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Una familia construida por elección: la historia de dos papás que adoptaron a tres hermanos y hoy buscan inspirar a otros

“Nosotros somos familia por elección”. La frase aparece una y otra vez a lo largo de una conversación, como una síntesis perfecta de una historia que empezó mucho antes de que hubiera tres chicos corriendo por la casa, discutiendo por el control remoto o preparando sus mochilas para ir a la escuela.

 

Maximiliano y Marcelo, ambos docentes de profesión, están juntos desde 2007. Se conocieron en Concepción del Uruguay y, cuatro años después, contrajeron matrimonio al amparo de la Ley de Matrimonio Civil (conocida popularmente como Matrimonio Igualitario), aprobada en Argentina en 2010.

 

Pero la idea de ser padres tardó un tiempo en ocupar un lugar concreto. “Era un anhelo que a veces aparecía y a veces no. Incluso lo vivíamos como algo imposible. Después, cuando la realidad empezó a cambiar y aparecieron nuevas posibilidades, nos interpeló y empezamos a hablarlo seriamente”, recuerdan.

 

Ambos viven en la localidad de San Justo (departamento Uruguay) y hace más de dos años concretaron la adopción plena de tres hermanos oriundos de San José -que hoy tienen 15, 12 y 11 años de edad-, quienes habían permanecido tres años en una residencia y dos años y medio declarados en situación de adoptabilidad.

 

Desde el principio tuvieron la clara convicción de construir una familia a través de la adopción: “Nosotros elegimos este camino. Teníamos otras posibilidades, incluso familiares y amigas se habían ofrecido a ayudarnos, pero éramos conscientes de que había chicos esperando una familia en una residencia”.

 

Hay historias que hablan de la adopción. Y hay otras que, como esta, invitan a repensar la idea misma de familia.

 

El desafío de animarse a adoptar niños más grandes

 

 

Hoy, ellos mismos reconocen que uno de los mensajes más importantes que desean transmitir tiene que ver con derribar uno de los principales temores que suelen existir alrededor de la adopción.

 

“Las residencias están llenas de chicos de 12, 13 o 14 años que están esperando una familia. En esa espera, muchos cumplen los 18 y salen a la vida sin herramientas y sin una red de contención”.

 

Por eso, insisten en una idea que fue madurando durante todo el proceso: “Si alguien quiere ser papá o mamá, da lo mismo que el niño tenga dos días de vida o 14 años. El vínculo de amor se construye igual”.

 

El camino, sin embargo, no fue sencillo.

 

Las entrevistas previas, las evaluaciones y los distintos procedimientos institucionales más de una vez pusieron a prueba sus convicciones. “El proceso, sobre todo al principio, puede ser hasta violento. Hay mucha gente que desiste en esa etapa y es una pena. Después, con el diario del lunes, uno dice que valió la pena, pero mientras tanto es muy difícil”, advierten.

 

Al mismo tiempo, destacan el acompañamiento recibido tanto del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos de Entre Ríos (RUAER) como del Juzgado de Familia y Penal de Niños y Adolescentes de Colón, a cargo del juez Dante Command, y valoran especialmente la cercanía y el compromiso humano que encontraron durante todo el proceso.

 

 

 

El encuentro que cambió cinco vidas

 

 

Los tres hermanos habían permanecido tres años en una residencia y dos años y medio declarados en situación de adoptabilidad.

 

El primer encuentro ocurrió un 1º de noviembre. Un año después, el 29 de octubre, la adopción quedó formalmente consolidada. Pero mucho antes de la sentencia, algo había empezado a suceder.

 

“En el segundo encuentro ya nos dijeron papá”. Y la sorpresa para ambos fue enorme. “Nos encantó escucharlo, pero no estábamos preparados. Pensábamos que iba a pasar mucho tiempo para eso”, confiesan ahora, un tiempo después.

 

El proceso de vinculación fue gradual. Durante el primer mes ni siquiera podían llevarlos a su casa: los encuentros se realizaban en espacios públicos, dentro de los límites establecidos por el protocolo.

 

Fue entonces cuando apareció un protagonista inesperado: el auto. Y allí cuando “La primera vez que los chicos hablaron en posesivo fue para decir ‘nuestro auto’”. En efecto, el vehículo fue como su primera casa, pues allí compartían comidas, juegos, conversaciones y pequeños rituales cotidianos. “Ellos nos preguntaban qué hacíamos en nuestra casa, pero solamente usaban el posesivo cuando hablaban del auto”, observaron.

 

Con el paso de las semanas comenzaron las visitas a San Justo y, poco a poco, la construcción de una nueva vida en común.

 

Aprender a ser familia

 

 

La llegada de tres chicos al mismo tiempo transformó completamente la rutina.

 

“Pasamos de una casa silenciosa a una casa llena de ruido. Uno canta, otro golpea un bombito, otro está con el control remoto. Y cuando hay silencio, nos preocupamos”, dicen, al tiempo que largan una carcajada al unísono.

 

Pero el cambio más profundo fue otro: “Te cambia la escala de prioridades. Antes uno se preocupaba por cualquier cosa, mientras que ahora lo importante, por ejemplo, es saber por qué uno de los chicos volvió triste de la escuela”.

 

También apareció el aprendizaje permanente. “Todos los días es aprender algo nuevo. Todos los días aparece un desafío distinto”. Y hubo que descubrir que algunas experiencias que para la mayoría de las familias resultan cotidianas, para ellos representaban una novedad absoluta.

 

Los cumpleaños, por ejemplo.

