es también una desvergüenza; que después de tener sometido a juicio y privado de su libertad, en lo que era un anticipo de su condena, a Lázaro Báez, no ha llegado a dictar en su contra ni una sola condena, por delitos por él cometidos y que resultan probados sobreabundantemente.   Y también el escrache del que acaba de ser víctima el mismo Lázaro Báez, en circunstancias conocidas, el que el ser explicable, no impide que sea también una desvergüenza, ya que es una manifestación de un odio que no solo es la muestra de una sociedad enferma, entre otras cosas por su desvergüenza, sino que a la vez da cuenta de muchos enfermos por esa causa, que parecen estar extendiéndose entre nosotros como una mancha venenosa.   ¿No ha llegado la hora de que empecemos otro tipo de siembra, en la que los frutos sean de una naturaleza opuesta?