Un beso a la tierra salteña
Aquel lunes, Salto amaneció bajo un cielo gris y un aire fresco, pero la calidez del pueblo salteño compensó el clima. A las 10:15 de la mañana, un Boeing 737-200 de la aerolínea PLUNA (especialmente decorado con el escudo papal) aterrizó en el Aeropuerto de Nueva Hespérides.Al bajar la escalerilla, Juan Pablo II repitió su gesto icónico: se inclinó y besó la tierra salteña. Fue recibido por el intendente Eduardo Malaquina y una comitiva que lo escoltó en el “Papa Móvil” a través de una ciudad volcada a las calles, decorada con banderas blancas y amarillas.
Humildad y multitud
El escenario de la celebración fue el Parque Mattos Neto, en la Costanera Sur. A diferencia de los grandes estadios, Salto ofreció al “Papa Viajero” un altar que reflejaba la identidad del campo uruguayo: una estructura humilde construida con troncos de eucaliptus y techo de paja quincha.Mensaje a los Trabajadores
Durante la homilía, el Papa centró su discurso en el valor del trabajo y la dignidad humana, conectando con la realidad productiva de la región. Fue una misa cargada de simbolismo donde se entregaron ofrendas típicas de la zona, como cítricos y productos de la tierra.“Uruguay tiene una profunda vocación de paz y libertad. No perdáis nunca la esperanza”, dijo Su Santidad, Juan Pablo II.
El legado
Aquel altar de paja, símbolo de sencillez, tuvo un final trágico poco tiempo después al ser destruido por un incendio intencional. Sin embargo, el lugar ya era sagrado para los salteños.Años más tarde, se erigió en el mismo sitio un monumento permanente que hoy conocemos como la Plaza del Papa, donde una cruz de hierro y una placa recordatoria señalan el punto exacto donde el mundo puso sus ojos en Salto.
Actualmente, a casi cuatro décadas de aquel encuentro, la visita sigue siendo recordada como el día en que la capital del norte uruguayo se convirtió en el centro de la fe rioplatense.