Ocurrió en la calle, como tenía que ser, en una escena bien de barrio, expresión cabal de vida comunitaria. Sin discursos preparados, con la espontaneidad que brota del corazón, uno tras otro, los vecinos fueron testimoniando que Andrés Servin está más vivo que nunca.
“Pasaron 12 años y la gente todavía lo llora”, se asombró una joven que presenció el emotivo momento, este martes 3 de noviembre por la noche, frente al templo de Gruta de Lourdes en Concordia, en un nuevo aniversario del fallecimiento de quien fuera párroco por más de cuatro décadas.
Cada intervención no hacía otra cosa que describirlo en cuerpo y alma a ese cura que caminó junto a su pueblo, forjando un vínculo que ni siquiera la muerte pudo romper. Si algún turista, que nada supiera de él, hubiese presenciado el momento, seguramente habría concluido que se estaba recordando a un hombre santo. No un “santo oficial”, digamos, pero sí un “santo de la puerta de al lado”, como decía el Papa Francisco.
La gente parada en la calle y el Padre Cristian Arévalo, actual párroco de Lourdes, encabezando la celebración desde la vereda, recreando quizá situaciones parecidas que habrá vivido en su infancia, junto al padre Andrés, que lo acompañó en sus primeros pasos de su vocación.
“Te doy gracias Señor porque a través del Padre Andrés pude experimentar el amor de Dios, el perdón, y su incondicional acompañamiento en los momentos más difíciles”, expresó una señora mayor, visiblemente emocionada.
“Le doy gracias a Dios y al padre Servín porque sigue estando su espíritu acompañando a toda la comunidad. El padre sigue obrando acá”, dijo un hombre, con la voz quebrada.
Otra mujer, resumió de forma maravillosa lo que el sacerdote significó para su vida: “Gracias a Andrés descubrí realmente el amor de Dios”.
Otro vecino agradeció a Andrés “tantas horas dedicadas a la escucha profunda, como si solamente estuvieras para uno, y porque nos conocías a cada cual por su nombre”.
Una señora recordó a aquel cura que mucho antes de que el Papa Francisco hablara de la “iglesia en salida” no se quedaba encerrado en el templo ni tampoco esperaba a la gente, sino que iba a su encuentro: “Andrés siempre andaba en la comunidad, en los barrios, ya sea en Gruta y en el exAeroclub, cuando algo pasaba, alguien enfermo o que había algún chico en problemas. Él iba a verlo, veía a la familia, auxiliaba a todos. Con el padre Temón recorrían todo cuando venían las crecientes”, recordó.
No faltó quien recordó los incansables esfuerzos del cura Andrés para finalmente lograr que se construyera la Defensa Sur: “Doy gracias a Dios y al padre Servin por la obra. Gracias a eso no nos inundamos más”.
No menos impactante resultó que un vecino recordara la forma en que Andrés construyó una comunidad no alrededor del “cura” sino centrada en Cristo en el hermano: “Le doy gracias a Andrés por haber construido una comunidad seguidora de Jesucristo. No seguidora del clero, de un cura, sino que sigue permanentemente a Jesucristo y ve a Jesús en cada uno de los hermanos necesitados y esa comunidad de Lourdes sigue viva y sigue haciendo obras. Él fue quien nos transmitió ese amor por la palabra y ese amor por esta comunidad”.
Un hombre describió el momento en que le fue a contar un problema: “Me escuchó y me dijo ‘¿por qué no viniste por acá si sabés que soy tu amigo?’ Él tenía ese sentimiento espiritual de ser padre de todos y amigo hasta de sus enemigos, hacia los cuales tenía siempre un cachito de consideración, no los condenaba sino que los animaba a convertirse. Hay muchos acá a quienes animó a convertirse, los aguantó, los soportó, y también, en los últimos tiempos, les pidió perdón y los invitó a que vuelvan a la comunidad, que él quería recibirlos, los llamaba a la conversión”.
Otra vecino revivió aquel instante en que Andrés lo llamó: “Hace 35 años él me metió acá (señalando el templo). Y nunca más me separé de Gruta. Antes yo pasaba por la vereda de enfrente de la parroquia y él un día me llamó y me metió. Hasta mi muerte le voy a estar agradecido”.
Otro de los presentes recordó cuando llegó a Concordia proveniente de Corrientes, sin conocer a nadie, con una carta del gran sacerdote correntino Julián Zini dirigida a su amigo Andrés Servin y fue así que recaló en Gruta para nunca más irse.
También Arévalo aprovechó para recordarlo y destacar las “largas charlas” que tenían mientras él estaba en el seminario.
Tras terminar el Responso y la bendición, el cura celebró una misa en la que aprovecharon para recordar a Andrés y lo hicieron con las canciones “que a él más le gustaban”.