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@LLNico2 tiene prefijado en su perfil de Twitter el día en que “se hizo justicia”, como una nota mental que marca la fecha de liberación de una mochila que cargó durante sus 23 años de existencia, hasta el momento en el cual nombre e identidad empezaron a ser una misma cosa.

El 6 de septiembre de 2022, el Juzgado de Familia y Penal de Niños y Adolescentes de Colón, a cargo del doctor Dante Command, emitió una resolución que lo reconoce legalmente como Nicolás Leandro Lerzundi, tras seis meses de juicio y una vida de espera.

“Hoy por fin tengo lo que más anhelé en 23 años de vida, que se reconozca mi identidad: soy hijo de Sonia Gabriela Lerzundi, pero obvio no vengo del espíritu santo”, comienza diciendo el hilo de tweets, en el cual el usuario revela que prácticamente lo único que conoce de “quien puso la semilla” es su nombre.

Una historia de vida signada por un progenitor ausente, frustrados intentos de acercamiento y una dolorosa lucha “interna y externa” por el reconocimiento de una identidad: “Hoy por fin me siento que valgo, que soy identificado y que me merezco ser feliz”.
Crecer con un apellido que no se siente propio
El camino hasta aquí no fue corto ni fácil.

“De chico, viviendo con mi mamá y mis abuelos, Olga y Ramón, era Nicolás Lerzundi, pero cuando empecé la escuela y otras actividades, tenía que firmar con el apellido que en ese momento era el legal”, refiere.

En cada ocasión, muchas de ellas “inoportunas”, saltaba algo “que no cerraba”, “que no cuadraba”, “que no era propio”, lo cual significaba que le metieran “el dedo en la yaga” de una herida sin curar. “Empecé a sentir odio por llevar el apellido de una persona que no conocía, aún siendo muy chiquito”, confiesa.

“Si bien con los años logré que me llamaran Lerzundi, el apellido Piceda volvía a aparecer una y otra vez en diferentes circunstancias, muchas de ellas claves en desarrollo de una persona”.

“El primer día de clases” y “el momento de aprender a escribir el nombre”, estuvieron entre las primeras circunstancias en que la dicotomía entre identificación legal e identidad real comenzaba a hacerse notar.

Dificultades para cruzar la frontera junto a sus compañeros del club, otro síntoma de padre ausente: “De chico jugaba al básquet y en esa época se hacían muchos torneos en Paysandú, pero siempre era un tema poder ir porque había que conseguir autorización para salir del país. Hace poco tiempo me enteré que mi vieja tuvo hasta que pagarle una vez para que venga a poner su firma”.

Y si de momentos inoportunos se trata, relata una anécdota -de adolescente- cuando debió pasar por el quirófano. “Tuve una internación por cirugía en Paraná y me cayó de visita un círculo de italianos en la habitación, porque se habían enterado que había un paciente de apellido Piceda”, cuenta.

Votar por primera vez en elecciones resulta todo un acontecimiento cívico, que para él se empañaba “porque mamá y el abuelo lo hacían en la técnica 1, mi papá de corazón en el IMIF, a pocas cuadras de ahí, en cambio yo en la otra punta de la ciudad, en la escuela de al lado del parque”, indica, citando otro signo de llevar un apellido “ajeno”.

Entretanto, Nicolás había logrado que en Colón todo el mundo lo llamara Lerzundi, “pero al ir a estudiar a Santa Fe fue empezar de cero con eso, porque en ciudades más grandes sos un número o lo que dice en una lista”. Eso lo hizo movilizarse y poner sus deseos en acción, convencido de que “el día de mañana quiero colgar mi título de abogado y ver reflejada mi verdadera identidad”.

DNI en mano y con nueva firma, Nico está ansioso por ir a votar por primera vez con el apellido Lerzundi y exhibir, orgulloso, la foto de su documento con una sonrisa radiante, “distinta a la de la anterior actualización, cuando estaba lejos de sonreír, porque ese chico sabía que lo acompañaba algo que no se correspondía con él”.

“Este año, por primera vez, voy a aparecer en el padrón con mi verdadera identidad y voy a ir a votar a la misma escuela que iba mi mamá con mi abuelo, que seguro me estará mirando desde arriba”.

Así, se muestra seguro de sí mismo y dispuesto a dar testimonio para “alentar a otras personas que estén pasando por esto”, más aún después de una reciente vivencia que lo decidió a aceptar esta entrevista, varios meses después de que le fuera propuesta: “Conocí a una nena que se encuentra en mi misma situación y me hizo acordar mucho a mi niñez, porque se largó a llorar diciéndome que quería llevar el apellido de su mamá”.
“Violencia psicológica”, el motivo “justo” que encontró la Justicia
Una vez tomada la decisión y reunida la documentación necesaria, Nicolás inició el camino legal con una entrevista psicológica y reuniendo testimonios que probaran el “motivo justo” de quitarse un apellido que por entonces le requería la Justicia.

“Me encontré rodeado por muy buena gente”, sostiene, al pasar revista de la “incondicionalidad” demostrada por quien había sido su pareja, al igual que sus amigos -“que en realidad son mis hermanos”, dice, profundamente emocionado-, el “profesionalismo” de su abogada Fabiana Danne y exdocentes. Sí, Patricia Irigoy y Miguel Ángel Ballay, profesores suyos durante la secundaria, “se ofrecieron para testificar que desde chico yo no me identificaba con ese apellido y así me ayudaron a conseguir el ‘justo’”.

Ya iniciado el proceso legal, igualmente debió lidiar con ciertas circunstancias “inoportunas” o comentarios “desafortunados”. “Lo primero que te preguntan es ‘¿tu mamá qué dice?’ y la verdad es que ella me apoyó desde chico diciéndome que ya llegaría el momento de hacer el cambio: siempre tuvimos en claro que su historia era su historia y que la mía era la mía”, hace saber.

Agradecido de haber crecido “rodeado de amor”, no deja de resaltar a una madre “de fierro”, a dos abuelos “incondicionales” y a Juan, su “papá de corazón”, quien representó una figura paterna para él. Mientras que su progenitor “sigue figurando como lo que fue, solamente un progenitor, porque no estoy identificado con su apellido”.

Nico reconoce que en su momento lo movió el “odio”, pero hoy ya no: “Me sentí muy identificado y aliviado cuando leí ‘violencia psicológica’ en la sentencia del juez, por eso ahora gozo cada trámite que hago con mi verdadera identidad y tengo la seguridad de que el día que tenga hijos, van a llevar mi verdadero apellido”.

“Nacemos como una hoja en blanco que nosotros mismos vamos escribiendo: estaba enojado con la carátula que tenía y creo que ahora ya puedo dejar plasmada mi propia obra”.
Fuente: El Entre Ríos

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