 

Acostumbrados a celebraciones institucionales idénticas año tras año, tuvieron que empezar a descubrir que también podían elegir. “‘¿Qué querés para tu cumpleaños?’, les preguntábamos. Y era difícil porque nunca habían tenido la posibilidad de decidir”.

 

Lo mismo ocurrió con las actividades recreativas. El más pequeño, por caso, descubrió que no estaba obligado a jugar al fútbol, ya que “en la residencia era la actividad que tocaba y todos iban. Acá pudo decir, terminó eligiendo un taller de arte y está feliz”.

 

“Todavía hoy, muchas de las conversaciones familiares giran alrededor de las ‘primeras veces’: la primera vez que fueron felices, la primera vez que pudieron elegir, la primera vez que descubrieron pequeños gestos cotidianos que antes no existían en sus vidas”.

 

“Nosotros no somos los buenos”

 

 

A lo largo de la charla, Maximiliano y Marcelo vuelven una y otra vez sobre una idea que consideran fundamental.

 

“No nos gusta cuando nos dicen ‘qué buen gesto hicieron’ o ‘cómo les cambiaron la vida a esos chicos’”.

 

Y así explican su teoría: “Nosotros también necesitábamos algo. Somos cinco personas que teníamos carencias y construimos una familia juntando esas carencias”.

 

 

 

La adopción, sostienen, es un encuentro mutuo. “Ellos nos dieron la posibilidad de ser papás y nosotros les damos la posibilidad de tener una familia”, razonan.

 

Incluso, rechazan la idea de presentarse como héroes.

 

“Si alguien quiere adoptar para que los demás le digan que es buena persona, que abra un merendero. Ser papá es otra cosa. Acá no estamos hablando de un acto de beneficencia, estamos hablando de construir una familia”, hacen notar.

 

Desde la óptica de los chicos

 

 

Los tres hermanos conservarán siempre su historia de origen en San José como parte de su identidad.

 

Los nombres permanecieron intactos y la decisión sobre los apellidos fue tomada por ellos mismos, quienes eligieron llevar los de sus padres adoptivos. Pero hay algo que Maximiliano y Marcelo consideran irrenunciable: nunca ocultar ni negar el pasado. “Esa es su historia y no se puede borrar, y tampoco queremos que el día de mañana puedan decirnos que intentamos hacerlo”. Incluso, acompañan la posibilidad de que, si algún día lo desean, puedan reconstruir vínculos con parte de su familia biológica.

 

Los propios chicos también hablan de esa identidad que fueron construyendo. Ahora, admiten que los primeros tiempos no fueron fáciles, ya que debieron adaptarse a una nueva ciudad, una nueva escuela y una forma distinta de vivir. También recuerdan que la espera hasta que el proceso de adopción concluyera se les hizo larga y que deseaban con ansiedad el día en que pudieran quedarse definitivamente con sus papás. En la escuela, las preguntas sobre por qué tenían dos papás o cómo había sido la adopción aparecieron naturalmente. Ellos siempre respondieron con tranquilidad y, con el paso del tiempo, aquellas diferencias dejaron de llamar la atención. “Ahora ya se acostumbraron”, cuentan.

 

 

 

Cuando intentan explicar qué significa hoy la palabra “familia”, uno de ellos encuentra una definición tan sencilla como profunda: “Es un grupo de personas que se aman, se quieren, se tienen cariño y comparten momentos”. Y enseguida agrega una reflexión nacida de su propia experiencia: “Aprendí que una familia no es solamente un papá y una mamá. También puede estar formada de otras maneras. Incluso una familia biológica puede existir sin amor”.

 

La adopción, explican, no solo les permitió encontrar dos papás. También les abrió las puertas a una familia más amplia y hablan con entusiasmo de tíos, primos y, especialmente, de la abuela que hoy vive cerca de ellos. “Tener una abuela es una experiencia que antes no teníamos”, dice uno de los hermanos. Al comparar esa vivencia con la que había conocido anteriormente, reconoce que recién ahora pudo descubrir el afecto cotidiano de una abuela presente, que comparte tiempo con ellos y les transmite historias de vida.

 

Entre los cambios que trajo esta nueva etapa también aparecen pequeños hábitos cotidianos. Uno de ellos cuenta que comenzó a rezar cada noche junto a uno de sus padres y que ese camino lo acercó a la fe cristiana.

 

Quizás la imagen que mejor resume ese recorrido la aporta uno de los chicos cuando revela que empezó a escribir su propia biografía. Allí guarda recuerdos de cumpleaños, viajes, anécdotas y momentos que marcaron su vida, como la adopción. Una manera de preservar su historia, la misma que sus padres consideran imposible borrar y que hoy, entre los cinco, siguen escribiendo todos los días.

 

La magia de lo cotidiano

 

 

Dos años después de la adopción plena, la emoción sigue apareciendo en los detalles más simples: una nota antes de dormir, una sonrisa en un acto escolar, un abrazo después de una discusión o una frase inesperada.

 

“Es la primera vez que estoy feliz y tengo ganas de llorar”, dijo uno de los chicos el día de su cumpleaños.

 

Otra vez, la felicidad apareció en algo mínimo. “¿Puedo hacer algo que nunca pude hacer de niño?”, preguntó uno de ellos. ¿La respuesta? “Mojar el pan en la salsa”.

 

Para ellos, allí reside el verdadero valor de la historia que construyeron juntos.

 

Porque, al final, sostienen, la familia no es un modelo único ni una fotografía perfecta, sino una construcción cotidiana.

 

Y, como les gusta repetir a ellos mismos, una historia escrita entre cinco personas que decidieron encontrarse.

 

Una historia de elección mutua.

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